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Relatia Podcast

Relatia.es es la plataforma donde los jóvenes escritores dan vida a sus historias. En este podcast escucharás cuentos originales creados por estudiantes de todas las edades: aventuras, fantasía, misterio y mucho más. Cada episodio es un cuento completo o un capítulo narrado, nacido de la creatividad y el trabajo colaborativo en el aula. Descubre el talento de la próxima generación de escritores. Ideal para familias, educadores y amantes de la literatura infantil y juvenil.

  1. 52

    El club de los inventores

    Todo empezó el día que a Sofía se le rompió la cremallera del abrigo. Puede parecer un comienzo poco emocionante para una aventura, pero es que Sofía no era una niña corriente. Tenía siete años, unas gafas redondas que siempre se le resbalaban hasta la punta de la nariz y una forma de mirar las cosas rotas que habría dejado boquiabierto a cualquier ingeniero: en vez de tirarlas a la basura, las veía como oportunidades. Así que cuando la cremallera de su abrigo se atascó a la mitad, en vez de llorar o pedirle a su madre que se lo arreglara, dijo: «Necesito inventar una cremallera mejor». Su abuela Rosa, que vivía en la casa de al lado y tenía un garaje lleno de cachivaches que llevaba acumulando desde antes de que Sofía naciera, le ofreció el espacio. «Puedes usar el garaje para lo que quieras, bichito», le dijo con esa sonrisa arrugada que olía a galletas recién hechas. «Pero si haces explotar algo, avísame antes para que saque al gato». El garaje de la abuela Rosa era un tesoro: había cajas de herramientas oxidadas, motores de electrodomésticos que ya no funcionaban, carretes de alambre, tablones de madera, ruedas de bicicleta sin bicicleta, una colección de botones de todos los tamaños y colores, y un paraguas roto que llevaba allí desde 1987. Sofía llamó a sus tres mejores amigos para contarles el plan. Marcos llegó primero, corriendo desde su casa con un destornillador en el bolsillo y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Marcos tenía ocho años, era el mayor del grupo y se definía a sí mismo como «experto en desmontar cosas». Lo de volver a montarlas era otra historia: su habitación estaba llena de aparatos a medio desmontar que habían dejado de funcionar, pero eso a Marcos no le preocupaba. «Desmontar es investigar», decía siempre. «Montar es solo poner las piezas en su sitio». Después llegó Lina, la vecina de enfrente, que tenía seis años y medio y era la más pequeña del grupo pero también la más imaginativa. Lina veía posibilidades donde otros veían basura: un rollo de cartón del papel higiénico era un telescopio, una caja de zapatos era una casa para ratones astronautas, y una goma elástica era un sistema de propulsión. Tenía el pelo rizado y rebelde recogido en dos coletas que se movían como antenas cuando caminaba, y siempre llevaba un rotulador morado en el bolsillo «para apuntar ideas urgentes». El último en llegar fue Beto, que vivía tres casas más allá y era conocido en el barrio por dos cosas: su colección de enciclopedias infantiles, que leía con la pasión con que otros niños leían cómics, y su tendencia a explicar datos científicos en los momentos más inoportunos. Beto tenía siete años, usaba siempre una bata blanca de juguete que su madre le había comprado en una tienda de disfraces, y se presentaba como «científico en prácticas». Su frase favorita era «técnicamente hablando», que utilizaba al menos quince veces al día. Reunidos en el garaje de la abuela Rosa, con un tablón sobre dos cajas de herramientas como mesa de trabajo y un cartel hecho con rotuladores que decía «CLUB DE LOS INVENTORES – Solo se aceptan ideas locas», los cuatro amigos celebraron su primera reunión oficial. Sofía, que era la presidenta porque había sido su idea y porque era la que tenía acceso al garaje, expuso el plan: «Vamos a inventar cosas que ayuden al barrio. Máquinas, artilugios, lo que sea. Cada semana, un invento nuevo. ¿Quién se apunta?». Marcos levantó el destornillador. Lina levantó el rotulador morado. Beto levantó un dedo índice y dijo: «Técnicamente hablando, los grandes inventores de la historia fracasaron cientos de veces antes de conseguir algo útil. Así que estamos en buena compañía». Y así, sin más ceremonia que un grito de «¡Inventores, al ataque!» y un choque de manos que casi tira el cartel, el Club de los Inventores comenzó su andadura. Su primer invento fue, por supuesto, la Super Cremallera.

