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Platón
by John Zerzan
Arístocles de Atenas, apodado Platón (?????? = «el de anchas espaldas»), nace, probablemente, el año 428-427 a.n.e. en Atenas, o quizás en Aegina. Pertenecía a una familia noble. Su padre, Aristón, se proclamaba descendiente del rey Codro, el último rey de Atenas. Su madre Períctiona, descendía de la familia de Solón, el antiguo legislador griego. Era además hermana de Cármides y prima de Critias, dos de los treinta tiranos que protagonizaron un golpe de estado oligárquico el año 404. Platón tuvo dos hermanos, Glaucón y Adimanto, y una hermana, Potone. A la muerte de Aristón, Períctina se casó con su tío Pirilampo, amigo y partidario prominente de Pericles, con quien tuvo otro hijo, Antifón.
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Filebo
Platón. Diálogos de vejez (370-347) Filebo, o del placer. Sócrates, Mira, Protarco, qué parte de la opinión de Filebo, quieres defender, y lo que te propones atacar de la mía, pues no están conformes con tu manera de pensar. ¿Quieres que hagamos un resumen de ambas opiniones? Protarco, Con mucho gusto. Sócrates, Filebo, dice, que el Bien para todos los seres animados consiste en la alegría, el placer, el recreo y todas las demás cosas de este género. Yo sostengo, por el contrario, que no es esto, sino que la sabiduría, la inteligencia, la memoria y todo lo que es de la misma naturaleza, la justa opinión y los razonamientos verdaderos son, para todos los que los poseen, mejores y más apreciables que el placer a la par que más ventajosos a todos los seres presentes y futuros, capaces de participar de ellos. ¿No es esto, Filebo, lo que uno y otro sostenemos? Filebo, Eso es, Sócrates,. Sócrates, Y bien, Protarco, ¿te encargas de este juicio que se pone en tus manos? Protarco, Necesariamente me he de encargar, puesto que el buen Filebo, se ha acobardado. Sócrates, Es de absoluta necesidad que indaguemos lo que hay de cierto en esta materia. Protarco, Sí, es preciso sin duda.
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El sofista
Platón. Diálogos de vejez (370-347) El sofista, o del ser. TEODORO, TEETETES, UN EXTRANJERO DE ELEA, SÓCRATES. Teodoro. -Como convinimos ayer, Sócrates, aquí estamos cumpliendo nuestra cita puntualmente, y te traemos a este extranjero, natural de Elea, de la secta de Parménides y Zenón, que es un verdadero filósofo. Sócrates. –Quizá, querido Teodoro, en lugar de un extranjero, me traes algún dios. Homero refiere que los dioses y, particularmente el que preside a la hospitalidad, han acompañado muchas veces a los mortales justos y virtuosos, para venir entre nosotros a observar nuestras iniquidades y nuestras buenas acciones. ¿Quién sabe si tienes tú por compañero alguno de estos seres superiores, que haya venido para examinar y refutar nuestros débiles razonamientos, en una palabra, una especie de dios de la refutación? Teodoro.-No, Sócrates; no tengo en tal concepto a este extranjero; es más indulgente que los que tienen por oficio el disputar. Pero, si no creo ver en él un dios, le tengo, por lo menos, por un hombre divino, porque para mí todos los filósofos son hombres divinos. Sócrates. -Perfectamente, mi querido amigo. Podría suceder que fuese más difícil reconocer esta raza de filósofos, que la de los dioses. Estos hombres, en efecto, que la ignorancia representa bajo los más diversos aspectos, van de ciudad en ciudad, -no hablo de los falsos filósofos, sino de los que lo son verdaderamente-, dirigiendo desde lo alto sus miradas sobre la vida que llevamos en estas regiones inferiores, y unos los consideran dignos del mayor desprecio, y otros, de los mayores honores; aquí se les toma par políticos, allí por sofistas, y más allá, falta poco, para que los tengan por completamente locos. Quisiera saber de nuestro extranjero, si no lo lleva a mal, que opinión se tiene de todo esto en su país, y qué hombre se les da. Teodoro. -¿De quiénes hablas? Sócrates. -Del sofista, del político y del filósofo. Teodoro. -Peto, ¿qué es lo que tanto te embaraza y te hace dirigir esta pregunta al extranjero? Sócrates. -Lo siguiente. ¿Representan estos hombres, en Elea, una sola cosa o dos; o bien, así como son tres hombres, distinguen tres clases de individuos, aplicando a cada hombre particular una clase particular? Teodoro. -Creo que no tengo inconveniente en explicarte esto. ¿No es así, extranjero? Extranjero. -Así es, querido Teodoro. Nada me lo impide, y no es difícil responder que, entre nosotros, son tres clases distintas. Pero definir, con claridad, cada una de ellas y su naturaleza no es ciertamente fácil tarea.
