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EPISODE · Aug 13, 2026 · 24 MIN

“La mano izquierda del capital”

from EduBerlin

https://www.laizquierdadiario.cl/La-mano-izquierda-del-capital-o-el-rol-de-la-centro-izquierda-y-el-reformismo-en-la-gobernabilidad Conversatorio a propósito de la publicación del libro “La mano izquierda del capital” de Fernando Leiva Letelier, realizada en la librería Odisea. El libro fue presentado por Dauno Totoro Taulis en representación de la editorial Ceibo y fue comentado por el intelectual marxista Carlos Pérez Soto y por mí. A continuación reproduzco la ponencia que presenté, la cual busca definir algunos ejes para un debate estratégico en la izquierda revolucionaria. La publicación del libro de Fernando Leiva constituye una gran oportunidad para ordenar esta discusión de balance político de la lucha de clases de las últimas décadas. El libro de Fernando Leiva es un gran empujón para abrir y profundizar este debate. Es un libro largo y profundo, fruto de una exhaustiva investigación empírica y teórica. Por lo mismo, en esta exposición me limitaré simplemente a anotar algunos de los puntos que considero ineludibles para un balance estratégico como el que hemos propuesto. A su vez, en cada eje escogido intento aportar brevemente algunas intuiciones, ideas y polémicas que, de seguro, requieren de mayor profundización y estudio. Sobre la conversión sociológica de la centroizquierda y el carácter burgués de la Concertación El libro se encarga de diferenciar la Concertación, del Partido Comunista y del Frente Amplio. Cada sector ha hecho lo suyo a la hora de aportar a la gobernabilidad capitalista, pero evidentemente el actor fundamental del libro es quien dirigió y guió la transición, es decir, la Concertación. El libro desarrolla, ante todo, un balance de la Concertación. La tesis central es que ésta no sólo administró una herencia o un modelo ya formado durante la dictadura, sino que fue protagonista a la hora de diseñar el neoliberalismo chileno. Esto choca directamente contra quienes definen de manera restrictiva el neoliberalismo y lo identifican con su versión dogmática de derecha (a lo Chicago boys, Milton Friedman o Hayek). Por el contrario, existe un “neoliberalismo progresista” y fue incluso más funcional para el mundo del consenso de Washington y para los procesos de transición a la democracia. Esta es la forma de neoliberalismo dominante en Chile los últimos 30 años. La Concertación no sólo vivió un proceso de renovación ideológica, sino también sociológica. La evolución se describe como sigue: durante los años ochenta los partidos de la centroizquierda no sólo estaban aglutinadas en torno a partidos y organizaciones sociales tradicionales, sino también se articularon en instancias de la “sociedad civil” tales como ONG, instancias académicas y otras organizaciones que contaron con el apoyo y el financiamiento de organismos internacionales; posteriormente se integraron a la administración del Estado de manera amplia e integral; esto vino acompañado de su integración a la burocracia internacional en organismos como la ONU, la OEA, entre otros (es decir, formas de gobernabilidad internacional propias del Consenso de Washington). Finalmente, grandes exponentes de la Concertación se integraron a directorios de empresas y crearon empresas de consultoría claves en el funcionamiento del capital (como Tironi y Correa). Esta descripción es uno de los aspectos mejor logrados del libro, y permite darle base empírica a una definición que es de uso cotidiano entre nosotros, pero que pretende ser una caracterización científica, a saber, que en el caso de partidos como el Partido Socialista, la famosa “renovación” no sólo fue política e ideológica, sino también “sociológica”. Es decir, hubo una verdadera conversión de clase. Pasó de ser un partido reformista (con base en la clase media progresista y con una fuerte raigambre obrera), a un partido burgués y neoliberal. Esto tiene, por supuesto, consecuencias importantes respecto a las alianzas políticas y las vías por las cuales hay que mantener la independencia política. Cualquier idea de alianza amplia del “progresismo” significa