  2. 51

    El circo de las sombras

    Nadie recordaba cuándo había llegado el circo. Esa era la primera anomalía, aunque ninguno de los habitantes de Villaumbra pareció notarla. Un día simplemente estaba allí, instalado en el descampado detrás del cementerio viejo, con sus carpas de lona negra ribeteada en plata que ondeaban con una brisa que nadie más sentía. No había carteles anunciando su llegada, ni camiones de mudanza aparcados en las cunetas, ni el habitual bullicio de montaje que acompaña a cualquier espectáculo itinerante. El Circo de las Sombras había aparecido como aparecen las pesadillas: sin aviso, sin lógica, ya presente cuando abres los ojos. Marina fue la primera en darse cuenta de que algo no encajaba. Tenía dieciséis años, el pelo negro cortado a la altura de la mandíbula y una costumbre que sus amigos consideraban entre irritante y admirable: lo cuestionaba todo. Aquella tarde de julio, mientras volvía del entrenamiento de natación con la mochila al hombro y el pelo aún húmedo, vio las carpas por primera vez y se detuvo en seco. No fue la visión del circo lo que la inquietó —los circos llegan a los pueblos pequeños con cierta regularidad—, sino la reacción de la gente a su alrededor. Los vecinos pasaban junto a las carpas con una expresión beatífica, como sonámbulos con los ojos abiertos, y todos decían lo mismo: «¿No es maravilloso? Llevaba esperándolo toda la vida». Pero cuando Marina les preguntaba cuándo habían visto los carteles del circo o quién les había hablado de él, se quedaban en blanco, con la sonrisa congelada, y repetían: «Siempre ha estado ahí». Llamó a sus tres mejores amigos desde el banco que había frente a la farmacia. Hugo llegó primero, pedaleando furiosamente en su bicicleta oxidada, con su eterna camiseta de una banda que nadie más conocía y las gafas torcidas sobre la nariz pecosa. Después apareció Nerea, caminando desde la biblioteca con tres libros bajo el brazo y la expresión concentrada de quien está resolviendo un problema matemático incluso mientras cruza la calle. Por último llegó Dani, el más alto y el más callado de los cuatro, que se limitó a sentarse junto a Marina y mirar hacia las carpas negras con sus ojos oscuros y pensativos. «Nadie sabe cuándo llegó», dijo Marina sin preámbulos. «He preguntado a doce personas. Doce. Y todas me han dado la misma respuesta vacía. Es como si alguien hubiera instalado el circo directamente en sus recuerdos, saltándose la realidad». Hugo se ajustó las gafas y entrecerró los ojos mirando al descampado. «Yo pasé por ahí ayer a las siete de la tarde. No había nada. Ni una estaca en el suelo. Y ahora hay un circo completo con tres carpas, un carrusel y lo que parece ser una noria enana. Eso no se monta en una noche». Nerea abrió uno de sus libros y lo cerró de inmediato, frustrada por no encontrar respuestas entre sus páginas. «Lo más raro no es eso», dijo. «Lo más raro es que mi madre ya tiene entradas para esta noche. Y jura que las compró la semana pasada». Dani habló por primera vez, con esa voz grave y pausada que siempre hacía que los demás prestaran atención. «Hay algo más. He estado observando a los artistas del circo. Desde que he llegado, he visto a tres de ellos salir de la carpa principal. Un malabarista, una contorsionista y un tipo con sombrero de copa que parece el director». Hizo una pausa, y Marina vio que tenía los nudillos blancos de tanto apretar los puños. «Ninguno de los tres tiene sombra. El sol está cayendo en ángulo y las sombras de los postes, de las carpas, de las banderas, todas están ahí. Pero esas tres personas caminan bajo el sol como si la luz pasara a través de ellos». El silencio que siguió fue denso como la niebla.