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Timeo de Locres
Platón. Diálogos de vejez (370-347) Timeo de Locres, o del alma del mundo y de la naturaleza. He aquí lo que Timeo de Locres dice: Hay dos causas de todo lo que existe; la inteligencia, causa de todo lo que se hace con intención; la necesidad, causa de todo lo que resulta forzosamente de la naturaleza de los cuerpos. De estas dos causas, la una tiene por esencia el bien; se llama Dios y principio de todo lo que es excelente. Todas las causas secundarias, que vienen después, se refieren a la necesidad. Todo lo que existe es idea, o materia, o fenómeno sensible nacido de la unión de aquellas. La idea no es, ni engendrada, ni móvil; es permanente, siempre de la misma naturaleza, inteligible, modelo de todo lo que, habiendo comenzado a existir, está sujeto al cambio. Esto es lo que se llama idea, y así es cómo se la concibe. La materia es el receptáculo de la idea, la madre y la nodriza del ser sensible; ella es la que, recibiendo en sí el sello de la idea, forma según este modelo y produce los seres que tienen principio. Timeo dice también, que la materia es eterna, pero no inmutable. Desprovista por sí misma de forma y de figura, no hay forma que no adopte; se hace divisible haciéndose cuerpo, y es de la esencia de lo diverso; se la llama lugar, espacio. He aquí los dos principios contrarios: la idea, que desempeña el papel de varón y de padre; la materia, el de hembra y de madre. En tercer lugar vienen los productos de estos dos principios. Estas tres clases de seres son conocidas por tres facultades diferentes: la idea, objeto de la ciencia, por la inteligencia; la materia, que no se apercibe directamente, sino con el auxilio de la analogía, por un razonamiento bastardo; el producto de la idea y de la materia, por la sensación y la opinión. La razón exige que la idea, la materia y Dios, autor del perfeccionamiento de todas las cosas, sean anteriores al nacimiento del cielo. Como lo más antiguo vale más que lo más moderno, y lo regular vale más que lo irregular, Dios, que es bueno, al ver la materia recibir el sello de la idea y experimentar toda especie de cambios, pero sin sujeción a regla, resolvió introducir en ella el orden y remplazar los cambios sin fin con movimientos sometidos a leyes, para que las diferencias de los seres tuviesen su armonía, en lugar de estar abandonados al azar. Compuso por lo mismo el mundo con todo lo que había de materia, y encerrándolo todo en él, le dio por límite los límites mismos del ser; le hizo uno, de una sola y misma naturaleza, perfecto, animado, razonable; porque lo que está animado y es racional es mejor que lo que no lo es; en fin, le dotó de un cuerpo esférico, porque esta forma es la más perfecta de todas. Así es como, queriendo producir una criatura excelente, hizo este dios engendrado, que no puede ser destruido por otra causa que por el Dios que lo ha formado, en caso de que llegara un día en que este Dios quisiera destruirlo; pero no es propio de un ser bueno intentar destruir una criatura perfectamente bella; porque el mundo debe subsistir incorruptible, indestructible y dichoso. De todos los seres que han comenzado a existir es el más fuerte, porque ha sido producido por la causa más fuerte, y porque esta causa ha imitado al formarle, no un modelo perecible, sino la idea y la esencia inteligible; es una copia fiel de la misma, de una belleza acabada, y en él ninguna reparación será jamás necesaria. Es siempre completo en lo que concierne a los seres sensibles, porque su modelo contiene todos los seres inteligibles y no deja ninguno fuera de sí, siendo el límite de lo inteligible, como este mundo lo es de lo que está sometido a los sentidos. Sólido, tangible, visible, se compone de tierra, de fuego y de dos cuerpos que sirven de términos medios entre aquellos, que son el aire y el agua. Se compone de la totalidad de cada uno de estos cuerpos, que están en él por entero, sin que haya quedado ninguna parte fuera de él, a fin de que el cuerpo del universo se baste a sí mismo, y no pueda ser chocado ni por los cuerpos exteriores, porque no los hay, ni por los que él contiene, porque dentro de sí mismo todo está en la proporción más justa y en perfecto equilibrio. Ninguna de sus partes es más fuerte ni más débil que la otra; unas no crecen a expensas de las otras; la relación que las une las mantiene en una armonía indestructible. En efecto, dados tres términos con intervalos determinados, el término medio es al primero, como el tercero es al término medio. Se puede trastornar y alterar los términos de la proporción sin destruirla; de cualquier manera que se los disponga, la igualdad de las relaciones subsiste. La figura y el movimiento del mundo contribuyen a darle armonía; la figura, porque siendo esférica y semejante a sí misma en todos sentidos puede encerrar en sí todas las demás figuras regulares; el movimiento, porque describe eternamente un círculo; porque sólo la esfera puede, así en movimiento como en reposo, conservar el mismo lugar y no abandonarle para ocupar otro, estando como están todos los puntos de la circunferencia a la misma distancia del centro. Como la superficie del mundo es completamente llana, no tiene necesidad de estos órganos mortales, que han sido dados a los demás animales para su uso.
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Clitofón
Platón. Diálogos de vejez (370-347) Clitofón. Sócrates. Clitofón, hijo de Aristonimo, me han dicho hace un instante, que en una conversación que has tenido con Licias, has criticado las discusiones filosóficas de Sócrates, y puesto en las nubes las lecciones de Trasimaco. Clitofón. Te han referido exactamente, Sócrates, lo que he dicho de ti a Licias; si en unas cosas te he censurado, también te he alabado en otras, y como veo en claro, que a pesar de tu aire de indiferencia estás incomodado conmigo, seria conveniente, ya que estamos solos, repetirte lo mismo que he dicho, y te desengañarás de que no soy injusto para contigo. Indudablemente te han informado mal, y esta es la causa de tu irritación. Pero si me permites decirte todo lo que pienso, estoy pronto a hacerlo, y no te ocultaré nada. Sócrates. No tendría razón para oponerme a tu deseo, cuando éste redunda en mi provecho, porque evidentemente desde el momento que me hagas ver el bien y el mal que residen en mí, procuraré seguir el uno y huir del otro con todas mis fuerzas. Clitofón. En este caso, escúchame. Me ha sucedido muchas veces, Sócrates, que encontrándome contigo, me he dejado llevar de la más viva admiración al oír tus discursos, y me ha parecido que hablabas mejor que nadie, cuando reprendiendo a los hombres, como un dios que aparece en lo alto de una máquina de teatro, exclamabas: «¿A dónde vais a parar, mortales? ¿No veis que no hacéis nada de lo que deberíais practicar? El objeto de todos vuestros cuidados es amontonar riquezas y trasmitirlas a vuestros hijos, sin inquietaros para nada del uso que puedan hacer de ellas. Tampoco procuráis darles maestros que les enseñen la justicia, si puede ser enseñada, o que se ejerciten en ella, si es que sólo en el ejercicio puede adquirirse. Tampoco tratáis de gobernaros a vosotros mismos, educándoos en la virtud. Cuando vosotros y vuestros hijos, después de conocer las letras, la música y la gimnástica, lo cual creéis que constituye la educación más perfecta, veis que no sois menos ignorantes por lo que hace al uso que hacéis de vuestras riquezas, ¿cómo no os escandalizáis de esta educación, y no buscáis maestros que hagan desaparecer esta ignorancia y esta disonancia? A causa de este desorden y de esta inconveniencia, y no porque un pié deje de guardar compás con la lira, tiene lugar la falta de acuerdo y armonía entre hermanos y hermanos, entre Estados y Estados, y en sus divisiones y en sus guerras sufren el cúmulo de males que mutuamente se causan. Pretendéis que la injusticia es voluntaria, y que no procede de la falta de ilustración y de la ignorancia, y, sin embargo, sostenéis que la injusticia es vergonzosa y aborrecible a los dioses. ¿Qué hombre seria capaz de escoger voluntariamente un mal semejante? Respondéis que es aquel que no sabe resistir a los placeres. Pero si la victoria depende de la voluntad, ¿la derrota no es siempre involuntaria? La razón nos precisa a convenir en que de todas maneras la injusticia es involuntaria, y que es un deber para los individuos en particular y para los Estados en general, manifestarse más atentos y más vigilantes que lo están hoy.»
