EPISODE · Apr 2, 2012 · 11 MIN
La fragancia del Espíritu Santo
Reflexión: Comenzamos la reflexión de La Liturgia del día de hoy, poniéndonos en El Nombre del Padre, etc. Queridos hermanos y hermanas: El Espíritu de Dios está en Cristo como nos narra la Primera Lectura, esta es la manifestación de La Santísima Trinidad en todos estos tiempos de Cuaresma y ahora también en el inicio de La Semana Santa, pues, Es Dios Quien nos manifiesta con más ahínco Su presencia Real en Sus Tres personas: El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo. En donde El Padre promete que ha puesto Su Espíritu Santo sobre Su Siervo, Jesucristo nuestro Señor, que como Hijo a voluntad del Padre asume la condición de siervo para llevar a cabo la obra de La Salvación para el hombre. La justicia viene del justiciero, del Justo Juez que sabe retribuir a los buenos con la herencia del Reino. De Él mana La Salvación que el hombre había perdido, hace que la luz de la esperanza se haya tornado en luz de sol de medio día, pues, Él Es El Sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte. Lc. 1, 78-79… así mismo, se confrontan estas palabras con las de La Primera Lectura: La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará… te he hecho luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas… Es Cristo Quien viene a liberar a los pecadores con La Luz del Espíritu Santo para que quienes van por el camino del error y propician su vida a La Condena Eterna, puedan ver El Amor de Dios que es posible con el arrepentimiento profundo de sus corazones, reciban la absolución del Sacerdote y el perdón de Dios por medio de los Sacerdotes. Es cuando el hombre comienza a experimentar las gracias de Dios, que son las nuevas muestras de amor que antes el hombre no conocía, pues, en efecto, con la gracia de Dios, el hombre sabe perdonar, sabe amar, sabe pedir perdón y sabe pedir amor, sobre todo el de Dios que hace al hombre un hombre nuevo. Así, el corazón del hombre se renueva y conoce lo que está bien y lo que está mal, ya no pone como pretexto su mala conducta y su soberbia la reconoce, no alza el rostro, sino , que agacha la cabeza humildemente como Cristo que muriendo en La Cruz agacha la cabeza, no porque es derrota, sino, que con la humildad ha logrado la victoria: Su obediencia y nuestra salvación. Y es así como dice La Primera Lectura: hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas… esta, en efecto es una sentencia que profetiza que el hombre conoce la verdadera justicia, el verdadero derecho que se implanta en la tierra, es decir, en el corazón del hombre y no solo a los que somos cristianos, sino, que tiene que ser llevada a las islas, es decir, a los lugares apartados de Dios, a los hijos de Dios que se han apartado de Su presencia soberana y han decidido llevar una vida a sus antojos. Éstos, en efecto, también son los hijos que Dios ha creado y que no conocen a Cristo porque des son paganos, tienen otras creencias, son de otras religiones, pero están invitados a recibir a Cristo y pertenecer a Su Iglesia Católica. Estamos invitados a vivir en presencia de Dios y buscar su protección con la esperanza de su Palabra, por ello dice: Si un ejército acampa contra mí, / mi corazón no tiembla; / si me declaran la guerra, / me siento tranquilo… Con esta fe, quien sigue a Cristo no tiene miedo a nada, el futuro lo espera con aliento, ya nada pesa sobre él, porque reconoce y conoce mejor a su Dios en Quien se tiene la victoria asegurada. Todo lo contrario pasa con quien está lejos de Jesús, pues, bien dice El Divino Redentor: A los pobres los tenéis siempre con vosotros, mas a Mí no siempre me tenéis… Es decir, que las miserias que tenemos que nos hacen pobres, pues, estamos lejos del Reino de los Cielos; las tenemos de constantes por nuestras muchas miserias, y a Cristo no siempre lo tenemos. Negamos la limosna al pobre y negamos el embellecimiento de La Casa de Dios y lo necesario para recibir a Cristo Eucaristía, Quien debe ser recibido en el metal más precioso como el oro; pero el hombre tacaño y miserable no quiere ni una cosa ni la otra, ni ayudar a sus hermanos y si lo hace, entrega sus sobras, y cuando se trata de Dios tampoco. Duro será su pesar cuando le pasen la factura por todos aquellos que se pudieron salvar en el alma y en las enfermedades del cuerpo de aquellos pobres que pudieron ser asistidos, pero la indiferencia de sus hermanos los mató. Esta es la manera de actuar en la que muchos no quieren embellecer La Iglesia de Dios, cuando el Mismo Cristo aceptó que una fragancia carísima sea usada para Él y no vendida para los pobres, no porque faltase dinero para los pobres, pues, abunda el dinero pero falta la generosidad de los hombres; sino, que era necesario que se vaya preparando la unción de Jesús como manifestación de Su inmolación, Su sacrificio como Víctima en La Cruz. Ése perfume era para la sepultura de Cristo, y se manifiesta como un adelanto. Invitemos, pues, a morir a nuestras miserias, porque la fragancia el Espíritu Santo viene a morar en nosotros como símbolo de santidad y de las gracias de Dios que nos quiere salvar.
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