  3. 50

    El faro del fin del mundo

    El viento del sur soplaba con una furia que parecía querer arrancar las piedras de la costa. Tomás Iribarne, de apenas trece años, subió los ciento veintidós escalones de la torre del faro como hacía cada atardecer desde que su abuelo Esteban había caído enfermo. Cada peldaño crujía bajo sus botas gastadas, y el eco de sus pasos se mezclaba con el aullido del viento que se colaba por las grietas de la vieja construcción de piedra. Al llegar a la cima, contempló el horizonte: una línea gris donde el cielo y el mar se confundían en una masa tormentosa. El faro del cabo Desolación era el último bastión de luz antes de que la nada se tragara el mundo, y mantenerlo encendido era ahora su responsabilidad. Hacía apenas tres semanas que el abuelo Esteban había muerto, llevándose consigo sesenta años de historias sobre naufragios, tormentas y barcos fantasma. Tomás recordaba sus últimas palabras con una claridad dolorosa: «El faro es más que una luz, muchacho. Es una promesa. Mientras arda, ningún marinero estará solo en la oscuridad.» Esas palabras se habían convertido en el credo de Tomás, en la razón por la que cada noche, sin falta, subía a encender la gran lámpara de aceite que giraba sobre su mecanismo de relojería, lanzando su resplandor rotatorio sobre las aguas negras del estrecho. La casa del farero se encontraba al pie de la torre, una construcción baja de paredes gruesas que resistía los embates del clima patagónico. Dentro, el fuego crepitaba en la chimenea de piedra, y el perro de Tomás, un ovejero llamado Capitán, dormitaba sobre una manta raída junto al hogar. La casa olía a leña de calafate, a sopa de pescado y a la soledad particular de los lugares donde el viento nunca cesa. Tomás vivía solo desde la muerte de su abuelo; su madre había fallecido cuando él era pequeño, y su padre, un marinero mercante, había desaparecido en alta mar años atrás. El gobierno enviaba provisiones cada dos meses en un barco de suministros, pero entre visita y visita, Tomás era el único ser humano en kilómetros a la redonda. Aquella tarde, mientras preparaba la mecha de la lámpara, Tomás notó algo extraño en el mar. Una forma oscura flotaba entre las olas, demasiado grande para ser un tronco y demasiado pequeña para ser una embarcación. Agarró el catalejo de bronce que había pertenecido a su abuelo y enfocó la lente hacia el objeto. El corazón le dio un vuelco: era un hombre, aferrado a un tablón de madera, mecido por las olas como un muñeco de trapo. Sin pensarlo dos veces, Tomás bajó la escalera a toda velocidad, se echó una cuerda al hombro y corrió hacia la playa de guijarros donde rompían las olas. El agua estaba helada, tan fría que quemaba la piel como fuego líquido. Tomás se metió hasta la cintura, luchando contra la corriente que intentaba derribarlo, y lanzó la cuerda hacia el náufrago. Al tercer intento logró enlazar el tablón, y con un esfuerzo que le arrancó un grito de dolor, arrastró al hombre hasta la orilla. Era un hombre de unos cuarenta años, con barba crecida, la ropa hecha jirones y una herida profunda en la frente que sangraba abundantemente. Estaba inconsciente pero respiraba, y Tomás, con la fuerza que dan la urgencia y la juventud, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó hasta la casa del faro. Durante horas, Tomás cuidó al desconocido junto al fuego. Le quitó la ropa mojada, lo envolvió en mantas de lana, limpió y vendó su herida con los rudimentarios conocimientos médicos que su abuelo le había enseñado. Capitán olisqueaba al extraño con desconfianza, gruñendo suavemente cada vez que el hombre se movía en su inconsciencia. Entrada la madrugada, cuando Tomás ya cabeceaba de cansancio sentado en su silla, el náufrago abrió los ojos. Eran ojos oscuros, profundos, con una intensidad que hizo que Tomás retrocediera instintivamente.

  4. 49

    El jardín donde crecían sentimientos

    Leo tenía seis años y medio, y ese verano iba a pasar las vacaciones en casa de su abuela Lucía, en un pueblo pequeño rodeado de montañas. A Leo no le hacía mucha gracia. Él quería quedarse en la ciudad con sus amigos, jugar en el parque de siempre y comer helados en la heladería de la esquina. -Vas a pasártelo muy bien -le dijo su madre mientras le preparaba la maleta-. La abuela tiene un jardín enorme. Y tu prima Valentina también estará allí. -Valentina habla demasiado -protestó Leo. -Valentina es divertida -corrigió su madre con una sonrisa. Leo llegó a casa de la abuela un viernes por la tarde. La casa era vieja, con las paredes blancas y las ventanas azules. Olía a pan recién hecho y a flores silvestres. La abuela Lucía lo recibió con un abrazo enorme y un vaso de limonada. -Bienvenido, Leo. Esta casa estaba esperándote. -Hola, abuela -dijo Leo, intentando sonreír aunque por dentro estaba un poco triste por estar lejos de casa. La prima Valentina llegó al día siguiente. Tenía siete años, el pelo corto con una diadema amarilla y una energía que parecía funcionar a pilas. Hablaba sin parar, saltaba, corría y hacía preguntas sobre todo. -¡Leo! ¿Quieres explorar el jardín? ¡La abuela dice que hay partes que no ha visitado en años! ¿Te gustan los insectos? ¡A mí me encantan las mariquitas! ¿Has visto alguna vez una mariquita de cerca? ¡Son como botones rojos con puntitos! Leo suspiró. Iba a ser un verano largo. Pero esa tarde, mientras Valentina perseguía mariposas por el jardín y la abuela descansaba la siesta, Leo decidió explorar por su cuenta. Caminó por detrás de la casa, donde los arbustos eran más altos y más salvajes. El jardín de la abuela era enorme, mucho más grande de lo que parecía desde fuera. Entre dos arbustos de hiedra enormes, Leo vio algo raro: una puerta de madera pequeña, medio escondida entre las hojas. Era vieja y estaba pintada de verde, con una cerradura en forma de corazón. Leo empujó la puerta. Estaba abierta. Al otro lado había un jardín que no se parecía a nada que Leo hubiera visto. Las flores no eran normales. Había flores de colores que no existían: azul eléctrico, rosa brillante, morado que parecía brillar en la oscuridad. Algunas plantas eran altísimas, con hojas que se movían solas aunque no hubiera viento. Otras eran diminutas, apenas un brote verde que asomaba de la tierra. Pero lo más extraño era lo que sentía Leo al entrar. El aire estaba lleno de emociones. No eran suyas. Era como si el propio jardín sintiera cosas. Junto a unas flores amarillas enormes, Leo sintió una alegría tan grande que se echó a reír sin motivo. Al pasar junto a un arbusto de flores azules, sintió una tristeza suave, como cuando echas de menos a alguien. Y cerca de unas flores rojas que temblaban, notó un enfado caliente que le hizo fruncir el ceño. -¿Qué es este sitio? -susurró Leo. -Es el Jardín de los Sentimientos -dijo una voz diminuta. Leo miró a su alrededor. No veía a nadie. -Aquí abajo -dijo la voz. En la hoja de una planta, a la altura de sus rodillas, había una mariquita. Era roja con siete puntos negros y lo miraba fijamente con unos ojos brillantes como cuentas de cristal. -¿Tú… hablas? -preguntó Leo. -Aquí dentro, sí. El jardín permite que todos nos entendamos. Soy Rubi, la cuidadora del jardín. Y tú debes de ser uno de los nietos de Lucía. Ella me dijo que vendrías. -¿Mi abuela sabe que este jardín existe? -¿Quién crees que lo plantó? -respondió Rubi con una risita que sonaba como campanitas. Leo miró el jardín con ojos nuevos. Su abuela había plantado todo aquello. Las flores de emociones, las plantas que se movían solas, todo. -Cada planta crece a partir de un sentimiento -explicó Rubi, volando hasta su hombro-.