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La República. Vida de Platón
Platón. Diálogos de madurez (385-371) VIDA DE PLATÓN. Platón nació en Colyto, aldea de Atenas, dia siete del mes Targelion, que corresponde al diez y siete de Mayo, año tercero de la Olympiada ochenta y siete, ántes de Jesu-Christo 430, quando cumplia Sócrates los treinta y nueve de su edad. Tuvo por padres á Aristón y Perictiona, descendientes de las ilustres familias de Codro y de Solón, y le pusiéron por nombre Aristocles, que habia sido el de su abuelo. Platón empezó á llamarle su maestro de gymnasio, por ser ancho de espaldas, y este nombre conservó toda la vida. Entre las relaciones fabulosas que se cuentan de este filósofo una merece particular atencion, por ser como anuncio de su gloria. Dícese que Sócrates vió en sueños, que un pollo de cisne volando desde el altar consagrado al Amor, que estaba en la académia, habia ido á ocultarse en su seno, y que despues levantandose de allí dirigió su vuelo ácia el cielo, recreando con su canto á los hombres y á los Dioses. Añaden que pasados algunos años, quando Aristón le presentó su hijo, habia exclamado Sócrates: Ved aquí el cisne que ví salir del altar para reposar en mi seno. Apreciada esta historia por su justo valor, es decir, como inventada expresamente por algun autor ingenioso, para dar una idea grande de un génio superior; se debe considerar que Platón correspondió en todas sus partes al sentido figurado de este emblema. Empezó á estudiar baxo la direccion del gramático Dionisio, y á exercitarse en la palestra con Aristón de Argos, en la que aprovechó tanto, que dicen algunos que luchó en los juegos Pytios. Aprendió la música con Dracon ateniense, y con Metelo de Agrigento, y se dedicó con particular aficion á la pintura y á la poesía, llegando á componer muchos poemas ditirámbicos y épicos, y una perfecta tetralogia de tragedias que quemó á los veinte años, despues de haber oido á Sócrates. Estrechóse enteramente con este filósofo, y como su natural era inclinado á la virtud, se aprovechó tan bien de los discursos de este gran hombre, que á los veinte y cinco años de su edad dió muestras de una sabiduría extraordinaria, y de que era capáz ya entónces de gobernar un Estado. Los lacedemonios en aquel tiempo se apoderaron de Aténas, y Lisando su General estableció en ella el gobierno de los treinta, que bien pronto usurparon la autoridad tiránica, y fuéron conocidos despues por los treinta tiranos. Desde entónces dió Platón señales nada equívocas de tener una alma libre, incapáz de baxarse á hacer la corte á un tirano. Lisandro, á cuyo poder todo se rendia, y que por sus crueldades se habia hecho temible, estaba rodeado de poetas que lisongeaban su vanidad y celebraban su gloria. Entre otros Antimaco y Nicerato se empeñaron en hacerle versos á porfia, y tomandole á él mismo por árbitro para que juzgase su mérito, aplicó el premio á Nicerato: Antimaco despechado de esta afrenta recogió su poema, y Platón que le estimaba por su bella poesía, sin temer el resentimiento de Lisando, le consoló diciendo, que mas digno de lástima era el Juez que no él, porque la ignorancia es un mal mayor respecto del alma, que lo es la ceguera respecto del cuerpo. Siendo ya entónces muy conocido el mérito de Platón, hiciéron quanto pudiéron los ministros de la tiranía para ganarle y obligarle á tomar parte en su gobierno. Nada se le proponia que no fuese muy conforme á su edad y á sus máximas, y toda su ambicion se dirigia á que las luces que habia adquirido fuesen útiles á su pátria, esperanzado en las promesas de estos treinta tiranos, que al fin los determinaria á dexar sus modales tiránicos, y á gobernar la ciudad con la sabiduría y moderacion de buenos Magistrados. Ocupado dia y noche de estos pensamientos, y buscando los medios mas propios de salir con su designio, observaba con cuidado todos sus pasos; pero conoció desde luego que el mal iba en peor, y que el espíritu de tiranía estaba tan arraigado, que era imposible destruirle. Afligido de esta calamidad que Dios solo podia remediar, y en la qual teniendo parte en los negocios, era preciso ó ser cómplice de sus crímenes, ó víctima de su furor, reprimió todos sus deseos con la esperanza de tiempos mas favorables. Quiso la fortuna favorecer sus buenas intenciones, pues á poco fuéron arrojados los treinta tiranos, y se restableció la antigua forma de gobierno.
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La República. Vida de Sócrates
Platón. Diálogos de madurez (385-371) VIDA DE SÓCRATES. Sócrates nació en Atenas en el arrabal llamado Alopece el seis del mes Thargelion, que corresponde al diez y seis de Mayo, año quarto de la Olympiada setenta y siete, quatrocientos sesenta y ocho años ántes de Jesu-Christo. Su padre era escultor, y llamábase Sophronisco, y su madre era partera, y se llamaba Phenaretta. Educáronle desde luego en la profesion de su padre, que era de las mas honrosas de la Grecia, y se adelantó tanto, que muchos autores aseguran que las tan decantadas estatuas de las tres Gracias que se veian en la ciudadela de Atenas, detras de la estatua de Minerva, eran obra suya. Es de notar con Diógenes Laercio, que fué el primero que, contra el uso comun de los artistas, las representó vestidas, pudiéndose llamar con Horacio las Gracias esculpidas por Sócrates, Gracias honestas. El profundo silencio que se observa sobre los primeros años de su vida, nos hace presumir que los ocupó en trabajar en la escultura, hasta tanto que Critón, noble ateniense, advirtiendo la extension de sus conocimientos naturales, y pareciéndole que talentos tan extraordinarios podian emplearse mejor, le hizo abandonar el exercicio de esta profesion, y le persuadió á que se dedicase por entero á la contemplacion de la simetría moral; cuyo objeto principal consiste en acercar nuestra alma, quanto sea posible, á la perfeccion y excelencia de la divinidad. Quieren unos, que sus primeros maestros de filosofia fuesen Anaxágoras, y Archelao, apellidado el fisico; y otros con buenos fundamentos, que lo fué Pródico, habiendo sido el único de los filósofos de aquel tiempo con quien dividió su gloria, y á quien se empeñó en ridiculizar sobre las mismas opiniones teológicas Aristophanes en sus Nubes. Luego que hubo recibido Sócrates del generoso Criton lo preciso para socorrer las necesidades de la vida, que seria á los treinta años de su edad, se aplicó con toda intencion á la filosofia natural, estudio que constituía entónces una de las principales ocupaciones de la juventud de Aténas, y en el que hizo rápidos progresos; pero consideradas las insuperables dificultades que acompañan á esta