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EPISODE · Jul 3, 2025 · 7 MIN

Diario desde Benidorm por Sylvia Plath x SARA DURÁN MORA

from PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM

Diario desde Benidorm por Sylvia Plath Julio de mil novecientos cincuenta y seis. • Ted y yo llegamos aquí recién casados. • Buscábamos el último pedazo de nuestra luna de miel. • Veníamos de París, Madrid, Alicante. • Pero apenas pisamos este pueblecito marinero, supimos algo. • Este era nuestro lugar. • El autobús de La Unión de Benissa traqueteaba entre Alicante y Benidorm. • El calor era asfixiante, el polvo del desierto nos cubría. • Delante de nosotros, viajaba una mujer pequeña y elegante. • Llevaba encaje blanco sobre combinación negra. • Sus sandalias blancas de tacón contrastaban con su pelo negro como carbón. • Sus enormes ojos negros estaban subrayados con sombra azul. • Dos cejas dibujadas rectas, inclinadas hacia las sienes. • Nos oyó exclamar ante la bahía azul que se abría ante nosotros. • Se giró desde su asiento delantero. • “¡Ah! ¡Son escritores!”, gritó efusiva. • “La viuda de Mangada también es escritora. • Cuentos. • Poemas. • Muchos poemas”, añadió mientras sus párpados se abatían. • “Por ser ustedes, no les cobraré el servicio. • Pero comprendan que no deben decírselo a nadie. • Los trataré como a mis propios hijos.” • Su maravillosa casa junto al mar tenía jardín y terraza. • Una casa metida en un palmar. • Macizos de geranios y margaritas blancas ardían como hogueras. • Cactus llenos de pinchos flanqueaban el camino de losas. • Nos llevó a la parte trasera. • Nos enseñó el cenador emparrado. • Su higuera cargada de frutos verdes. • Las espléndidas vistas con colinas moradas suspendidas en la bruma. • Pero algo extraño comenzó a suceder. • Aquella mujer, que lo había heredado todo del doctor Mangada, ocultaba secretos. • Fregaba los platos grasientos en agua fría y estancada. • A menudo más sucia que los propios platos. • Los frotaba con manojos de paja desgastados. • No estaba acostumbrada a hacer esas labores. • “Estoy acostumbrada a tener tres chicas. • Cocinera, limpiadora… • Tres chicas”, me confesó una mañana. • La encontré con un albornoz manchado. • Las cejas sin pintar aún. • Fregaba los suelos de piedra con una fregona mojada. • “No trabajo cuando la puerta principal está abierta. • Me puede ver cualquiera. • Pero cuando está cerrada…” se encogió de hombros. • “Lo hago todo.” • Cada tarde buscaba una chica para limpiar la casa. • Nunca encontraba a nadie. • La viuda desaparecía en la cocina con una sonrisa deslumbrante. • Una sonrisa que después sentí inquietante. • Como la sonrisa del gato de Cheshire. • Eduardo Mangada Samain, su nieto, confirma mis recuerdos. • “El empaste azul que se ponía en los ojos era increíble. • Ella era bastante estrafalaria. • Para mi padre no fue una buena madre. • Ni mucho menos. • Era posesiva, a veces dura y cruel.” • La viuda había sido la segunda esposa del doctor Eduardo Mangada. • Se casó con el marido de su hermana Rosa cuando esta falleció. • Fue tía y madrastra de los dos niños que dejó su hermana. • Una mujer que venía de otro ambiente. • Había tenido chófer y criadas hasta que estalló la guerra. • No pude soportarla ni una semana. • Su presencia me causaba un hondo desasosiego. • Una tarde entré llorando en la habitación. • Le pedí a Ted que me librara de esa mujer. • Huimos del chalé de la viuda Mangada. • Alquilamos una casa en la calle Tomás Ortuño número cincuenta y nueve. • Justo al lado vivía la familia Almiñana. • El pequeño Pasqual tenía entonces tres o cuatro años. • Años después se convertiría en filólogo. • Investigarían los pasos que dejé en Benidorm. • “Estamos encantados con la nueva casa”, escribí entonces. • “Las vistas se magnifican. • No dejamos de maravillarnos de haberla alquilado para el verano. • Por el mismo precio que la viuda Mangada nos cobraba.” • Aquí encontré la paz que buscaba. • “Disfrutamos de una tranquilidad absoluta. • Todo marcha estupendamente en este nuevo lugar. • Estoy convencida de que va a ser fuente de creatividad.” • Deambulé con Ted haciendo bocetos detallados con pluma y tinta. • Él leía, escribía o meditaba sentado a mi lado. • “Los mejores que he hecho en toda mi vida”, escribí a mi madre. • “Líneas y sombreados muy marcados y refinados.” • Componía versos inspirados en lo que veía alrededor. • “Las remendadoras de redes”, “Los mendigos”, “Los melones de fiesta.” • Convertía en ilustraciones las escenas cotidianas del pueblecito asilvestrado. • Íbamos al mercado en la plaza. • Me maravillaba todo lo que se vendía. • “Entonces preparo el almuerzo”, escribí a mi madre. • “Nos vamos dos horas a la playa a dormir la siesta. • A nadar cuando toda la gente se ha ido a sus casas. • Tenemos la playa para nosotros solos.” • “¡Si hubiésemos sabido de antemano a qué lugar íbamos a vivir! • Me encantaría que pudieras vernos ahora. • ¡Cómo explicarte lo maravilloso que es todo aquí!” • Aquellas cinco semanas marcaron el resto de mi vida. • Yo misma califiqué mi estancia en Benidorm como: • “Los mejores días de mi vida.” • Pero hay algo que debo confesar. • Ted destruyó gran parte de mis diarios de aquellos días. • Manipuló, cortó, expurgó mis palabras. • Una estafa literaria que nos privó de la verdad completa. • De lo que realmente sentí en este lugar. • Siete años después me quité la vida en Londres. • Tenía treinta años. • Dejé dos hijos y una obra escueta pero potente. • Mi temprana muerte me envolvió en un aura de fascinación morbosa. • Pero Benidorm quedó para siempre en mi memoria. • En los poemas que escribí. • En los bocetos que dibujé. • En las cartas que envié a mi madre. • Como el último refugio de felicidad que conocí. • La viuda Mangada murió bien entrada la década de mil novecientos setenta. • Sin saber que había pasado a la posteridad. • Sin saber que yo la había convertido en inmortal. • A través de mis palabras perturbadoras. • A través de este diario desde Benidorm. No eres de Benidorm si…no sabes que la famosa Sylvia Plath pasó unas semanas inolvidables aquí.

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