  5. 48

    El jardín de los susurros

    El coche llevaba dos horas subiendo por una carretera de curvas que parecía una serpiente dormida sobre las montañas. Alba iba mirando por la ventanilla derecha y Leo por la izquierda, y los dos estaban empezando a pensar que aquella carretera no tenía fin cuando, de repente, su madre dijo: «¡Ya llegamos!» y el pueblo apareció entre los árboles como un secreto bien guardado. Se llamaba Valdehoja, y tenía exactamente veintisiete casas, una iglesia con campanario torcido, una fuente en la plaza y un gato perezoso que dormía encima del buzón de correos. La casa de la abuela Carmela estaba al final de la calle principal, una construcción de piedra gris con persianas verdes y un tejado de tejas rojas donde los gorriones habían montado una comunidad entera. La abuela Carmela los esperaba en la puerta, con su delantal de flores, su pelo blanco recogido con horquillas y esa sonrisa amplia que olía a bizcocho recién hecho. Abrazó a los mellizos con tanta fuerza que casi les crujieron las costillas. —¡Mis chiquitines! —exclamó, aunque Alba y Leo tenían ya siete años y no les gustaba nada que les llamaran chiquitines—. ¡Por fin os tengo aquí para todo el verano! Venid, venid, que he preparado torrijas y chocolate caliente. Alba era la más habladora de los dos. Tenía el pelo castaño rizado, pecas en la nariz y una energía inagotable que la hacía saltar de una cosa a otra como una mariposa con prisa. Leo era más tranquilo, de pelo liso y ojos observadores que no se perdían ni un detalle. A Alba le gustaba preguntar; a Leo le gustaba mirar. Juntos formaban un equipo perfecto: ella descubría las preguntas y él encontraba las respuestas. Después de merendar hasta casi reventar, los mellizos salieron a explorar la casa. Tenía un desván lleno de baúles viejos, una sala con una chimenea tan grande que podían ponerse de pie dentro, y un pasillo con fotos en blanco y negro de personas que Alba y Leo no conocían pero que, según la abuela, eran todos familia. —Y ahora —dijo la abuela Carmela con un brillo especial en los ojos—, os voy a enseñar mi tesoro. Los llevó por la puerta trasera de la cocina hasta el jardín. Y vaya jardín. No era el típico jardín con césped recortado y macetas ordenaditas. Era un jardín salvaje, exuberante, casi selva. Había rosales que trepaban por las paredes hasta el segundo piso, un roble enorme en el centro cuyas ramas se extendían como los brazos de un gigante amable, setos de lavanda que perfumaban el aire, un huerto con tomates, lechugas y calabazas, un estanque diminuto donde croaban tres ranas gordas, y en la esquina del fondo, medio escondida por una cortina de hiedra, una enredadera de flores moradas que Alba no había visto nunca. —Este jardín lleva en nuestra familia desde hace más de doscientos años —dijo la abuela Carmela, acariciando las hojas de un jazmín como si le acariciara la mejilla a un niño—. Lo plantó vuestra tataratatarabuela Rosalía, y desde entonces, cada generación ha añadido algo. El roble lo plantó el abuelo Pedro. Las rosas las trajo la bisabuela Inés de un viaje a Marruecos. El estanque lo excavó vuestro abuelo Tomás, que en paz descanse. —¿Y esa enredadera de ahí? —preguntó Alba, señalando las flores moradas del fondo—. Es muy rara. Nunca he visto flores así. La abuela Carmela se quedó callada un momento. Una sombra cruzó su rostro, pero fue tan rápida que Leo apenas la captó. —Esa —dijo la abuela en voz baja— la plantó Rosalía. Y dicen que es la que más secretos guarda de todo el jardín. —¿Secretos? —dijeron los mellizos al unísono, porque cuando algo les interesaba, hablaban a la vez sin darse cuenta. La abuela sonrió, pero no respondió. Simplemente les guiñó un ojo y volvió a la cocina, dejando a Alba y Leo solos en el jardín, con la curiosidad revoloteando en sus cabezas como una abeja alrededor de una flor.