realizar un pacto de clases con sectores burgueses. A su vez, describe de manera concreta cómo operó el “transformismo” (al decir de Gramsci) y cómo, de hecho, ya está operando en el caso del Frente Amplio. Sobre integración de las organizaciones sociales al régimen de la transición Luego de la emergencia del ciclo de movilizaciones iniciado el 2006 (y que se desarrolló en distintos momentos flujos y reflujos hasta el 2019), la intelectualidad crítica de la Concertación sostuvo que una de las causas de la crisis de representación era la “superestructuralización” de la política, el vaciamiento de los partidos, su alejamiento de la sociedad, su tecnificación, etc. La contracara de esto habría sido el debilitamiento de cuerpos intermedios como los sindicatos, las organizaciones comunitarias y sociales. El mecanismo privilegiado de integración social durante los años noventa habría sido el mercado y el consumo. Sin embargo, normalmente estos análisis dejan en segundo plano las técnicas por las cuales la Concertación, de manera activa y consciente, buscó integrar a los sectores excluidos de la “modernización” capitalista de los años ochenta y noventa (modernización que fue fruto de una contrarrevolución capitalista impuesta con métodos de guerra civil). El libro describe detalladamente algunos de estos mecanismos. Entre ellos, destacan las políticas de erradicación de la pobreza como el FOSIS, que a través de fondos concursables, capacitación, formalización, buscaban erradicar las formas de organización popular de los años ochenta para incorporarlos a la órbita institucional del mercado y del Estado. En esta línea se ubican planes como el Programa Puente. Muy ilustrativo es el caso que se describe en el libro de una olla común y olla popular con gran tradición en la población Lo Hermida, que fue empujada a transformarse en una empresa en el marco de los nuevos planes gubernamentales. Por otra parte, el libro describe programas de “etnodesarrollo” como el Programa Orígenes, que con el apoyo de instituciones como el Banco Interamericano de Desarrollo, buscaba desarrollar redes de mercado en comunidades indígenas. Programas similares se han desarrollado con el apoyo de organismos como el BID, Banco Mundial, la CEPAL, el PNUD, etc. Así también se mencionan programas dirigidos por agencias como la CONADI, el SERNAM, entre otras. También se describen otros mecanismos que son más conocidos entre nosotros, como son los Consejos Asesores Presidenciales, los Acuerdos Tripartitos de la CUT, etc. Sin embargo, es un gran acierto del autor develar las formas de cooptación social más capilares y explicar cuál es la ideología que está detrás (por ejemplo con el rol de la CEPAL) y dónde se ubican. Se trata de técnicas que están entre medio de las formas de cooptación estatal directa y la integración a través del consumo (por ejemplo, el crédito). Para nosotros esta parte es importante, puesto que uno de los ejes claves de nuestra teorización tiene que ver con analizar los intentos de “ampliación del Estado” con el objetivo de cooptar, neutralizar e integrar al movimiento obrero y movimientos sociales. Tomamos como base la fórmula del Estado ampliado en Gramsci, “en su significación integral: dictadura + hegemonía”, con la que se propone explicar el hecho de que la burguesía va mucho más allá de la “espera pasiva” del consenso y desarrolla toda una serie de mecanismos para organizarlo. Identificamos que este fue uno de los problemas centrales en el siglo XX por la emergencia del movimiento obrero y que tuvo como expresión la estatización de dichas organizaciones obreras. El neoliberalismo se construyó en gran medida atentando contra estos pilares del Estado ampliado, que se suele llamar “Estado de compromiso”. Decíamos que, pese a esto, el problema del Estado ampliado seguía siendo clave durante el neoliberalismo, aunque con una forma cualitativamente distinta (incorporando las “burocracias de los movimientos sociales”, ONGs, etc). Y utilizamos este eje teórico para explicar la forma en que el régimen ha reaccionado ante los procesos de lucha de clases, buscando cooptar, desviar e institucionalizar movimientos que surgieron por fuera del