ciencia, y convencido por experiencia de la inutilidad de estas averiguaciones, aun quando salen con ellas, le abandonó y estableció por objeto principal de su aplicacion la felicidad de la especie humana. Éste fué, dice Cicerón, el primero que hizo baxar la filosofia del Cielo, donde parecia haber fixado su morada; que la colocó en las ciudades, la introduxo en las casas particulares, y la obligó á servir de guia al conocimiento de la vida, de la moral, del bien y del mal. Permaneció algun tiempo en este estado tranquílo sin darse á conocer, hasta que se le presentó ocasion de manifestar el valor, la amistad y todas las virtudes que caracterizan al verdadero ciudadano. Acia el año quarto de la Olympiada 87, siendo Sócrates como de unos treinta y seis años, Potidea, ciudad de Trácia y tributaria de Aténas, se reveló contra la República: los atenienses juntaron al punto su exército y se partieron á sujetar los rebeldes, los quales al ruido de su llegada saliéron de la ciudad y fuéron á recibirles, y despues de un sangriento combate, en que perdiéron mucha gente, se viéron precisados á retirarse dentro de sus muros. El exército vencedor puso sitio á la ciudad, y aunque fué muy riguroso, con todo los sitiados se defendiéron obstinadamente por espacio de dos años, no habiéndoles podido obligar á que se rindiesen sino por la falta de víveres. Durante este combate y este sitio se señaló Sócrates con acciones muy distinguidas, que le grangearon los elogios de sus conciudadanos, pero con destreza hizo resaltar la gloria sobre Alcibiades (á quien habia libertado la vida), con el fin de acrecentar el esfuerzo de este jóven ateniense, y dispertar en su corazon los deseos de merecer mayores honras de parte de su pátria. De aquí tomó principio su intimidad con Alcibiades, en cuya tienda se aloxó durante esta expedicion; pero sin que la suntuosidad y abundancia de regalos que allí se disfrutaban, hubiesen podido jamas hacer renunciar á nuestro filósofo la vida dura y militar que habia abrazado desde el principio de la guerra. En lo fuerte del invierno, quando los otros soldados aumentaban ropas para libertarse de los rigores del frio, conservó siempre su vestido ordinario, y caminaba á pie descalzo sobre los hielos; lo qual junto á la templanza y sobriedad que constantemente observó, le formaron un temperamento capáz de resistir á todas las enfermedades, de modo qua casi fue el único que no padeció la epidemia esparcida en todo el campo y ciudad de Potidea.
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La República. Coloquio Segundo
Platón. Diálogos de madurez (385-371) COLOQUIO SEGUNDO. Sócrates. En hablando de este modo, creía yo haberme desembarazado de la disputa; pero al parecer esto no era aún sino el preludio. Porque Glaucon que para todo manifestaba siempre mucho esfuerzo, se mostró descontentísimo del apocamiento de Thrasimaco, y tomando la palabra me dixo: quedais por ventura satisfecho, ó Sócrates, con sola la apariencia de habernos persuadido que la justicia por todos respetos es preferible á la injusticia, ó quereis persuadirnoslo en efecto? En realidad querria, le dixe yo, si estuviese esto en mi mano. Glauc. No habeis hecho pues aún lo que pretendeis. Porque decidme: no os parece que hay cierta especie de bienes que deseamos y buscamos nosotros por sí mismos, sin ocuparnos de sus conseqüencias? como la alegria y demas deleytes que carecen de toda mezcla de mal, aunque de ellos no nos resulte despues otra ventaja que el placer de disfrutarlos. Sócrates. Sí, me parece, que hay bienes de esta naturaleza. Glauc. No hay tambien otros que amamos por sí mismos y por sus conseqüencias; el juicio, por exemplo, la vista y la salud? porque estos dos motivos igualmente nos inclinan á abrazarlos. Sócrates. Esto es cierto. Glauc. No veis vos otra tercera especie de bienes, en la qual comprehendo los exercicios corporales, los remedios que se toman por la salud, el curar los enfermos, y todos los medios honestos de enriquecerse? Estos bienes, diriamos nosotros, son bienes penosos, pero útiles; nosotros no los buscamos por sí mismos, sino por las recompensas y otras ventajas que de ellos nos resultan. Sócrates. Reconozco esta tercera especie de bienes. Pero á dónde vais á parar? Glauc. En quál de estas tres clases colocais vos la justicia? Sócrates. En la mas hermosa, en la de los bienes que deben ser amados por sí mismos y por sus conseqüencias, de los que quieren ser verdaderamente felices, Glauc. No es esta la opinion comun de los hombres, que la colocan entre los bienes, que solo merecen nuestra atencion por los premios, honores y gloria que de ellos nos resultan, y que deben huirse, por sí mismos, como árduos y dificiles. Sócrates. Sé muy bien que por lo comun se piensa de este modo; y por esto Thrasimaco la desecha con desprecio y hace tantos elogios de la injusticia. Mas yo debo de ser un tonto, siendo de otra opinion. Glauc. Ea pues, quiero ver si vos sereis de la mia; oidme. Porque me parece que Thrasimaco, á manera de sierpe , se rindió demasiado presto á los encantos de vuestros discursos. Para mí aún no se ha hecho una demostracion racional de lo uno, ni de lo otro. Yo deseo saber quál es la naturaleza de la justicia y de la injusticia, y qué efectos produce una y otra inmediatamente en el alma, prescindiendo de las recompensas y demas conseqüencias buenas ó malas, que de ellas se siguen. Ved pues lo que voy á hacer, si es que merece vuestra aprobacion. Tomaré de nuevo el discurso de Thrasimaco y diré en primer lugar, qué cosa es la justicia segun ]a opinion comun, y de dónde trae su origen. Haré ver en seguida, que todos los que la practican no la miran como un bien, sino que se sujetan á ella como á una dura necesidad. Por último, mostrare que tienen razon de obrar así, porque la condicion del malo es infinitamente mas ventajosa que la del justo, á lo que comunmente dicen; pues por lo que á mí toca, Sócrates, aún no he tomado partido, porque, tengo desechas las orejas de oir mil discursos semejantes al de Thrasimaco, que yo no sé á qué atenerme. Todavia no he oido á nadie que me próbase como querria, que la justicia es mejor que la injusticia. Quisiera oirla alabar en sí misma y por sí misma, y de vos especialmente es de quien espero este elogio. Á este fin voy á estenderme un poco sobre las ventajas de la condicion del malo; y en mi modo de hablar os mainifestaré la forma que yo querria que adoptaseis en vituperar la injusticia, y celebrar la justicia. Ved pues si os agradan estas condiciones. Sócrates. Sobremanera: porque de qué otro asunto un hombre sensato podria conversar mas amenudo y con mas gusto? Glauc. Teneis mucha razon.