  6. 47

    El laboratorio de los inventos imposibles

    Lucía siempre había sido la niña más curiosa del colegio Girasol. Mientras los demás jugaban al pilla-pilla en el recreo, ella prefería desarmar los bolígrafos para ver cómo funcionaban por dentro, o meter la nariz en cada rincón del edificio buscando algo interesante. Su mochila estaba llena de destornilladores pequeñitos, trozos de cable y una libreta donde dibujaba planos de máquinas que se le ocurrían por las noches. Pablo, su mejor amigo, era todo lo contrario. Le gustaba pensar mucho antes de hacer cualquier cosa. Cuando Lucía decía «¡vamos a explorar!», Pablo siempre respondía «pero primero, ¿hemos pensado en los riesgos?». Llevaba gafas redondas que se le resbalaban por la nariz cuando se ponía nervioso, y tenía la costumbre de subírselas con el dedo mientras enumeraba todas las cosas que podían salir mal. Aquel martes de noviembre, Lucía notó algo extraño. Junto a la puerta del almacén del conserje, donde guardaban las fregonas y los cubos, había otra puerta más pequeña que nunca había visto. Estaba medio escondida detrás de una estantería llena de botes de pintura. La puerta era de metal, tenía un color verde descolorido y una cerradura con forma de estrella. —Pablo, mira esto —susurró Lucía tirándole de la manga—. Esta puerta no estaba aquí ayer. —Claro que estaba —dijo Pablo subiéndose las gafas—. Las puertas no aparecen de la nada. Simplemente no te habías fijado. —Yo me fijo en todo —respondió Lucía con los ojos brillantes—. Y te digo que esta puerta es nueva. O vieja. Pero nueva para nosotros. Lucía sacó de su mochila un clip doblado con forma de gancho y lo metió en la cerradura de estrella. Pablo protestó, diciendo que aquello no estaba bien, que debían avisar a un profesor, que seguramente era solo un cuarto de la calefacción. Pero antes de que terminara su lista de objeciones, la cerradura hizo «clic» y la puerta se abrió con un chirrido largo y profundo. Unas escaleras de piedra bajaban hacia la oscuridad. Olía a metal caliente, a aceite de motor y a algo dulce, como algodón de azúcar quemado. Lucía encendió la linterna de su llavero y empezó a bajar. Pablo tragó saliva, se subió las gafas y la siguió, porque aunque era prudente, también era muy buen amigo. Al final de las escaleras encontraron una sala enorme, mucho más grande de lo que cabría debajo de un colegio. Había mesas llenas de piezas metálicas, frascos con líquidos de colores, pantallas apagadas y herramientas que Lucía jamás había visto. Y en medio de todo aquel desorden, sobre una mesa cubierta de polvo, había algo que se movía. Era pequeño, del tamaño de una caja de zapatos. Tenía un cuerpo hecho con una lata de conservas, brazos hechos con cucharas y dos ojos que eran botones de camisa. Parpadeó —o al menos eso pareció— y emitió un pitido suave. —Bi-bi-bienvenidos al La-la-laboratorio de Inventos Im-im-imposibles —dijo con una voz metálica y temblorosa—. Soy Chip. Llevo esperando mucho ti-ti-tiempo. Lucía se agachó para mirarlo de cerca, con la sonrisa más grande del mundo. Pablo, detrás de ella, se subió las gafas tres veces seguidas.

