EPISODE · Jan 26, 2025 · 7 MIN
Una historia de los pigmentos y colores más raros y caros de la historia en el Museo de Arte de Harvard.
from PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM
Una historia de los pigmentos y colores más raros y caros de la historia en el Museo de Arte de Harvard. El 30 de julio de 1904 apareció un anuncio bastante particular en el diario británico Daily Mail. ‘Se busca momia egipcia’. A ser posible, a un precio razonable. Se la precisa para ‘producir pinturas’. Los restos molidos de los soberanos egipcios fue una mercancía muy codiciada durante siglos. El marrón de momia fue un pigmento muy apreciado, sobre todo para crear sombras. Incluso, los médicos creían que estos polvos eran un remedio milagroso. En 1964, Roberson y compañía, un tradicional fabricante londinense de pinturas, anunció que había terminado con su última momia. Dos de sus últimos tubos de marrón de momia todavía se conservan. Están en la vitrina del cuarto piso del museo de arte de la Universidad de Harvard. Conservan muestras, denominadas Straus 17 y 17 a para un tono castaño. Mientras que las Straus 1341 son de marrón negruzco, elaborado con limonita. En sus baldas de 20 metros de largo, reúnen los más raros y valiosos pigmentos de la historia del arte. Formando un arcoíris de más de 2500 botes. Este centro es como el guardián de los colores de la historia. Se dedican a investigar el origen y la vida de los pigmentos. El ser humano siempre ha intentado adueñarse de la belleza de la naturaleza. De ahí su interés por hacerse con sus colores. Nuestro ojo puede distinguir 2,4 millones de matices a lo largo del espectro visible de la luz. Los Homo Sapiens de la Edad de Piedra le arrancaron a la tierra unos tonos amarillentos y rojizos. Para pintar las paredes de las cuevas. Y obtenían el negro de las cenizas de sus hogueras. En síntesis, los pigmentos han tenido un significado cultural tan importante como las especias. Hace 30.000 años, los humanos ya comercializaban con estas pinturas. Detrás de cada pigmento hay una historia enmarcada en un contexto particular. Los indígenas peruanos descubrieron, cientos de años antes de cristo, que con 50.000 cochinillas se sacaba medio kilo de ácido carmínico. Una sustancia de un rojo brillante que está considerada como uno de los tintes más potentes del mundo. Tanto, que tras el descubrimiento de américa, se convirtió en uno de los botines más codiciados, junto con el oro y la plata. En 1587 partieron desde el puerto de Lima rumbo a España, 72 toneladas de carmín. Una cantidad que equivale a 7.000 millones de cochinillas. El pigmento seguía su camino hasta los talleres de pinturas de los Países bajos o el Vaticano. Donde los cardenales lucían su vestimenta encarnada. Sin embargo, la investigación del origen de los colores es una disciplina reciente dentro del mundo del arte. Ese interés surgió tras una estafa. El acaudalado Edward W. Forbes era un apasionado coleccionista de obras del Renacimiento Italiano. Y compró el cuadro de Madonna con un niño. Hasta que descubrieron que el cuadro había sido repintado. A partir de entonces, Forbes decidió fundar un centro dedicado al estudio de las técnicas empleadas en el arte. Para que los expertos aprendieran los materiales y procedimientos, usados en cada época, por los artistas. Forbes contrató a químicos y reunió muestras de pinturas y colores de sus viajes. Muchas de ellas se conservan ahora en esta institución de Harvard. En el 2007, estos especialistas compararon muestras de pintura de cuadros atribuidos a Jackson Pollock. Y demostraron que eran falsificaciones. Ese tipo de pinturas no existían en la época del artista. Los Vendecolori fueron unos comerciantes especializados en pigmentos. Operaban en Venencia, a comienzos del siglo 16. Vendían los colores más solicitados y caros del mundo. Por ejemplo: el carísimo azul ultramarino. Que llegó a ser más costoso que el oro. Para obtenerlo, tenían que moler el lapislázuli. Una roca, que sólo se encuentra, en las minas de la región afgana de Badajshán. Se transportó en la Ruta de la Seda hasta Siria. Luego, al llegar a Venecia, los Vendecolori lo distribuían por toda Europa. Por eso Tiziano pudo usar el azul ultramarino por metros cuadrados para crear espectaculares escenas celestes. Mientras que en el lejano Núremberg, Alberto Durero apenas disfrutó de ese preciado tono. Los ricos mecenas compraban esos lujosos colores para encargar un cuadro. En el contrato especificaban, por ejemplo, la cantidad de ultramarino que dispondría un artista. Las ganas de experimentar y crear nuevos tonos y colores ha marcado el devenir del arte. Una de las ideas más descabelladas fue la de crear el amarillo indio. Este vivo amarillo limón se obtenía a partir de la orina de vacas indias en el siglo 15. Pero tenían que alimentarlas exclusivamente con hojas de mango. A partir de la Revolución Industrial se amplió la paleta de colores para los artistas. Todavía seguimos investigando y creando nuevos colores. Como el vantablack. El negro más negro del mundo. Contiene nanotubos de carbono y absorbe el 99 por ciento de la luz que le llega. El artista indobritánico Anish Kapoor se hizo en 2015 con la exclusiva de su uso. Tuvo que realizar un contrato multimillonario. Aunque provocó una ola de indignación en el resto de artistas. En el presente, esta institución sigue rastreando el origen de muchos tonos y colores.
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