control inmediato de la Concertación. Creo que el enfoque de Fernando Leiva permite ver de manera más integral este mismo problema, pues detalla los mecanismos intermedios. Las consecuencias políticas son importantísimas, puesto que estas técnicas operan no sólo a través de las agencias gubernamentales, sino esencialmente a través de las municipalidades. Sabemos que muchos de los programas del FOSIS, SernamEG, fondos concursables para organizaciones comunitarias, apoyo a microemprendedores, etc, funcionan desde las Municipalidades. Las famosas Fundaciones, muchas de las cuales operaban desde las gobernaciones regionales, operan dentro del mismo ecosistema. Hay una ilusión en todo un sector de la izquierda, que hoy tiene a Mundaca, Toledo, Jadue como principales referentes, de que el municipalismo o la política de descentralización es una alternativa ya no sólo al “duopolio”, sino también a la izquierda woke del Frente Amplio. Creo que este libro muestra con total claridad, que las municipalidades y la descentralización han jugado un rol absolutamente fundamental para “ampliar” no sólo el Estado sino también el mercado a sectores excluidos, y de esta forma integrar neutralizando, integrar cooptando, etc. Apostar a las municipalidades como una alternativa y contrapoder frente al poder central tiene este problema teórico de origen, lo cual requiere una reflexión más profunda. Creo que hay que partir por romper toda ilusión “ciudadanista” respecto a las municipalidades, y pensar cómo la intervención en estos espacios estratégicamente claves para el Estado capitalista, deben ligarse con una estrategia de ruptura con el capitalismo, de autoorganización independiente de la clase trabajadora y el pueblo. El ejemplo de Matías Toledo en Puente Alto es clarísimo, pues llegó con un discurso de “alcaldía popular” y terminó desempeñando el funesto rol de “empleador antisindical” contra los trabajadores precarizados y subcontratados del aseo de Pacific Green. ¿Qué está detrás de la “teoría del malestar”? El libro hace una crítica muy aguda de las “teorías del malestar” que fueron dominantes en el progresismo y la izquierda durante las últimas décadas. Resulta interesante notar que esta hipótesis fue impulsada en primer lugar por el PNUD, que como se detalla en el libro, ha funcionado como un centro ideológico de la centroizquierda y particularmente de la variante bacheletista. Otro de sus centros es el Departamento de Sociología de la Universidad de Chile con su particular énfasis en la "sociología de la modernización”. Hay que recordar que uno de los giros de la “renovación” en los ochenta, fue aceptar que el proceso de modernización capitalista no sólo resultaba irreversible, sino también positivo. Valores como la autonomía individual fruto del mercado y la globalización fueron asumidos como banderas por la centroizquierda. La crisis política abierta desde el 2006 debía ser explicada sin renunciar a estas conquistas, por lo que se sostuvo que la modernización capitalista habría traído una serie de desajustes, sobre todo a nivel subjetivo. Mutatis mutandi, esta fue la tesis que popularizó Carlos Peña durante la revuelta del 2019. La sociología que dio sustento teórico al Frente Amplio –con referentes como Carlos Ruiz Encina o Alberto Mayol en su momento– se movían exactamente dentro de estos mismos parámetros, aunque ubicándose como herederos críticos, como “renovadores” teóricos dentro de esta tradición concertacionista. Compartían la idea de que el cambio material y subjetivo habría dado pie a nuevos sectores emergentes, cuyas demandas no estaban siendo procesadas por los mecanismos institucionales habituales. Este diagnóstico fue elevado a programa y perspectiva política: lo que se requiere es crear esas nuevas mediaciones políticas e institucionales para resolver la crisis y el desequilibrio. Al menos en la versión de Carlos Ruiz, “Democracia versus neoliberalismo” se transformó en la consigna central. El “clivaje” yo no podía ser “Estado versus mercado”, puesto que el Estado había jugado un rol fundamental en la instalación del neoliberalismo. De lo que se trataba era de abrir espacios de democracia participativa y fortalecer