EPISODE · Jul 14, 2026 · 8 MIN
De cuando enviaron a bebés por correo en Estados Unidos
from PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM
De cuando enviaron a bebés por correo en Estados Unidos María Maruchi Tim Beniyork Hubo una época en la que, en Estados Unidos, se podía enviar a un niño por correo. No es una metáfora. No es una leyenda urbana. Ni es un chiste negro sacado de una novela absurda. Durante unos pocos años, algunos padres norteamericanos aprovecharon un vacío legal para mandar a sus hijos como si fueran paquetes. Con sello, dirección y de la mano del cartero. Y, en algún caso, hasta con seguro incluido. La historia empieza el 1 de enero de 1913. Ese día, el Servicio Postal de Estados Unidos puso en marcha el llamado Parcel Post, un sistema pensado para enviar paquetes de mayor tamaño a través del correo ordinario. Aquello fue una revolución para la América rural. Por primera vez, una familia perdida en mitad de Ohio, Idaho o Kansas podía recibir productos, encargos, herramientas o alimentos sin depender de empresas privadas mucho más caras. El problema es que la nueva normativa regulaba el peso de los paquetes, el tamaño, las tarifas y las distancias. Pero olvidó una cosa esencial. No decía expresamente que estuviera prohibido enviar personas. Y cuando una ley deja una rendija abierta, siempre aparece alguien dispuesto a meter por ahí no ya la mano, sino al niño entero. El primer caso conocido ocurrió en Ohio, apenas unas semanas después de estrenarse el sistema. Jesse y Mathilda Beagle decidieron enviar a su hijo James, de ocho meses, a casa de su abuela. El pequeño pesaba alrededor de cinco kilos. Entraba dentro del límite permitido. Así que sus padres le pegaron los sellos correspondientes, pagaron quince centavos y lo entregaron al cartero. Por si fuera poco, aseguraron el “paquete” por cincuenta dólares. No era un paquete. Era su hijo. Pero el sistema lo aceptó. Y el cartero lo llevó hasta la casa de la abuela, situada a poco más de un kilómetro y medio. Hoy nos parece una escena delirante. Una estampa entre tierna, grotesca y peligrosamente cómica. Pero en aquel mundo rural, el cartero no era un desconocido. Era una figura de confianza. El profesional que conocía los caminos, las familias, los apellidos, las granjas, las puertas y hasta a los perros. En muchas zonas aisladas, el cartero era casi una extensión de la comunidad. Por eso, para algunas familias, enviar a un niño con él no parecía una locura. Parecía una solución barata. Y ahí está la clave de esta historia. No era crueldad. Era economía. No era abandono. Era puro pragmatismo. Porque en algunos casos salía más barato poner sellos en el abrigo de un niño que comprarle un billete de tren. Uno de los episodios más famosos fue el de Charlotte May Pierstorff. Tenía cuatro años. Vivía en Idaho. Y en 1914 sus padres quisieron enviarla a casa de su abuela. La niña pesaba unas cuarenta y ocho libras y media, unos veintidós kilos. Rozaba el límite máximo permitido para un paquete. Pero no lo superaba. Así que le colocaron cincuenta y tres centavos en sellos sobre el abrigo y la mandaron en el vagón postal de un tren. Charlotte recorrió unos ciento diecisiete kilómetros. No viajó encerrada en una caja. No la metieron en un saco. No fue arrojada entre sacas de harina, cartas y periódicos. Esa es la imagen falsa que después alimentó el mito. Las fotografías de bebés dentro de bolsas de correo fueron, en muchos casos, recreaciones o bromas visuales. La realidad era menos caricaturesca, pero igual de desconcertante. Los niños viajaban acompañados por empleados postales. Eran custodiados por carteros, mensajeros o trabajadores ferroviarios. Pero seguían siendo tratados, administrativamente, como envíos. Como paquetes vivos. Respirando dentro de una grieta legal. Y no fue un caso aislado. Los historiadores del correo estadounidense cuentan con varios episodios documentados entre 1913 y 1915. Niños enviados de un pueblo a otro. Pequeños trasladados entre familiares. Criaturas que cruzaban condados enteros bajo la protección informal de carteros que, seguramente, no sabían si estaban haciendo un favor familiar o participando en una escena para la historia del disparate. La prensa empezó a fijarse en aquellos casos. Y cuanto más se hablaba de ello, más incómodo se volvía el asunto. Porque una cosa era mandar pollos, semillas, telas o piezas de maquinaria. Y otra muy distinta era aceptar que un niño pudiera circular por el país bajo la misma lógica postal que un saco de patatas. El límite de peso también ayudó a convertir la historia en leyenda. Al principio, el Parcel Post solo permitía paquetes pequeños. Luego el peso máximo aumentó. Y llegó a rondar las cincuenta libras, unos veintidós kilos y medio. De ahí nace la famosa idea de los veintitrés kilos. Si el niño pesaba menos, el sistema podía aceptarlo. Si pesaba más, ya no era “enviable”. Como si la infancia pudiera medirse con una báscula de oficina. Como si el límite entre una travesura legal y un escándalo nacional dependiera de unos gramos. Finalmente, el Servicio Postal tuvo que acabar con el asunto. Entre 1914 y 1915, las autoridades aclararon que los seres humanos no podían enviarse por correo. Parece evidente. Pero hubo que escribirlo. Hubo que dejarlo negro sobre blanco. Porque la historia demuestra una y otra vez que lo obvio no siempre está protegido por la ley. A veces lo obvio llega tarde. Y para entonces ya ha viajado en tren con un sello pegado al abrigo. La historia de los bebés enviados por correo no habla solo de una rareza administrativa. Habla de un país enorme, rural, disperso y desigual. De familias que buscaban atajos. De carteros convertidos en niñeros improvisados. De una modernidad que avanzaba tan deprisa que ni siquiera sabía qué estaba permitiendo. Y ahí queda la imagen. Un niño pequeño. Un abrigo. Unos sellos. Un cartero llamando a la puerta. Y una abuela recibiendo el baby paquete más increíble de la historia postal.
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