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La República. Coloquio primero
Platón. Diálogos de madurez (385-371) LA REPÚBLICA DE PLATÓN. COLOQUIOS. SOBRE LA JUSTICIA. COLOCUTORES. Sócrates. Cephalo. Polemarco, hijo de Céphalo. Glaucon. hijos de Aristón y Adimanto. hermanos de Platón. Clitophón. Thrasimaco, sofista. COLOQUIO PRIMERO. Sócrates. Baxé ayer al Pireo con Glaucón hijo de Aristón á orar á la Diosa, y justamente con deseo de ver como celebrarian los moradores la fiesta, que hacian ahora por primera vez. Hermosa me pareció la procesion de los naturales; y á mi ver no era ménos lúcida la que formaban los de Tracia. Hecha nuestra oracion y vista la ceremonia, nos volviamos á la ciudad. Pero Polemarco hijo de Céphalo, divisando de léxos, que nos encaminabamos á casa mandó al criado que corriendo nos hiciese aguardar; el qual tirándome por detras de la capa me dixo: Polemarco os ruega que le aguardeis. Volvíme yo y le pregunté, dónde estaba su amo: tras mí viene, dixo; esperadle un momento. le esperarémos pues, replicó Glaucon. De allí a poco llegó Polemarco, y Adimanto hermano de Glaucon, y Necerato hijo e Nicias, y algunos otros que volvían de la pompa. Ó Sócrates, me dixo Polemarco, paréceme que o encaminais á la ciudad? No te parece mal, le dixe yo. Polemarco. Por ventura veis quántos somos nosotros? Sócrates.Sí. Polemarco. Ó poder pues mas que estos, ó quedaros aquí. Sócrates. Todavia hay un medio, que es persuadiros que nos dexeis ir. Polemarco. Cómo podreis persuadirlo, sino queremos oir vuestras razones? Glaucon. De ninguna manera. Polemarco. Resolveos pues, en el supuesto que no las hemos de oir. Adimanto. No sabeis que á la tarde se correrán hachas á caballo en honor a la Diosa? Sócrates. Á caballo? Esto es nuevo. Cómo? correrán á caballo, llevando en la mano hachas que se las darán unos a otros? Polemarco. Sí, y ademas celebrarán la fiesta pannychida, que es digna de verse. Por tanto nos levantarémos en cenando, y verémos esta fiesta nocturna, y encontrarémos allí muchos jóvenes con quienes conversar. Quedaos pues, y no os hagais mas de rogar. Glaucon. Yo veo que es preciso quedarse. Sócrates. Puesto que vos lo queréis, hágase así.
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Fedro
Platón. Diálogos de madurez (385-371) Fedro. Sócrates, Mi querido Fedro, ¿a dónde vas y de dónde vienes? Fedro, Vengo, Sócrates,, de casa de Lisias, hijo de Céfalo, y voy a pasearme fuera de muros; porque he pasado toda la mañana sentado junto a Lisias, y siguiendo el precepto de Acumenos, tu amigo y mío, me paseo por las vías públicas, porque dice que proporcionan mayor recreo y salubridad que las carreras en el gimnasio. Sócrates, Tiene razón, amigo mío; pero Lisias, por lo que veo, estaba en la ciudad. Fedro, Sí, en casa de Epícrates, en esa casa que está próxima al templo de Júpiter Olímpico, la Moriquia. Sócrates, ¿Y cuál fue vuestra conversación? Sin dudar, Lisias te regalaría algún discurso. Fedro, Tú lo sabrás, si no te apura el tiempo, y si me acompañas y me escuchas. Sócrates, ¿Qué dices? ¿no sabes, para hablar como Píndaro, que no hay negocio que yo no abandone por saber lo que ha pasado entre tú y Lisias? Fedro, Pues adelante. Sócrates, Habla pues. Fedro, En verdad, Sócrates,, el negocio te afecta, porque el discurso, que nos ocupó por tan largo espacio, no sé por qué casualidad rodó sobre el amor. Lisias supone un hermoso joven, solicitado, no por un hombre enamorado, sino, y esto es lo más sorprendente, por un hombre sin amor, y sostiene que debe conceder sus amores más bien al que no ama, que al que ama. Sócrates, ¡Oh! es muy amable. Debió sostener igualmente que es preciso tener mayor complacencia con la pobreza que con la riqueza, con la ancianidad que con la juventud, y lo mismo con todas las desventajas que tengo yo y tienen muchos otros. Sería esta una idea magnífica y prestaría un servicio a los intereses populares. Así es que yo ardo en deseos de escucharte, y ya puedes alargar tu paseo hasta Megara, y, conforme al método de Heródicos, volver de nuevo después de tocar los muros de Atenas, que yo no te abandonaré.
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Gorgias
Platón. Diálogos de transición (388-385) Gorgias, o de la retórica. Interlocutores, CALLICLES, SÓCRATES, CHAIREFON, GORGIAS, POLOS. CALLICLES.- Dícese, Sócrates, que en la guerra y en el combate es donde hay que encontrarse a tiempo. SÓCRATES.- ¿Venimos entonces, según se dice, a la fiesta y retrasados? CALLICLES.- Sí, y a una fiesta deliciosa, porque Gorgias nos ha dicho hace un momento una infinidad de cosas a cuál más bella. SÓCRATES.- Chairefon, a quien aquí ves, es el causante de este retraso, Callicles; nos obligó a detenernos en la plaza. CHAIREFON.- Nada malo hay en ello, Sócrates; en todo caso remediaré mi culpa. Gorgias es amigo mío, y nos repetirá las mismas cosas que acaba de decir, si quieres, y si lo prefieres lo dejará para otra vez. CALLICLES.- ¿Qué dices, Chairefon? ¿No tiene Sócrates deseos de escuchar a Gorgias? CHAIREFON.- A esto expresamente hemos venido. CALLICLES.- Si queréis ir conmigo a mi casa, donde se aloja Gorgias, os expondrá su doctrina. SÓCRATES.- Te quedo muy reconocido, Callicles, pero ¿tendrá ganas de conversar con nosotros? Quisiera oír de sus labios qué virtud tiene el arte que profesa, qué es lo que promete y qué enseña. Lo demás lo expondrá, como dices, otro día. CALLICLES.- Lo mejor será interrogarle, porque este tema es uno de los que acaba de tratar con nosotros. Decía hace un momento a todos los allí presentes que le interrogaran acerca de la materia que les placiera, alardeando de poder contestar a todas.
