EPISODE · May 7, 2012 · 12 MIN
La Revelación tiene que ser revelada
Reflexión: Comenzamos la reflexión de La Liturgia del día de hoy, poniéndonos en El Nombre del Padre, etc. Queridos hermanos y hermanas: Hay una dependencia en el hombre, en el que está sujeto al egocentrismo, que es la exagerada exaltación de la propia personalidad del hombre, hasta considerar esta personalidad como centro de la atención de quienes lo rodean, así como también todas las actividades generales que el hombre desarrolla, son consideradas para el egocéntrico como el centro de atención. En efecto, mientras que el hombre viva en ése afán desmedido de soberbia, no podrá encontrar el Amor de Dios, que está sumergido totalmente en la humildad. Estas dos contraposiciones, la soberbia y la humildad; en efecto, no pueden adherirse y hacerse una sola cosa, porque es El Señor que nos quiere en un matrimonio donde no existen separaciones. Éste matrimonio entre Él y Su Esposa que es La Iglesia que la conformamos todos, se mantiene siempre adherido por el amor recíproco; porque, efectivamente, cuando el Amor no encuentra Amor, no tiene como unirse, porque solo El Amor se puede unir con el Amor; es decir, que El Amor de Dios se puede unir con el amor del hombre. Pero para que ello ocurra, el hombre tiene que dar el paso, tiene que manifestar amor por Dios, aunque en ese primer instante de conversión, de mirada hacia Dios, sea del hombre una minúscula entrega de amor, porque, en efecto, el hombre aún no sabe amar integralmente, porque no ha conocido más a Dios como ya muchos santos de La Iglesia lo han amado. Así, pues, el lisiado de Listra que nos narra Los Hechos de Los Apóstoles, dice: «Escuchaba las palabras de Pablo»… Éste es el primer instante de acercamiento del hombre hacia Dios, que en este caso tiene por intermediario al Apóstol Pablo; el hombre, en efecto, quiso escuchar lo que se decía de Dios. El hombre se deja atraer por Su Creador, tiene hambre de Dios, tiene hambre de Eterno. Esa manifestación del hombre tiene respuesta de su Dios, por ello añade: «y Pablo, viendo (al lisiado de Listra) que tenía una fe capaz de curarlo, le gritó, mirándolo: "Levántate, ponte derecho.» Y se manifiesta la misericordia de Dios en el hombre, por la propia voluntad del hombre que quiso acercarse a Dios, aunque sin saberlo en ese momento el hombre, Dios estaba primero; porque Dios siempre está al lado del hombre sustentándolo para que viva. El Amor Total de Dios está entregado al hombre, Dios lo ha manifestado con la muerte y resurrección de Su Hijo; pues, Él como Padre con Su Hijo y El Espíritu Santo son indisolubles. Por tanto, El Padre donando a Su Hijo hace Su donación de Dios Uno y Trino, una donación total, que se hará total en el corazón del hombre en la medida que éste abra más su corazón, tanto en el momento del inicio de su conversión y en cada momento de su vida después de éste inicio hasta que deje éste mundo. Todo momento de vida del converso es un proceso de aprendizaje del Amor de Dios. Y es en la humildad, en la que el hombre manifiesta más amor por Dios, sabe amar más cuando es más humilde, sino, escuchemos lo que nos dice el salmista: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria» Estas son las palabras que Dios quiere que nosotros Sus hijos pronunciemos, no porque Él lo necesite, sino, porque nosotros necesitamos hacernos siempre humildes cada vez más, para imitar la humildad incomparable y magnánima que tuvo Dios para con nosotros, por ello el hombre añade el salmo: «por tu bondad, por tu lealtad.» Así mismo, El Sagrado Evangelio nos habla del Amor de Dios, que quiere que el hombre acepte Su Amor para que habiendo correspondido el hombre a las insinuaciones del Señor, el hombre sea amado por Dios, pues, así dice: «El que me ama guardará mi palabra»… es decir, quien ama a Dios cree en Dios, en Su Palabra, en Las Sagradas Escrituras inspiradas por Dios hacia el hombre, y no solo cree, sino que éste la guardará, la conservará, observará y cumplirá los mandamientos de Dios. Y añade: «y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.» Para que el hombre sea correspondido en El Amor de Dios. Y Dios habitando en el hombre pueda manifestar todo cuanto quiera revelar hasta el fin de los tiempos. Estas revelaciones posteriores a La Revelación máxima que son Las Sagradas Escrituras, son revelaciones entregadas por Dios a Su Iglesia, y que está contenida en La Sagrada Tradición y La Sagrada Doctrina de La Iglesia que han manifestado a La Luz del Espíritu Santo, la conducción y salvación de Su Iglesia que somos todos nosotros; pues, así dice: «El Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.» La revelación proclama otra revelación cuando dice: «El Espíritu Santo, será quien os lo enseñe todo» Porque cuando dice «todo», quiere decir, que no todo está revelado. Aunque Las Sagradas Escrituras son «toda» la revelación que Dios nos ha entregado, es una revelación que necesita ser instruida y revelada por una autoridad: La Iglesia que Dios fundo. Es decir, «La Revelación tiene que ser revelada», tiene que ser enseñada por una jurisprudencia, porque de lo contrario todos harían lo que les da la gana. Esta jurisprudencia está en «El Magisterio de La Iglesia», siendo el Magisterio la autoridad de la Iglesia investida a los obispos, como sucesores de los Apóstoles, para enseñar la fe bajo la autoridad del Sumo Pontífice, sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y cabeza visible de la Iglesia Católica. El magisterio incluye la enseñanza de la doctrina, la moral y las costumbres. Así nos confirma La Tradición de La Iglesia con «Didaché» o «Didajé» o «Didakhé», que es sino, el primer documento que enseña la revelación de Las Sagradas Escrituras. En efecto, Didajé, que significa Enseñanza de Los Apóstoles, y que es contemporánea a Los Sagrados Evangelios, ya que tuvieron su origen en los años 70 después de Cristo. Y «La Tradición» es toda la revelación, desde el comienzo de la historia hasta el final de la era Apostólica, transmitida por los fieles de generación en generación y preservada por la guía divina del Espíritu en la Iglesia instituida por Cristo. La Sagrada Tradición, más técnicamente, se refiere, dentro de la revelación, a aquella parte que no está contenida en las Sagradas Escrituras porque no se escribió hasta más tarde. El depósito de la fe, de la revelación, está compuesto por las Sagradas Escrituras y la Tradición Apostólica. El depósito de la fe fue revelado por Jesús a los Apóstoles y confiado a la Iglesia. Por ello El Señor Jesús nos dice hoy: «El Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.» Queridos hermanos y hermanas, que Dios nos bendiga y La Santísima Virgen nos proteja, y que fructifique sobre abundantemente la liturgia de hoy en nuestras vidas. Como siempre los dejo con el mensaje de la importancia de comulgar todos los días o cuanto menos los domingos y fiestas de guardar: El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre, tiene Vida Eterna, y Yo lo resucitaré el último día. Dice el Señor (Jn. 6, 54) En El Nombre del Padre, etc.
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La Revelación tiene que ser revelada
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