las mediaciones sociales que permitieran darle una ciudadanía a ese nuevo “pueblo” surgido durante el neoliberalismo. Más allá de la caída en desgracia de Carlos Ruiz y por más que ahora se muestre como un crítico, decepcionado, despechado, traicionado, dolido, etc; sus teorías abonaron el terreno para el tránsito de la “ilusión de lo social” a la “ilusión de lo político”. Si tu teoría no es otra cosa que la heredera crítica del marco centroizquierdista, entonces no puedes quejarte porque el personal político que encarna dichas ideas se parezca a la concertación. Hacia un balance del último ciclo de lucha de clases Si el punto fuerte del libro, como planteaba, es identificar los mecanismos estatales y extraestatales por los cuales la Concertación logró moldear el neoliberalismo a la chilena, me parece que uno de los puntos débiles es el abordaje de los procesos de movilización de las últimas décadas. El libro parte de un presupuesto correcto que lo distingue de otras aproximaciones objetivistas, ya sea de raigambre sociologista o economicista. Leiva no hace un análisis puramente objetivo, sino que busca mostrar cómo el régimen político y los mecanismos de gobernabilidad han tenido que adaptarse para dar respuesta a las movilizaciones sociales. A su vez, el poder de la burguesía no se aborda sólo desde sus componentes económicos, sino también desde los mecanismos políticos, ideológicos y sociales por los cuales la burguesía ejerce su dominación. Sin embargo, el libro cae en cierto lugar común a la hora de hablar de los “nuevos movimientos sociales” como portadores de nuevas formas de organización horizontales y de las virtudes de los dirigentes que emergieron de esos procesos, sin explicar a cabalidad los mecanismos por los cuales los nuevos movimientos sociales fueron desarticulados y cooptados. Acá también deberíamos aplicar la idea de que los factores de esta neutralización no son puramente “externos” (como podría ser el gobierno de la Nueva Mayoría), sino también internos. La descripción de la subordinación de la CUT y el rol del PS y el PC en el movimiento obrero es muy aguda y precisa. El autor habla correctamente de burocratización, cooptación económica, falta de democracia interna, etc. Esto es muy rescatable, ya que muy pocos intelectuales hablan en Chile de “burocracia sindical” con todas sus letras (de hecho, hay quienes ven burocracia en todas partes, en el Estado y en las empresas, menos en las organizaciones obreras y populares). Pero el autor no ve el rol desmovilizador del PC y el FA en el movimiento estudiantil, ni tampoco ve el rol jugado por las “nuevas burocracias” surgidas en el seno del activismo de base del ciclo de luchas obreras. Esto es muy propio de una generación de intelectuales que se enamoraron y entusiasmaron con los nuevos dirigentes sociales surgidos de las movilizaciones, que incluso vieron en el Frente Amplio la posibilidad de una nueva forma de hacer política alejada de la izquierda tradicional del siglo XX (que para ellos siempre es mejor olvidar); y que luego, ante la amarga decepción, se enojan personalmente con los dirigentes que ahora son parte del Estado –como sintiéndose traicionados– o se enojan con el movimiento estudiantil universitario por ser “esencialmente corporativo” como parece sugerir Carlos Pérez Soto en una reciente columna, sin hacer, claro está, ninguna distinción entre dirigencias, burocracia y la base amplia de los movimientos y sus sectores de vanguardia. Como se detalla en el libro, efectivamente el gobierno de la Nueva Mayoría fue fundamental para restaurar la gobernabilidad. El programa de “derechos garantizados” a través de los mecanismos de mercado (negociados con el gran capital), fue uno de los mecanismos privilegiados. Pero hay que decir que la dirigencia del PC y FA colaboró activamente para viabilizar y apoyar ese programa, no sólo desde la CUT sino también desde la CONFECH. Por otro lado, el libro da cuenta correctamente de cómo durante el último ciclo de la lucha de clases emergió un nuevo activismo obrero de base, que tuvo a los subcontratistas del cobre, de las forestales o los portuarios como principales emblemas. Esto es un mérito, porque Fernando