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Fedón
Platón. Diálogos de transición (388- 385) Fedón, o de la inmortalidad del alma. INTERLOCUTORES, ECHECRATES. FEDÓN. SÓCRATES. APOLODOROS. CEBES. SIMMIAS. CRITÓN. FEDÓN. XANTIPA, esposa de Sócrates. SIRVIENTE DE LOS ONCE. ECHECRATES.- Dime, Fedón, ¿estuviste tú mismo con Sócrates cuando en la prisión bebió la cicuta, o lo que sabes de sus últimas horas te lo refirió alguien? FEDÓN.- Estuve yo mismo. ECHECRATES.- ¿Qué dijo Sócrates antes de morir y cómo murió? Me agradaría saberlo, porque no hay hoy día un fliasio que esté en relación con Atenas y desde hace mucho tiempo no ha venido nadie de Atenas que nos haya podido dar más informes de este asunto sino que Sócrates murió después de beber la cicuta. Más, no hemos sabido. FEDÓN.- ¿Entonces ignoras cómo instruyeron su proceso? ECHECRATES.- Esto sí; alguien nos dijo, y nos extrañamos mucho, que Sócrates no murió hasta mucho tiempo después de pronunciada la sentencia. ¿A qué se debió esto, Fedón? FEDÓN.- A una casualidad: la víspera del juicio habían coronado la popa de la embarcación que los atenienses envían todos los años a Delos. ECHECRATES.- ¿Qué barco es ése? FEDÓN.- Si hay que dar crédito a los atenienses es el mismo en el que Teseo embarcó con los siete mancebos y las siete doncellas que llevó a Creta y que salvó al salvarse a sí mismo. Se cuenta que los atenienses hicieron un voto a Apolo si sus hijos se libraban del peligro de mandar todos los años una teoría a Delos y lo cumplen siempre desde aquella fecha. En cuanto empieza la teoría, ordena una ley que se purifique la ciudad y se prohíbe dar muerte a ningún condenado mientras el barco no haya llegado a Delos y regresado a Atenas, y algunas veces tarda mucho tiempo en el viaje cuando lo cogen vientos contrarios. La teoría empieza cuando el sacerdote de Apolo corona la popa de la embarcación y, como te digo, esto ocurrió precisamente la víspera del juicio de Sócrates. Por esto permaneció tanto tiempo en la prisión entre su condena y su muerte.
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Eutidemo
Platón. Diálogos de transición (388-385) Eutidemo, o el disputador. Critón: Sócrates, ¿quién era aquel hombre con quien disputabas ayer en el liceo? Me aproximé cuanto pude para oíros, pero la apretura de la gente que os rodeaba, era tanta, que no pude entender nada. Me empiné entonces sobre las puntas de los pies, y me pareció que la persona con quien hablabas, era un extranjero: ¿quién es? Sócrates: ¿De quién quieres hablar? Critón. Porque allí había más de un extranjero; eran dos. Critón: Te pregunto por aquel que estaba sentado el tercero a tu derecha; el hijo de Axioco estaba entre vosotros dos. Advertí que ha crecido bastante, y que es poco más o menos de la misma edad que mi hijo Critóbulo; pero éste es de constitución delicada, mientras el otro es más robusto y de mejores formas. Sócrates: Ese por quien preguntas se llama Eutidemo. Su hermano, que se llama Dionisodoro, estaba a mi izquierda, y también tomaba parte en la conversación. Critón: Ni a uno ni a otro conozco, Sócrates. Sócrates: Al parecer son de los nuevos sofistas. Critón: ¿De qué país son y qué ciencia profesan? Sócrates: Creo que son de la isla de Cos, y fueron a establecerse a Turto; pero huyeron de allí y andan rodando por esta tierra hace algunos años. Con respecto a su ciencia, te aseguro, Critón, que es una maravilla, porque todo lo saben. Yo ignoraba lo que son los atletas consumados; pero aquí tienes estos, que conocen toda clase de luchas, no como los hermanos Acarnanienses, que sólo sobresalen en los ejercicios del cuerpo, sino que éstos, por el pronto, son notables en este género, y combaten hasta el punto de vencer a todos sus adversarios; pero además saben servirse de toda clase de armas, y por el dinero enseñan a todo el mundo a manejarlas, y más aún, son invencibles en materia jurídica, y enseñan a abogar y a componer defensas forenses. Hasta ahora sólo eran hábiles en estas cosas, pero hoy poseen ya el secreto de toda clase de luchas, y hasta han inventado una nueva, en la que no hay quien sea capaz de resistirles, y dígase lo que quiera, ellos saben combatirlo todo igualmente, sea verdadero o falso. Así es, Critón, que estoy resuelto a ponerme en sus manos; porque prometen hacer a cualquiera, en muy poco tiempo, tan sabio en su arte, como lo son ellos mismos.
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El banquete
Platón. Diálogos de transición (388-385) El banquete, o del amor. INTERLOCUTORES, APOLODOROS. EL AMIGO DE APOLODOROS. SÓCRATES. AGATÓN. PHAIDROS. PAUSANIAS. ERYXIMACOS. ARISTÓFANES. ALCIBÍADES. APOLODOROS.- Creo que estoy bastante bien preparado para narraros lo que me pedís, porque últimamente cuando desde mi casa de Faleron regresaba a la ciudad, me vio un conocido mío que iba detrás de mí y me llamó desde lejos y bromeando: ¡Hombre de Faleron, Apolodoros! ¿No puedes acortar el paso? -Me detuve y lo esperé-. Apolodoros, me dijo, te buscaba precisamente. Quería preguntarte lo que pasó en la casa de Agatón el día en que cenaron allí Sócrates, Alcibíades y algunos otros. Se dice que toda la conversación versó sobre el Amor. Algo de ello he sabido por un hombre al que Phoinix, el hijo de Philippo, refirió parte de los discursos, pero este hombre no pudo darme detalles de la conversación; sólo me dijo que tú estabas bien enterado de todo. Cuéntame, pues; después de todo es deber tuyo dar a conocer lo que ha dicho tu amigo, pero dime antes si estuviste presente en aquella conversación. -Me parece muy natural, le respondí, que ese hombre no te haya dicho nada preciso, porque estás hablando de esta conversación como de una cosa acaecida hace poco y como si yo hubiera podido estar presente-. Sí que lo creía. -¿Cómo, le dije, no sabes, Glauco, que hace ya unos años que Agatón no ha puesto los pies en Atenas? De mí puedo decirte que no hace todavía tres que frecuento a Sócrates y que me dedico a estudiar diariamente sus palabras y todas sus acciones. Antes de este tiempo iba errante de un sitio a otro y creyendo llevar una vida razonable era el más desgraciado de los hombres. Me imaginaba, como tú ahora, que lo último de que uno tenía que ocuparse era de la filosofía. -Vamos, déjate de burlas y dime cuándo fue esa conversación-. Tú y yo éramos muy jóvenes; fue en el tiempo en que Agatón alcanzó el premio con su primera tragedia y al día siguiente del que, en honor de su victoria, sacrificó a los dioses rodeado de sus coristas. -Hablas de algo ya lejano, me parece; pero ¿de quién tienes todo lo que sabes? ¿Del mismo Sócrates? -¡No, por Júpiter!, le contesté, de un tal Aristodemos de Kydaethenes, un hombrecito que siempre va descalzo. Ése estuvo presente, y si no estoy equivocado era entonces uno de los más fervientes admiradores de Sócrates. Algunas veces he interrogado a Sócrates acerca de algunas cosas que había oído a este Aristodemos y lo que ambos me dijeron fue siempre lo mismo. -¿Por qué tardas tanto en referirme la conversación? ¿En qué podríamos emplear mejor el camino que nos queda hasta Atenas? -Consentí y durante todo el trayecto fuimos hablando de esto. Por lo cual, como te he dicho hace un momento, estoy bastante bien preparado y cuando queráis podréis oír mi narración. Debo deciros que además de lo provechoso que es hablar u oír hablar de filosofía, no hay nada en el mundo en lo que con más gusto tome parte; en cambio me muero de fastidio cuando os oigo a vosotros, los que tenéis dinero, hablar de vuestros intereses. Deploro vuestra ceguedad y la de vuestros amigos, porque creéis hacer maravillas y no hacéis nada bueno. Es probable que vosotros por vuestra parte me tengáis mucha lástima y me parece que tenéis razón, pero yo no creo que se os haya de compadecer, sino que se os compadece ya.
