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EPISODE · Jun 11, 2026 · 26 MIN

El faro del fin del mundo

from Relatia Podcast · host Relatia.es

El viento del sur soplaba con una furia que parecía querer arrancar las piedras de la costa. Tomás Iribarne, de apenas trece años, subió los ciento veintidós escalones de la torre del faro como hacía cada atardecer desde que su abuelo Esteban había caído enfermo. Cada peldaño crujía bajo sus botas gastadas, y el eco de sus pasos se mezclaba con el aullido del viento que se colaba por las grietas de la vieja construcción de piedra. Al llegar a la cima, contempló el horizonte: una línea gris donde el cielo y el mar se confundían en una masa tormentosa. El faro del cabo Desolación era el último bastión de luz antes de que la nada se tragara el mundo, y mantenerlo encendido era ahora su responsabilidad. Hacía apenas tres semanas que el abuelo Esteban había muerto, llevándose consigo sesenta años de historias sobre naufragios, tormentas y barcos fantasma. Tomás recordaba sus últimas palabras con una claridad dolorosa: «El faro es más que una luz, muchacho. Es una promesa. Mientras arda, ningún marinero estará solo en la oscuridad.» Esas palabras se habían convertido en el credo de Tomás, en la razón por la que cada noche, sin falta, subía a encender la gran lámpara de aceite que giraba sobre su mecanismo de relojería, lanzando su resplandor rotatorio sobre las aguas negras del estrecho. La casa del farero se encontraba al pie de la torre, una construcción baja de paredes gruesas que resistía los embates del clima patagónico. Dentro, el fuego crepitaba en la chimenea de piedra, y el perro de Tomás, un ovejero llamado Capitán, dormitaba sobre una manta raída junto al hogar. La casa olía a leña de calafate, a sopa de pescado y a la soledad particular de los lugares donde el viento nunca cesa. Tomás vivía solo desde la muerte de su abuelo; su madre había fallecido cuando él era pequeño, y su padre, un marinero mercante, había desaparecido en alta mar años atrás. El gobierno enviaba provisiones cada dos meses en un barco de suministros, pero entre visita y visita, Tomás era el único ser humano en kilómetros a la redonda. Aquella tarde, mientras preparaba la mecha de la lámpara, Tomás notó algo extraño en el mar. Una forma oscura flotaba entre las olas, demasiado grande para ser un tronco y demasiado pequeña para ser una embarcación. Agarró el catalejo de bronce que había pertenecido a su abuelo y enfocó la lente hacia el objeto. El corazón le dio un vuelco: era un hombre, aferrado a un tablón de madera, mecido por las olas como un muñeco de trapo. Sin pensarlo dos veces, Tomás bajó la escalera a toda velocidad, se echó una cuerda al hombro y corrió hacia la playa de guijarros donde rompían las olas. El agua estaba helada, tan fría que quemaba la piel como fuego líquido. Tomás se metió hasta la cintura, luchando contra la corriente que intentaba derribarlo, y lanzó la cuerda hacia el náufrago. Al tercer intento logró enlazar el tablón, y con un esfuerzo que le arrancó un grito de dolor, arrastró al hombre hasta la orilla. Era un hombre de unos cuarenta años, con barba crecida, la ropa hecha jirones y una herida profunda en la frente que sangraba abundantemente. Estaba inconsciente pero respiraba, y Tomás, con la fuerza que dan la urgencia y la juventud, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó hasta la casa del faro. Durante horas, Tomás cuidó al desconocido junto al fuego. Le quitó la ropa mojada, lo envolvió en mantas de lana, limpió y vendó su herida con los rudimentarios conocimientos médicos que su abuelo le había enseñado. Capitán olisqueaba al extraño con desconfianza, gruñendo suavemente cada vez que el hombre se movía en su inconsciencia. Entrada la madrugada, cuando Tomás ya cabeceaba de cansancio sentado en su silla, el náufrago abrió los ojos. Eran ojos oscuros, profundos, con una intensidad que hizo que Tomás retrocediera instintivamente.

