EPISODE · May 22, 2026 · 15 MIN
LA REINA DEL NILO Y EL HOMBRE DE ROMA
from Podcast MJavierJM
Bajé por aguas de cobre cubierta de seda fina, y el sol besó mi cortina como a un jardín noble y pobre. Él me miró como quien abre la puerta de un paraíso; y en aquel leve improviso de perfumes y de fuego, sentí rendirse mi ego bajo el peso de su hechizo. La noche olía a granada, a vino dulce y canela; temblaba lenta la tela de mi alcoba iluminada. Yo, recostada y dorada sobre almohadones de lino, vi aproximarse el destino en sus pupilas oscuras; y mis antiguas corduras se perdieron en su vino. “¿Por qué me miras así?”, susurré junto a su boca; y aquella voz grave y roca desnudó algo dentro de mí. “Porque jamás comprendí que pudiera haber belleza capaz de doblar la fuerza de un hombre hecho de guerra.” Y el aire tibio en la tierra se llenó de sutileza. Sus manos olían a acero, a tormenta y a caballo, pero al tocarme despacio se volvieron terciopelo. Yo descubrí bajo el cielo de antorchas y corredores que también los vencedores guardan temblores secretos, y buscan labios discretos donde descansar dolores. Me desató lentamente las joyas de la cintura; la lámpara clara y pura dibujó mi piel ardiente. Y mientras rozaba mi frente con besos suaves y lentos, los jardines y los vientos callaron bajo la luna, como si no hubiese cuna más honda que aquellos momentos. “Quédate”, dije en su pecho, oyendo su corazón; y aquella respiración me incendió de trecho en trecho. “No existe mejor lecho que tus brazos y tu calma.” Y fui derritiendo el alma entre caricias calladas, mientras las sombras doradas nos envolvían sin pausa. Cierra los ojos, mi dueño, y deja morir la prisa; que la noche cicatriza la soledad y el empeño. Tu boca con labios de fuego despierta mi piel dormida, y en cada caricia herida late un temblor tan profundo, que se me desaparece el mundo cuando me siento tan querida. Tus manos sobre mi espalda arden despacio en silencio, y el aire se vuelve incienso bajo la seda que resbala. Me abrazas… y ya no existe ni Roma, ni reino, ni guerra; sólo esta pasión que encierra mi corazón y tu destino, porque al sentirte tan mío hasta la eternidad se cierra. A veces hablaba el miedo cuando el alba aparecía; yo notaba que temía perderse lejos del puerto. Entonces rozaba en silencio sus cabellos despeinados, y nuestros cuerpos cansados volvían a hacerse abrigo como dos seres huidos de los mundos enfrentados. Las fuentes de mi palacio cantaban bajo el verano; él recorría mi mano como quien toca despacio la música de un espacio que jamás había sentido. Y yo, bajo su latido, dejaba caer mis velos, mientras ardían los cielos sobre el mármol encendido. Hubo noches infinitas de jazmín y de manzana, cuando mi boca cercana temblaba junto a sus cuitas. Las estrellas exquisitas parecían observarnos, y el silencio al abrazarnos se volvía lento río; yo le entregaba mi frío para verlo calentarlo. Acariciaba mi espalda con ternura inesperada, como si fuera sagrada la curva que mi piel guarda. Y yo, rendida y descalza, cerraba apenas los ojos mientras los tibios cerrojos del deseo se abrían, y nuestras bocas bebían la miel de antiguos antojos. “Jamás soñé tanta vida”, me confesó una mañana, mientras la brisa temprana jugaba sobre la alcoba. Yo lo besé lentamente, sin corona ni distancia; y olvidando mi arrogancia me sentí solo mujer, hambrienta de permanecer en su abrazo y su fragancia. Después llegaron rumores, sombras, traiciones y espinas; pero en mis noches divinas seguíamos siendo amantes. Él descansaba en mi vientre como un guerrero vencido, y yo escuchaba el latido de aquel pecho fatigado, pensando que había encontrado el lugar donde he vivido. Las guerras fueron creciendo igual que crece el invierno; y aunque el mundo era un infierno, nuestro deseo seguía ardiendo. A veces amaneciendo nos sorprendía el cansancio, cubiertos por el perfume de sudor, seda y de incienso, mientras el tiempo suspenso se dormía entre las luces. Una noche de tormenta lo vi llorar en silencio; y aquel dolor tan inmenso me volvió frágil y lenta. Tomé su rostro entre sombras, besé su mirada herida, y me juró que en la vida solo conmigo halló paz; yo lo estreché aún más temiendo nuestra caída. La derrota fue llegando como un barco entre neblinas; las lámparas mortecinas nos contemplaban callando. Él seguía acariciando mi cintura lentamente, como queriendo en mi frente guardar su último refugio; y yo ocultaba el diluvio de mi tristeza creciente. “Si todo acaba esta noche, déjame dormir contigo”, me pidió buscando abrigo mientras rugía el derroche de un mundo roto en la sombra. Yo desnudé mis temores, y entre besos y sudores nos aferramos despacio, como dos últimos labios olvidando los horrores. Después llegó la agonía con su paso silencioso; y aquel cuerpo poderoso fue perdiendo su energía. Yo lo estrechaba y sentía su respiración quebrada, mientras la alcoba dorada olía a mirra y a ausencia; y en medio de tanta pena seguía siendo mi amado. Cuando cerró al fin los ojos sentí morir mi universo; el aire quedó disperso sobre cortinas y rojos. Besé sus labios ya fríos como quien besa la nada, y me vi sola y quebrada frente a la noche vacía, comprendiendo que moría la mujer enamorada. Entonces miré la luna sobre las aguas tranquilas; las antorchas amarillas parecían darme sepultura. Y antes que vivir cautiva sin sus brazos y su fuego, preferí seguir el juego del destino y del olvido, para dormir junto al hombre que más profundamente he querido.
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LA REINA DEL NILO Y EL HOMBRE DE ROMA
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