  7. 46

    El laberinto de las palabras

    Hugo odiaba los libros. No porque fuera tonto, aunque a veces la mirada condescendiente de algunos profesores le hacía sentir que lo pensaban, sino porque cada vez que abría uno, las letras empezaban a bailar. La p se convertía en q, la b en d, las palabras se retorcían y cambiaban de forma como serpientes tipográficas que se burlaban de sus esfuerzos. Tenía catorce años, sacaba buenas notas en matemáticas y ciencias, podía desarmar y montar un motor de bicicleta con los ojos cerrados, pero leer un párrafo le costaba más esfuerzo que a la mayoría de sus compañeros leer un capítulo entero. Dislexia, lo llamaban los especialistas. Hugo lo llamaba su maldición personal. Aquella tarde de noviembre, Hugo estaba en la biblioteca de su abuelo Martín, un lugar que normalmente evitaba como la peste. La biblioteca ocupaba toda la planta baja de la vieja casa del abuelo en Toledo, con estanterías de roble que llegaban hasta el techo, escaleras corredizas para acceder a los estantes más altos y un olor a papel viejo y cuero que impregnaba hasta las paredes. El abuelo Martín había sido profesor de literatura en la universidad y poseía una colección de más de diez mil libros, incluidos algunos volúmenes tan antiguos que sus páginas parecían a punto de desintegrarse al tocarlas. Hugo estaba allí porque su madre le había pedido que buscara un libro específico que el abuelo quería: un viejo diccionario enciclopédico del siglo XIX que supuestamente estaba en la estantería del fondo. El abuelo, que a sus ochenta y dos años ya no podía subir escaleras, lo esperaba en el piso de arriba. Hugo recorría los pasillos de libros con desgana, leyendo a duras penas los lomos, cuando algo llamó su atención en el estante más bajo de la última estantería. Era un libro pequeño, encuadernado en un cuero rojo oscuro tan gastado que parecía piel humana, sin título visible en el lomo. Lo sacó del estante y lo abrió. Las páginas estaban escritas en una caligrafía antigua, con una tinta que cambiaba de color según el ángulo desde el que la miraras: negra de frente, dorada de lado, azul desde arriba. Hugo no podía leer el texto, por supuesto; las letras bailaban con más intensidad que nunca, girando y saltando sobre el papel como si estuvieran vivas. Pero entonces ocurrió algo que no le había pasado jamás: las letras se salieron de la página. Literalmente. Una A mayúscula, roja y con patas como las de una araña, trepó por el borde de la página y se posó en su dedo índice. Hugo gritó y soltó el libro, pero fue demasiado tarde. El suelo de la biblioteca desapareció bajo sus pies. O quizás fue Hugo quien desapareció de la biblioteca; nunca estuvo seguro. Lo que sintió fue una caída vertiginosa, como si alguien hubiera abierto una trampilla debajo de él, y un remolino de letras, sílabas y frases completas lo envolvió como un tornado tipográfico. Las palabras le golpeaban la cara, le agarraban la ropa, le susurraban al oído en un idioma que no era exactamente español pero que, de alguna forma, entendía: «Bienvenido al Laberinto. Bienvenido, Hugo. Te estábamos esperando.» Cuando el remolino se detuvo, Hugo se encontró de pie en un lugar imposible. Estaba en un corredor largo y estrecho cuyos muros estaban hechos enteramente de letras: millones de letras apiladas como ladrillos, algunas grandes como su cabeza, otras diminutas como hormigas, todas de colores diferentes y todas ligeramente vibrantes, como si respiraran. El suelo era una alfombra de signos de puntuación: comas, puntos, punto y coma, guiones, todos blandos y mullidos bajo sus pies como arena de playa.

  8. 45

    El código secreto de las mariposas

    Clara tenía un cuaderno especial. No era un cuaderno de deberes ni un diario. Era su «Cuaderno de Mariposas». Desde que tenía seis años, cada primavera salía al campo con sus lápices de colores y dibujaba todas las mariposas que veía. Apuntaba el tipo, el color, el lugar y la fecha. En cuatro años, había llenado tres cuadernos con más de doscientos dibujos. Pero este año, algo estaba terriblemente mal. Era abril, el mes en que el campo de Valdeverde se llenaba de mariposas. Normalmente, a estas alturas, Clara ya habría visto docenas: monarcas naranjas, macaones amarillos con rayas negras, blanquitas de la col revoloteando por el huerto, y sus favoritas, las vanesas de los cardos, con sus alas pintadas como cuadros abstractos. Este año había visto exactamente cuatro mariposas. Cuatro en todo el mes. —Algo no va bien —le dijo Clara a su madre mientras desayunaban—. No hay mariposas. Casi ninguna. —Será que hace frío todavía, hija. Ya vendrán. —No, mamá. He mirado mis cuadernos. El año pasado, a estas alturas, había visto sesenta y tres. El anterior, cincuenta y ocho. Cuatro no es normal. Algo está pasando. Su madre la miró con una mezcla de orgullo y preocupación. —Clara, a veces la naturaleza tiene sus propios ritmos. No siempre podemos entenderlos. Pero Clara no se conformó con esa respuesta. Después del colegio, cogió su cuaderno y su lupa y fue al prado grande, detrás de la iglesia, donde siempre había más mariposas. El prado estaba lleno de flores como siempre: margaritas, amapolas, tréboles. Pero no había ni una sola mariposa. Clara se agachó y examinó las flores con la lupa. Las flores estaban bien. Tenían polen, tenían néctar. Todo parecía normal. Pero las mariposas no estaban. Entonces notó algo en el suelo, junto a una piedra grande. Era un papel doblado, amarillento y viejo, protegido dentro de una bolsita de plástico transparente para que no se mojara. Alguien lo había dejado ahí a propósito. Clara abrió la bolsita y desdobló el papel. Tenía un mensaje escrito con tinta marrón y letra antigua: «Si las mariposas desaparecen, el jardín se muere. Busca donde el agua cambia de color. Allí empieza la verdad.» Debajo del mensaje había un dibujo: una mariposa con las alas abiertas, y dentro de cada ala, un número. En el ala izquierda: 41. En el ala derecha: 7. —¿Qué significa esto? —murmuró Clara. Miró alrededor. No había nadie. ¿Quién había dejado ese mensaje? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? El papel parecía viejo, pero la bolsita de plástico era nueva. Clara guardó el mensaje en su cuaderno y volvió a casa pensativa. Tenía dos misterios por resolver: ¿adónde habían ido las mariposas? Y ¿quién le estaba dejando mensajes secretos? Esa noche, antes de dormirse, releyó el mensaje. «Busca donde el agua cambia de color.» Conocía todos los arroyos y fuentes de Valdeverde. Ninguno cambiaba de color. ¿O sí? De repente recordó algo. La semana pasada, su amigo Daniel le había dicho que el arroyo de la Cañada, el que pasaba detrás de la fábrica de zumos, «tenía un color raro». Clara no le había hecho caso entonces. Ahora, esas palabras cobraban un significado completamente diferente. Mañana iría al arroyo de la Cañada. Y llevaría su cuaderno, su lupa y muchas preguntas.