El viento del sur soplaba con una furia que parecía querer arrancar las piedras de la costa. Tomás Iribarne, de apenas trece años, subió los ciento veintidós escalones de la torre del faro como hacía cada atardecer desde que su abuelo Esteban había caído enfermo. Cada peldaño crujía bajo sus botas gastadas, y el eco de sus pasos se mezclaba con el aullido del viento que se colaba por las grietas de la vieja construcción de piedra. Al llegar a la cima, contempló el horizonte: una línea gris donde el cielo y el mar se confundían en una masa tormentosa. El faro del cabo Desolación era el último bastión de luz antes de que la nada se tragara el mundo, y mantenerlo encendido era ahora su responsabilidad. Hacía apenas tres semanas que el abuelo Esteban había muerto, llevándose consigo sesenta años de historias sobre naufragios, tormentas y barcos fantasma. Tomás recordaba sus últimas palabras con una claridad dolorosa: «El faro es más que una luz, muchacho. Es una promesa. Mientras arda, ningún marinero estará solo en la oscuridad.» Esas palabras se habían convertido en el credo de Tomás, en la razón por la que cada noche, sin falta, subía a encender la gran lámpara de aceite que giraba sobre su mecanismo de relojería, lanzando su resplandor rotatorio sobre las aguas negras del estrecho. La casa del farero se encontraba al pie de la torre, una construcción baja de paredes gruesas que resistía los embates del clima patagónico. Dentro, el fuego crepitaba en la chimenea de piedra, y el perro de Tomás, un ovejero llamado Capitán, dormitaba sobre una manta raída junto al hogar. La casa olía a leña de calafate, a sopa de pescado y a la soledad particular de los lugares donde el viento nunca cesa. Tomás vivía solo desde la muerte de su abuelo; su madre había fallecido cuando él era pequeño, y su padre, un marinero mercante, había desaparecido en alta mar años atrás. El gobierno enviaba provisiones cada dos meses en un barco de suministros, pero entre visita y visita, Tomás era el único ser humano en kilómetros a la redonda. Aquella tarde, mientras preparaba la mecha de la lámpara, Tomás notó algo extraño en el mar. Una forma oscura flotaba entre las olas, demasiado grande para ser un tronco y demasiado pequeña para ser una embarcación. Agarró el catalejo de bronce que había pertenecido a su abuelo y enfocó la lente hacia el objeto. El corazón le dio un vuelco: era un hombre, aferrado a un tablón de madera, mecido por las olas como un muñeco de trapo. Sin pensarlo dos veces, Tomás bajó la escalera a toda velocidad, se echó una cuerda al hombro y corrió hacia la playa de guijarros donde rompían las olas. El agua estaba helada, tan fría que quemaba la piel como fuego líquido. Tomás se metió hasta la cintura, luchando contra la corriente que intentaba derribarlo, y lanzó la cuerda hacia el náufrago. Al tercer intento logró enlazar el tablón, y con un esfuerzo que le arrancó un grito de dolor, arrastró al hombre hasta la orilla. Era un hombre de unos cuarenta años, con barba crecida, la ropa hecha jirones y una herida profunda en la frente que sangraba abundantemente. Estaba inconsciente pero respiraba, y Tomás, con la fuerza que dan la urgencia y la juventud, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó hasta la casa del faro. Durante horas, Tomás cuidó al desconocido junto al fuego. Le quitó la ropa mojada, lo envolvió en mantas de lana, limpió y vendó su herida con los rudimentarios conocimientos médicos que su abuelo le había enseñado. Capitán olisqueaba al extraño con desconfianza, gruñendo suavemente cada vez que el hombre se movía en su inconsciencia. Entrada la madrugada, cuando Tomás ya cabeceaba de cansancio sentado en su silla, el náufrago abrió los ojos. Eran ojos oscuros, profundos, con una intensidad que hizo que Tomás retrocediera instintivamente.

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El faro del fin del mundo

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That Hoarder: Overcome Compulsive Hoarding That Hoarder Hoarding disorder is stigmatised and people who hoard feel vast amounts of shame. This podcast began life as an audio diary, an anonymous outlet for somebody with this weird condition. That Hoarder speaks about her experiences living with compulsive hoarding, she interviews therapists, academics, researchers, children of hoarders, professional organisers and influencers, and she shares insight and tips for others with the problem. Listened to by people who hoard as well as those who love them and those who work with them, Overcome Compulsive Hoarding with That Hoarder aims to shatter the stigma, share the truth and speak openly and honestly to improve lives. The Small Business Startup School – Business Notes | Financial Literacy | Retail Psychology – For Professionals & Entrepreneurs The Small Business Startup School Inc. Starting or buying a small business? While personal circumstances may vary, business patterns remain timeless. On The Small Business Startup School, we explore strategies, insights, and practical solutions to help entrepreneurs confidently navigate their journey.Hosted by Ola Williams—a retail entrepreneur, fintech founder, and financial coach with over two decades of experience—this podcast marries financial awareness and retail psychology with optimism to deliver actionable takeaways.Join us to learn, grow, and connect as we uncover the keys to business success.Let’s continue to learn together and be encouraged to keep on connecting! DIOSA. Carolina Sanper This podcast is a sacred space created by Carolina Sanper where you connect with your inner wisdom and embody your magnetic feminine power.It is the realization that the mystical realm is where you plant the seeds of your desired reality.It is a portal to your true essence: awareness, presence, and receiving with ease. Welcome home, DIOSA. 🖤 XXX Tech by SOVRYN Dr. Brian Sovryn The crossroads between technology, sensuality, and metaphysics - and the longest running anarchist podcast in the world! Brought to you by Dr. Brian Sovryn.

Frequently Asked Questions

How long is this episode of Relatia Podcast?

This episode is 26 minutes long.

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This episode was published on June 11, 2026.

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El viento del sur soplaba con una furia que parecía querer arrancar las piedras de la costa. Tomás Iribarne, de apenas trece años, subió los ciento veintidós escalones de la torre del faro como hacía cada atardecer desde que su abuelo Esteban había...

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