Leiva polemiza abiertamente contra quienes no ven el protagonismo de las luchas obreras durante el período. Sin embargo, no se menciona que dirigentes como Cristian Cuevas fue designado como Agregado Laboral de Chile en España durante el gobierno de Bachelet, o que dirigentes como Luis Mesina trabajaron codo a codo con el Frente Amplio, poniendo grandes expectativas en esta nueva generación. El rol de organizaciones como la Izquierda Libertaria en el sector portuario también ha sido importante a la hora de encauzar e institucionalizar (en el mal sentido) los aspectos más disruptivos de ese fenómeno sindical. Estos son sólo algunos ejemplos. Símbolos si se quiere. Pero el punto fundamental es ver que el régimen fue muy activo a la hora de desviar estos procesos de movilización, logrando cooptar incluso a los “nuevos movimientos sociales”, que en algunos casos dieron pie a nuevas burocracias sindicales y sociales, permitiendo la renovación generacional de los partidos (por ejemplo, bancada estudiantil), y en otros casos significó que importantes organizaciones entraran en crisis como la misma Fech, la Confech o la Coordinadora NO+AFP. Sin ver este proceso, es imposible entender cómo el régimen fue exitoso a la hora de pasivizar y desarticular dichos procesos de lucha de clases. A su vez, este enfoque resulta indispensable para evaluar, por ejemplo, el desvío de la revuelta de octubre y el rol de la Convención Constitucional. El rol histórico del PC como bisagra entre el régimen y los movimientos que surgen a su izquierda, es parte de las “tecnologías políticas” –al decir del autor– para la gobernabilidad capitalista. Sobre la idea de un “nuevo compromiso de clases” Creo que el capítulo sobre “El compromiso de clases en el neoliberalismo maduro” es el más confuso y problemático. Leiva parte de un presupuesto que es atendible: pensar en la actualidad en un “compromiso de clases positivo” (definición que toma prestada de Erik Olin Wright, un marxista analítico norteamericano, que hace referencia a la posibilidad de una cooperación entre trabajadores y capitalistas de modo que ambos puedan ganar a través de concesiones mutuas en vez de enfrentamientos), es un ejercicio nostálgico. El Estado de compromiso de posguerra no se volverá a repetir, pues responde a una configuración específica que ya no existe. En la actualidad imponer los intereses de la clase trabajadora implica afectar los intereses de los capitalistas. Por esto la idea de que es posible dejar contentos a “moros y cristianos” como intentó la Concertación, el PC y el FA, es una ilusión. No hay manera de evitar la confrontación y el conflicto. Comparto plenamente esta idea. Sin embargo, aun partiendo de estas premisas, el autor parece demasiado interesado en buscar algún tipo de compromiso o acuerdo nacional viable que, en sus palabras, “solucione la crisis”. De hecho propone como una de las opciones la articulación de un “compromiso de clases posneoliberal”, más en la línea de una "estrategia de gobernabilidad social contrahegemónica" (es decir, que busque utilizar los puestos en la institucionalidad para desarrollar organización y movilización popular, como habría intentado el ala de izquierda del PT en Brasil) y de los gobiernos posneoliberales de Latinoamérica como Chávez, Evo Morales y algunos aspectos del kirchnerismo en Argentina. El libro transmite un cierto reproche velado contra la centro izquierda por no desarrollar una vía más alineada con las experiencias latinoamericanas de este tipo. El autor sostiene que la Convención Constitucional habría intentado un camino de este tipo, pero no analiza con mayor profundidad las razones de su estrepitoso fracaso. Al margen de que hay muchos aspectos de programa que puedo compartir cuando se describe esta variante, creo que la hipótesis estratégica es incorrecta. El naufragio del chavismo, que terminó tristemente colaborando para que Venezuela sea un protectorado de Trump, el fracaso del kirchnerismo en Argentina (que literalmente le abrió el camino a Javier Milei), son algunas muestras de que la nostalgia debe combatirse no sólo frente al Estado de compromiso de la posguerra, sino también frente a estas