  9. 44

    El espejo de las vidas alternas

    Rafa pasó por delante de la tienda de antigüedades mil veces antes de entrar. Estaba en la esquina de su calle, entre la panadería y la tintorería, y siempre le había parecido un lugar que pertenecía a otra época: escaparate polvoriento, letrero de madera que decía «Antigüedades El Reflejo» en letras doradas que se descascarillaban, y en el interior, visible a través del cristal sucio, un caos de objetos que parecían sacados de las casas de abuelos de todo el mundo. Entró el día que cumplió catorce años. No por los objetos sino porque llovía y había olvidado el paraguas y la tienda era el refugio más cercano. Una campana oxidada sonó cuando empujó la puerta, y el olor a madera vieja y cera de muebles le llenó la nariz. —Bienvenido —dijo una voz desde las profundidades de la tienda. Un hombre apareció entre estanterías atestadas de relojes sin cuerda, cajas de música mudas y cuadros con marcos dorados. Era viejo, pero no de una vejez normal sino de una vejez que parecía deliberada, como si hubiera elegido cada arruga. Llevaba un chaleco de terciopelo morado, gafas redondas con montura de plata, y una sonrisa que contenía demasiados secretos para ser inocente. —Soy el Espejero —dijo—. Propietario de este humilde establecimiento. —Solo estoy esperando a que pase la lluvia —dijo Rafa. —Todos los que entran aquí dicen lo mismo. Y todos se llevan algo que no sabían que necesitaban. Rafa recorrió la tienda con la curiosidad desganada de alguien que no tiene nada mejor que hacer. Había de todo: lámparas de aceite, gramófonos, monedas antiguas, mapas amarillentos, sombreros que habían sido elegantes hace un siglo. Pero nada le llamó la atención hasta que llegó al fondo de la tienda. Allí, apoyado contra la pared, cubierto parcialmente por una tela de terciopelo rojo, había un espejo. No era un espejo grande ni especialmente bonito. Tenía un marco ovalado de madera oscura, sin adornos, del tamaño de un plato grande. Su superficie era lisa y limpia, lo cual contrastaba con el polvo que cubría todo lo demás en la tienda, como si alguien lo limpiara todos los días. Pero lo que hizo que Rafa se detuviera no fue el espejo en sí sino lo que vio en él. O más bien, lo que no vio. Cuando se paró frente al espejo, no vio su reflejo. Vio a otro Rafa. Este Rafa era diferente: llevaba un uniforme de fútbol, tenía el pelo más corto, y sonreía con la confianza de alguien que se siente en su elemento. Estaba en un campo de fútbol, rodeado de compañeros que lo vitoreaban. El otro Rafa marcó un gol y corrió celebrando con los brazos abiertos. —¿Qué…? —Rafa retrocedió un paso. La imagen se disolvió y su reflejo normal apareció: un chico de catorce años con el pelo demasiado largo, la postura ligeramente encorvada y la expresión perpetuamente indecisa que su madre llamaba «cara de pensar» y sus compañeros llamaban «cara de empanado». —Veo que has encontrado el Espejo de las Vidas Alternas —dijo el Espejero, que había aparecido a su lado sin hacer ruido—. Es la pieza más valiosa de mi colección. —¿Qué es lo que he visto? —Una versión de ti que existiría si hubieras tomado una decisión diferente. En este caso, si hubieras aceptado entrar en el equipo de fútbol cuando te lo pidieron en sexto de primaria. Rafa recordó ese momento. Tenía once años y el entrenador del equipo de su colegio le había pedido que se uniera. Rafa era bueno con el balón, pero también era tímido, y la idea de jugar delante de público lo aterrorizaba. Dijo que no. Y luego se arrepintió. Y luego se acostumbró a no haber dicho que sí. —¿Está mostrándome lo que habría pasado si hubiera dicho que sí? —No exactamente. Está mostrándote una de las vidas posibles. Cada decisión crea una bifurcación: un camino que tomas y otro que no. El espejo te permite ver los caminos que no tomaste.