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Apología de Sócrates
Platón. Diálogos de juventud (393-389) Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis acusadores. Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad. Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un discurso. Por esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en mi defensa emplee términos y maneras comunes, los mismos de que me he servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años. Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.
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Primer Alcibíades
Platón. Diálogos de juventud (393 - 389) El primer Alcibíades, o de la naturaleza humana. Sócrates: Hijo de Clinias, estarás sorprendido de ver, que habiendo sido yo el primero a amarte, sea ahora el último en dejarte; que después de haberte abandonado mis rivales, permanezca yo fiel; y en fin, que teniéndote los demás como sitiado con sus amorosos obsequios, sólo yo haya estado sin hablarte por espacio de tantos años. No ha sido ningún miramiento humano el que me ha sugerido esta conducta, sino una consideración por entero divina, que te explicaré más adelante. Ahora que el Dios no me lo impide, me apresuro a comunicarme contigo, y espero que nuestra relación no te ha de ser desagradable para lo sucesivo. En todo el tiempo que ha durado mi silencio, no he cesado de mirar y juzgar la conducta que has observado con mis rivales; entre el gran número de hombres orgullosos que se han mostrado adictos a ti, no hay uno que no hayas rechazado con tus desdenes, y quiero explicarte la causa de este tu desprecio para con ellos. Tú crees no necesitar de nadie, tan generosa y liberal ha sido contigo la naturaleza, comenzando por el cuerpo y concluyendo con el alma. En primer lugar te crees el más hermoso y más bien formado de todos los hombres, y en este punto basta verte para decir que no te engañas. En segundo lugar, tú te crees pertenecer a una de las más ilustres familias de Atenas, Atenas que es la ciudad de mayor consideración entre las demás ciudades griegas. Por tu padre cuentas con numerosos y poderosos amigos, que te apoyarán en cualquier lance, y no los tienes menos poderosos por tu madre. Pero a tus ojos el principal apoyo es Pericles, hijo de Xantippo, que tu padre dio por tutor a tu hermano y a ti, y cuya autoridad es tan grande, que hace todo lo que quiere, no sólo en esta ciudad, sino en toda la Grecia y en las demás naciones extranjeras. Podría hablar también de tus riquezas, si no supiera que en este punto no eres orgulloso. Todas estas grandes ventajas te han inspirado tanta vanidad, que has despreciado a todos tus amantes, como hombres demasiado inferiores a ti, y así ha resultado que todos se han retirado; tú lo has llegado a conocer, y estoy muy seguro de que te sorprende verme persistir en mi pasión, y que quieres averiguar qué esperanza he podido conservar para seguirte sólo después que todos mis rivales te han abandonado.
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Lisis
Platón. Diálogos de juventud (393 - 389) Lisis, o de la amistad. Sócrates: Iba de la Academia al Liceo por el camino de las afueras a lo largo de las murallas, cuando al llegar cerca de la puerta pequeña que se encuentra en el origen del Panopo, encontré a Hipotales, hijo de Hierónimo, y a Ctesipo del pueblo de Peanea, en medio de un grupo numeroso de jóvenes. Hipotales, que me había visto venir, me dijo: —¿A dónde vas, Sócrates, y de dónde vienes? —Vengo derecho, le dije, de la Academia al Liceo. —¿No puedes venir con nosotros, dijo, y desistir de tu proyecto? La cosa, sin embargo, vale la pena. —¿A dónde y con quién quieres que vaya? le respondí. —Aquí, dijo, designándome frente a la muralla un recinto, cuya puerta estaba abierta. Allá vamos gran número de jóvenes escogidos, para entregarnos a varios ejercicios. —Pero ¿qué recinto es ese, y de qué ejercicios me hablas? —Es una palestra, me respondió, en un edificio recién construido, donde nos ejercitamos la mayor parte del tiempo pronunciando discursos, en los que tendríamos un placer que tomaras parte. —Muy bien, le dije, pero ¿quién es el maestro? —Es uno de tus amigos y de tus partidarios, dijo, es Miccos. —¡Por Júpiter! ¡no es un necio; es un hábil sofista! —¡Y bien! ¿quieres seguirme y ver la gente que está allí dentro? —Sí, pero quisiera saber lo que allí tengo de hacer, y cuál es el joven más hermoso de los que allí se encuentran. —Cada uno de nosotros, Sócrates, tiene su gusto, me dijo: —Pero tú, Hipotales, dime, ¿cuál es tu inclinación?
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Laques
Platón. Diálogos de juventud (393-389) Laques, o del valor. Lisímaco: Hola, Nicias y Laques, ¿habéis visto a ese hombre armado, que acaba de trabajar en la esgrima? Cuando Melesías y yo os suplicamos que vinieseis a ver este espectáculo, no os dijimos las razones que nos movían para ello: pero os las vamos a decir ahora, en la persuasión de que podemos hablaros con toda confianza. La mayor parte de las gentes se mofan de esta clase de ejercicios, y cuando se les pide consejo, lejos de manifestar su pensamiento, sólo tratan de adivinar el gusto de los que les consultan, y hablan siempre contra su propia opinión. Respecto a vosotros, sabemos que a una extrema sinceridad unís una capacidad muy grande, y por lo mismo esperamos que diréis ingenuamente lo que pensáis sobre lo que tenemos que comunicaros. He aquí a lo que viene a parar todo este preámbulo. Cada uno de nosotros tiene un hijo; helos aquí presentes: éste, hijo de Melesías, lleva el nombre de su abuelo, y se llama Tucídides; aquél, que es el mío, tiene el nombre de mi padre y se llama Arístides como él. Hemos resuelto procurar su mejor educación, y no hacer lo que acostumbran los más de los padres, que desde que sus hijos entran en adolescencia los dejan vivir a su libertad y capricho. Nuestra intención es vigilarlos con el mayor esmero, sin perderlos de vista; y como vosotros tenéis también hijos, hemos creído que, cual ninguno, habréis pensado en los medios de hacerlos muy virtuosos; y si esta idea no os ha ocupado seriamente, por ser vuestros hijos demasiado tiernos, hemos creído que llevareis muy a bien este recuerdo sobre un negocio que no debe aplazarse, y que conviene que deliberemos aquí, todos juntos, sobre la educación que debemos darles.
