EPISODE · Jul 19, 2017 · 1H 11M
La comunión personal con la verdad según Pavel Florensky Clase 1
from Elevación espiritual a través de Pavel Floresnky
Filológicamente, la palabra eslava para la verdad (istina) indica “todo aquello que respira”. El conocimiento de la verdad es, por tanto, inseparable de la vida, y la vida connota “unidad”. La verdad viviente se encuentra entonces en la “omniunidad” (vssedinstvo). Este término ha fascinado a los Rusos. Solov’ëv muestra cómo es posible alcanzar esta “omniunidad”: por medio de la belleza, es decir, en una visión “transparente”, que permite entrever una realidad superior a través y en el corazón de la realidad inferior. De este modo, partiendo de todo lo que existe se puede llegar hasta Dios. Entonces “la belleza salvará al mundo”. La cultura, por tanto, se convertirá en “culto”. Y el culto mismo, la liturgia, debe aparecer en su esplendor como “predicación de la verdad”, como un icono viviente. El icono ocupa un puesto privilegiado en la espiritualidad oriental. En cuanto “teología visual”, el icono manifiesta los rasgos característico de los símbolos sacros, un encuentro entre el cielo y la tierra. En consecuencia, el objeto principal de la iconografía es el Cristo que desciende a los infiernos y, resucitando, asciende a los cielos, Salvador crucificado y glorificado. “Sufro, luego existo”, escribe N. Berdjaev, y lo explica del modo siguiente: ésta es la justa interpretación de las palabras de Descartes; el filósofo francés quiere demostrar la existencia del yo con el hecho de que piensa (cogito ergo sum); nosotros, por nuestra parte, somos, existimos, sólo si estamos plenamente insertos en la vida de Cristo. Lo creen todos los cristianos sinceros. Con todo, se puede admitir que una cierta diferencia entre Oriente y Occidente ha intervenido también aquí. El Occidente, más analítico, intenta dividir las meditaciones sobre el Cristo muriente en la cruz de las que tienen como objeto el Cristo resucitado, situado ambos momentos “uno después del otro”. Para los Rusos, por el contrario, el Viernes Santo y el Domingo de Pascua son inseparables en el misterio. Cristo aparece, por tanto, como el gran unificador en esta última contradicción, del sufrimiento y la beatitud. También en este extremo, la antinomia, que es la categoría clave de todo el pensamiento de Florenskij, y tiene su origen en la fragmentariedad del ser, es el único modo de acceder a la Verdad. La antinomia constituye, de hecho, para Florenskij, el paso obligado del raciocinio para poder convertirse en una razón “nueva”. Dado que el amor es principio cognoscitivo, la negación en el amor del principio de identidad, es decir el sacrificio del Yo solipsista, su propia kénosis, es la que permite acceder a la verdad. Se conoce la verdad sólo a través de la Verdad; para conocerla es necesario poseerla. y para esto es necesario dejar de ser solamente uno mismo y entrar en comunión personal con la verdad. Los misterios de la vida no son secretos que no es lícito desvelar, sino experiencias inexpresables, indecibles, indescriptibles, que no pueden revestirse de palabras si no es en la contradicción del “sí” y del “no”. Conocimiento y verdad, dogma y comportamiento, son una sola cosa, y se distinguen tan sólo para el intelecto abstracto y para el moralismo legalista. Reconocer la verdad significa volverse verdaderos. Pero volverse verdaderos, según la etimología propuesta por Florenskij para la palabra rusa “ístina” (verdad), haciéndola derivar de la raíz sánscrita que expresa el “respirar", significa entonces volverse “vivos”, participar en el único viviente, que es Dios en su existencia trinitaria. Nosotros hombres, muriendo y resucitando en Cristo resucitado, nos hacemos una sola cosa con la Trinidad, y accedemos al don de una cualidad nueva de vida, que Florenskij no duda en llamar la Memoria de Dios, su Eterna Memoria, la sabiduría increada en la cual está custodiado el modelo del mundo tal como debería ser y como será finalmente después de su glorificación. Todo el camino ascético consiste entonces en perseguir las huellas de esta Memoria Eterna, hasta la resurrección final, el don más grande de esta Memoria divina, cuando el hacer memoria del Señor significará ya participar íntegramente de su vida. Tal es el sentido de nuestra vida, aprendamos por tanto también nosotros a verla así. La lectura de este libro de Francisco José López Sáez puede ayudarnos a conseguirlo. Clases del Doctor Marco Camacho
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