EPISODE · May 10, 2026 · 9 MIN
Santo Evangelio Diario 10 de mayo Mons Enrique Diaz Diaz
from Catolicos en Camino · host TonyduCast
VI Domingo de Pascua Hechos de los Apóstoles 8, 5-8. 14-17: “Les impusieron las manos y recibieron al Espíritu Santo” Salmo 65: “Las obras del Señor son admirables. Aleluya” I San Pedro 3, 15-18: “Murió en su cuerpo y resucitó glorificado” San Juan 14, 15-21: “Yo le rogaré al Padre y Él les dará otro Paráclito” Era un grupo de jóvenes que no pretendía ser agresivo, pero sí era muy cuestionante. Después de enumerar una larga lista de los “pecados y atrocidades” de miembros de la Iglesia que los medios de comunicación se han encargado de amplificar, me preguntaron de repente: “¿Y no le da vergüenza pertenecer a esta Iglesia? Si es la que se opone al progreso, si es la que manipula las conciencias, si es la retrógrada y ha perjudicado a nuestro país… ¿tiene todavía el gusto de pertenecer y representar a esa Iglesia? Ya ve cuántos abusos y violaciones se van descubriendo y cómo cada día aparecen nuevos escándalos… ¿Será todavía la Iglesia de Jesús?” Fuertes palabras, cuestionamientos aparentemente justos que no admiten respuestas de palabra porque pueden parecer vacías, y ante las cuales no queda más que afirmar: “Aún creo que vale la pena seguir a Cristo, pues Cristo nunca me ha defraudado. Habrá errores y equivocaciones de nosotros sus seguidores, me duelen, pero Cristo permanece siempre con nosostros. Cristo nunca nos falla” A quienes nos cuestionan y están dudosos, quisiéramos ofrecerles las mismas palabras de San Pedro que nos invita: “Veneren en sus corazones a Cristo, el Señor, y estén dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes”. ¿En qué basamos nuestra esperanza? No podemos decir que en la fortaleza de nuestras instituciones, no podemos poner nuestra seguridad en la santidad de cada uno de sus miembros, no podemos argumentar fuerza ni sabiduría, nuestra única esperanza será Jesús y de esta esperanza estaremos prontos a dar nuestras razones. La Iglesia, por el contrario, siempre se presentará como un claroscuro, como una mezcla de imágenes positivas y negativas, como una comunidad de personas santas y pecadoras. Y las lecturas de este día parecen jugar con esta serie de contrastes y de rápidos cambios de escena y con continuos desplazamientos de un plano al otro. Apenas nos estamos situando en la intimidad de la Última Cena, con su ambiente de confianza y calidez, cuando ya san Pedro nos lanza a considerar el estilo y el costo que implica seguir a deberá constatar organización y hemos descuidado lo fundamental: el amor a Cristo y a los hermanos. Su mandamiento principal. No en vano, en la intimidad del Cenáculo, Cristo aparece preocupado por el futuro de sus discípulos y amigos. No quiere que se sientan abandonados, que sufran la soledad y se dejen llevar por el desaliento. Por eso, hoy Cristo nos anuncia una nueva presencia divina nuestra vida? ¿No habremos perdido demasiado el tiempo en cosas secundarias y nos habremos olvidado de amar al estilo de nuestro maestro y pastor? ¿Cuál sería la señal distintiva de nosotros cristianos, de nuestras familias y de nuestras comunidades? ¿Es el amor? Gracias, Padre Bueno, por el regalo de la presencia de Jesús. Él es nuestro pastor, nuestro camino y nuestro guía. Concédenos vivir plenamente su mandamiento de amarte y amarnos unos a otros para ser sus dignos discípulos. Amén.
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VI Domingo de Pascua Hechos de los Apóstoles 8, 5-8. 14-17: “Les impusieron las manos y recibieron al Espíritu Santo” Salmo 65: “Las obras del Señor son admirables. Aleluya” I San Pedro 3, 15-18: “Murió en su cuerpo y resucitó glorificado” San Juan 14, 15-21: “Yo le rogaré al Padre y Él les dará otro Paráclito” Era un grupo de jóvenes que no pretendía ser agresivo, pero sí era muy cuestionante. Después de enumerar una larga lista de los “pecados y atrocidades” de miembros de la Iglesia que los medios de comunicación se han encargado de amplificar, me preguntaron de repente: “¿Y no le da vergüenza pertenecer a esta Iglesia? Si es la que se opone al progreso, si es la que manipula las conciencias, si es la retrógrada y ha perjudicado a nuestro país… ¿tiene todavía el gusto de pertenecer y representar a esa Iglesia? Ya ve cuántos abusos y violaciones se van descubriendo y cómo cada día aparecen nuevos escándalos… ¿Será todavía la Iglesia de Jesús?” Fuertes palabras, cuestionamientos aparentemente justos que no admiten respuestas de palabra porque pueden parecer vacías, y ante las cuales no queda más que afirmar: “Aún creo que vale la pena seguir a Cristo, pues Cristo nunca me ha defraudado. Habrá errores y equivocaciones de nosotros sus seguidores, me duelen, pero Cristo permanece siempre con nosostros. Cristo nunca nos falla” A quienes nos cuestionan y están dudosos, quisiéramos ofrecerles las mismas palabras de San Pedro que nos invita: “Veneren en sus corazones a Cristo, el Señor, y estén dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes”. ¿En qué basamos nuestra esperanza? No podemos decir que en la fortaleza de nuestras instituciones, no podemos poner nuestra seguridad en la santidad de cada uno de sus miembros, no podemos argumentar fuerza ni sabiduría, nuestra única esperanza será Jesús y de esta esperanza estaremos prontos a dar nuestras razones. La Iglesia, por el contrario, siempre se presentará como un claroscuro, como una mezcla de imágenes positivas y negativas, como una comunidad de personas santas y pecadoras. Y las lecturas de este día parecen jugar con esta serie de contrastes y de rápidos cambios de escena y con continuos desplazamientos de un plano al otro. Apenas nos estamos situando en la intimidad de la Última Cena, con su ambiente de confianza y calidez, cuando ya san Pedro nos lanza a considerar el estilo y el costo que implica seguir a deberá constatar organización y hemos descuidado lo fundamental: el amor a Cristo y a los hermanos. Su mandamiento principal. No en vano, en la intimidad del Cenáculo, Cristo aparece preocupado por el futuro de sus discípulos y amigos. No quiere que se sientan abandonados, que sufran la soledad y se dejen llevar por el desaliento. Por eso, hoy Cristo nos anuncia una nueva presencia divina nuestra vida? ¿No habremos perdido demasiado el tiempo en cosas secundarias y nos habremos olvidado de amar al estilo de nuestro maestro y pastor? ¿Cuál sería la señal distintiva de nosotros cristianos, de nuestras familias y de nuestras comunidades? ¿Es el amor? Gracias, Padre Bueno, por el regalo de la presencia de Jesús. Él es nuestro pastor, nuestro camino y nuestro guía. Concédenos vivir plenamente su mandamiento de amarte y amarnos unos a otros para ser sus dignos discípulos. Amén.
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Santo Evangelio Diario 10 de mayo Mons Enrique Diaz Diaz
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