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Ion (Platón)
Platón. Diálogos de juventud (393 - 389) Ion, o de la poesía. Sócrates: ¡Júpiter te salve! Ion. ¿De dónde vienes hoy? ¿De tu casa de Efeso? Ion: Nada de eso, Sócrates; vengo de Epidauro y de los juegos de Esculapio. Sócrates: ¿Los de Epidauro han instituido en honor de su Dios un combate de rapsodistas? Ion: Así es, y de todas las demás partes de la música. Sócrates: Y bien, ¿has diputado el premio? ¿cómo has salido? Ion: He conseguido el primer premio, Sócrates. Sócrates: Me alegro y animo, porque es preciso tratar de salir vencedor también en las fiestas Panateneas. Ion: Así lo espero, si Dios quiere. Sócrates: Muchas veces, mi querido Ion, os he tenido envidia a los que sois rapsodistas, a causa de vuestra profesión. Es, en efecto, materia de envidia la ventaja que ofrece el veros aparecer siempre ricamente vestidos en los más espléndidos saraos, y al mismo tiempo el veros precisados a hacer un estudio continuo de una multitud de excelentes poetas, principalmente de Homero, el más grande y más divino de todos, y no sólo aprender los versos, sino también penetrar su sentido. Porque jamás será buen rapsodista el que no tenga conocimiento de las palabras del poeta, puesto que para los que le escuchan, es el intérprete del pensamiento de aquél; función que le es imposible desempeñar, si no sabe lo que el poeta ha querido decir. Y, todo esto es muy de envidiar.
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Eutifrón
Platón. Diálogos de juventud (393-389) Eutifrón, o de la santidad. Eutifrón: ¿Qué novedad, Sócrates? ¿Abandonas tus hábitos del Liceo para venir al pórtico del Rey? Tú no tienes, como yo, procesos que te traigan a aquí. Sócrates: Lo que me trae aquí es peor que un proceso, es lo que los atenienses llaman negocio de Estado. Eutifrón: ¿Qué es lo que me dices? Precisamente alguno te acusa; porque jamás creeré que tú acuses a nadie. Sócrates: Seguramente que no. Eutifrón: ¿Es otro el que te acusa? Sócrates: Sí. Eutifrón: ¿Y quién es tu acusador? Sócrates: Yo no le conozco bien; me parece ser un joven, que no es conocido aún, y que creo se llama Melito, de la villa de Pithos. Si recuerdas algún Melito de Pithos de pelo laso, barba escasa y nariz aguileña ese es mi acusador. Eutifrón: No le recuerdo, Sócrates. ¿Pero cuál es la acusación que intenta contra ti? Sócrates: ¿Qué acusación? Una acusación que supone no ser un hombre ordinario; porque en los pocos años que cuenta no es poco estar instruido en materias tan importantes. Dice que sabe lo que hoy día se trabaja para corromper la juventud, y que sabe quiénes son los corruptores. Sin duda este joven es mozo muy entendido, que habiendo conocido mi ignorancia viene a acusarme de que corrompo sus compañeros y me arrastra ante el tribunal de la patria como madre común. Y es preciso confesarlo; es el único que me parece conocer los fundamentos de una buena política; porque la razón quiere que un hombre de Estado comience siempre por la educación de la juventud, para hacerla tan virtuosa cuanto pueda serlo; a la manera que un buen jardinero fija su principal cuidado en las plantas tiernas, para después extenderlo a las demás. Sin duda Melito observa la misma conducta, y comienza por echarnos fuera a nosotros, los que dice que corrompemos la flor de la juventud. Y después que lo haya conseguido extenderá indudablemente sus cuidados benéficos a las demás plantas más crecidas, y de esta manera hará a su patria los más grandes y numerosos servicios; porque no podemos prometernos menos de un hombre que comienza con tan favorables auspicios.
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2
Critón
Platón. Diálogos de juventud (393-389) Critón, o del deber. Sócrates: ¿Cómo vienes tan temprano, Critón? ¿No es aún muy de madrugada? Critón: Es cierto. Sócrates: ¿Qué hora puede ser? Critón: Acaba de romper el día. Sócrates: Extraño que el alcaide te haya dejado entrar. Critón: Es hombre con quien llevo alguna relación; me ha visto aquí muchas veces, y me debe algunas atenciones. Sócrates: ¿Acabas de llegar, o hace tiempo que has venido? Critón: Ya hace algún tiempo. Sócrates: ¿Por qué has estado sentado cerca de mí sin decirme nada, en lugar de despertarme en el acto que llegaste?
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Cármides
Platón, Diálogos de juventud (393-389) Cármides, o de la sabiduría. Sócrates: Habiendo llegado la víspera de la llegada del ejército de Potidea, tuve singular placer, después de tan larga ausencia, en volver a ver los sitios que habitualmente frecuentaba. Entré en la palestra de Taureas, frente por frente del templo del Pórtico real, y encontré allí una numerosa reunión, compuesta de gente conocida y desconocida. Desde que me vieron, como no me esperaban, todos me saludaron de lejos.
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ABOUT THIS SHOW
Arístocles de Atenas, apodado Platón (?????? = «el de anchas espaldas»), nace, probablemente, el año 428-427 a.n.e. en Atenas, o quizás en Aegina. Pertenecía a una familia noble. Su padre, Aristón, se proclamaba descendiente del rey Codro, el último rey de Atenas. Su madre Períctiona, descendía de la familia de Solón, el antiguo legislador griego. Era además hermana de Cármides y prima de Critias, dos de los treinta tiranos que protagonizaron un golpe de estado oligárquico el año 404. Platón tuvo dos hermanos, Glaucón y Adimanto, y una hermana, Potone. A la muerte de Aristón, Períctina se casó con su tío Pirilampo, amigo y partidario prominente de Pericles, con quien tuvo otro hijo, Antifón.
HOSTED BY
John Zerzan
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