variantes ya seniles. Lo bueno es que tenemos la comprobación empírica y actual que la hipótesis de gobiernos populistas de izquierda que buscan establecer una alianza de clases entre sectores de la burguesía nacional, el ejército u otras instituciones capitalistas, son un fracaso porque ni siquiera son capaces de cumplir su propio programa: no rompen con la subordinación frente al imperialismo, no superan el neoliberalismo, etc. Es decir, la defensa de la “independencia de clase”, el rechazo a la idea de “pacto social” o “compromiso de clases”, no es simplemente un reflejo dogmático, sino una lección tatuada en la piel para todos quienes hemos decidido dedicar nuestras vidas a la lucha social y a buscar reactualizar el marxismo revolucionario para nuestros días. En el terreno de la teoría y el debate estratégico, creo que uno de los primeros pasos para pensar una izquierda que no termine siendo la mano izquierda del capital, es rechazar la propia formulación de la pregunta que la ha orientado y guiado: No, de lo que se trata no es buscar cómo “solucionar la crisis de legitimidad”; de lo que se trata es cómo aprovechar esa crisis para fortalecer una alternativa política abiertamente anticapitalista que se proponga la lucha por una sociedad comunista. Y junto con esto y con el mismo nivel de importancia, cómo aportar para que la clase trabajadora y los sectores populares se organicen de manera autónoma, independiente, democrática y autoorganizada, en la perspectiva de construir un poder capaz de hacerle frente a los poderes de la clase dominante. Entonces yo creo que hay que asumir que esta hipótesis de “gobierno populista antineoliberal” es una quimera. Todos esos esquemas etapistas o semietapistas de “primero hay revolución democrática, después socialista, o primero la contradicción fundamental, luego las demás”, etc, no tienen ninguna consistencia teórica. En el mejor de los casos son simplemente un esquematismo descriptivo, pero en la mayoría de los casos son solo justificaciones para evitar el difícil camino de construir fuerza independiente. Hay que elaborar una hipótesis distinta, de gobierno de trabajadores de ruptura con el capitalismo. Hay que volver a hablar y pensar de revolución. El “antineoliberalismo” realmente existente, es el que ha terminado funcionando como mano izquierda del capital. Es el PC, es el FA. Y yo sé que es un oxímoron, porque obviamente ellos han decidido abandonar un programa realmente antineoliberal. Pero esta contradicción expresa precisamente el callejón sin salida de muchos intelectuales y sectores de izquierda que esperan y le exigen –unos a la centro izquierda, otros a la izquierda tradicional y otros a la nueva izquierda– que sean consecuentemente antineoliberales. Yo creo que hay que romper ese círculo vicioso. Es decir, creo que el debate central que debemos dar es de programa y estrategia. No sólo de programa. Creo que en cuanto las demandas podemos estar de acuerdo relativamente rápido, porque muchas de ellas han sido planteadas por la lucha de clases: renacionalización del cobre bajo gestión de las comunidades, fin a las AFP y un sistema de reparto administrado por trabajadores y usuarios, educación y salud gratuita garantizada por el Estado, derecho de autodeterminación a los pueblos originarios, por nombrar solo algunas estructurales. El tema es qué estrategia, a favor de qué hipótesis trabajamos. Porque como muestra el libro, muchas veces a costa de adoptar discursivamente algunas demandas, el resultado no es otro que desmovilizar. La actual configuración de clases y sus pilares económicos, políticos y sociales fueron fundados sobre métodos contrarrevolucionarios durante la dictadura. La variante progresista del neoliberalismo ha sido perfeccionada durante décadas y se ha sostenido en poderes materiales tales como el imperialismo norteamericano y franjas de clase que han hecho viable la gobernabilidad concertacionista. No hay nada que nos haga pensar que modificar sustancialmente esa estructura pueda hacerse sin apelar a métodos revolucionarios de igual o mayor magnitud histórica. Para eso es lo que debemos prepararnos.

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