  10. 43

    El dragón de papel

    Lina tenía siete años y un secreto que guardaba en el bolsillo de su bata escolar: un cuadrado de papel rojo que llevaba consigo a todas partes. Mientras los demás niños jugaban al fútbol en el recreo o saltaban a la comba, ella se sentaba en un rincón del patio, bajo la sombra del viejo roble, y doblaba figuras. Grullas, ranas, barcos, estrellas. Sus dedos se movían con una rapidez asombrosa para una niña de su edad, como si el papel le susurrara instrucciones que solo ella podía escuchar. El aula de arte era su lugar favorito en todo el colegio. Estaba en el segundo piso, al fondo de un pasillo lleno de dibujos colgados con pinzas de colores. La puerta siempre estaba entornada y por ella se escapaba un olor a pintura fresca y a pegamento que a Lina le parecía el mejor perfume del mundo. Las paredes estaban cubiertas de murales pintados por alumnos de años anteriores: un bosque encantado, un cielo lleno de cometas, un océano con peces de todos los colores imaginables. La profesora de arte se llamaba doña Carmen y tenía el pelo blanco recogido en un moño del que siempre escapaban mechones rebeldes. Llevaba gafas redondas que se le resbalaban por la nariz y delantales salpicados de pintura. Doña Carmen fue la primera persona que le enseñó a Lina el arte del origami, una tarde de lluvia en la que no pudieron salir al recreo. Le mostró cómo un simple cuadrado de papel podía convertirse en cualquier cosa si se doblaba con paciencia y cariño. Desde aquel día, Lina no había dejado de plegar. Su habitación en casa estaba llena de figuras de papel que colgaban del techo con hilos invisibles: una bandada de grullas de colores, un móvil de mariposas, una familia de gatos que descansaba sobre su mesilla de noche. Su madre decía, medio en broma medio en serio, que algún día la casa entera estaría hecha de papel. Pero a Lina no le importaba. Cada figura que creaba le parecía un pequeño milagro. Aquella mañana de martes, Lina llegó al colegio con una idea especial en la cabeza. Había encontrado en la biblioteca un libro antiguo de origami japonés, con páginas amarillentas y dibujos delicados, y entre todas las figuras había una que le había robado el aliento: un dragón. No era un dragón cualquiera. Tenía las alas desplegadas, la cola enroscada, las garras extendidas y la boca abierta como si estuviera a punto de lanzar una llamarada. El diagrama era complicadísimo, lleno de pliegues que Lina nunca había intentado, pero algo en su interior le decía que tenía que probarlo. Cuando sonó la campana de la clase de arte, Lina fue la primera en entrar al aula. Se sentó en su sitio de siempre, junto a la ventana que daba al patio, sacó su cuadrado de papel rojo y lo alisó con cuidado sobre la mesa. Respiró hondo, abrió el libro por la página del dragón y comenzó a doblar. Los primeros pliegues fueron sencillos: por la mitad, en diagonal, la base cuadrada que ya conocía de memoria. Pero luego vinieron los pliegues difíciles, los que hacían que el papel crujiera como si protestara. Lina no se rindió. Dobló y desdobló, giró y volvió a girar, con la punta de la lengua asomando entre los labios, como hacía siempre que se concentraba mucho. Y entonces, cuando hizo el último pliegue, el que levantaba la cabeza del dragón hacia arriba, algo extraordinario sucedió. El papel se calentó bajo sus dedos. Lina parpadeó, creyendo que era su imaginación, pero no: la figurita de papel rojo temblaba sobre la mesa, como un pollito a punto de salir del cascarón. Antes de que pudiera decir nada, el dragón de papel abrió sus ojos diminutos, dos puntos brillantes como rubíes, y estiró sus alas con un crujido suave, como el de una página al pasar.

  11. 42

    El campeón invisible

    Lucas Medina tenía nueve años, el pelo revuelto como un nido de pájaros y una colección de cromos de fútbol que ocupaba tres cajones de su escritorio. Cada noche, antes de dormir, elegía un cromo diferente y lo estudiaba con la atención de un científico examinando una muestra bajo el microscopio. Memorizaba las estadísticas, las posiciones, los goles, las jugadas legendarias. Sabía más de fútbol que cualquier niño de su clase, más incluso que don Roberto, el profesor de educación física que siempre confundía el fuera de juego con el córner. El problema, según el resto del mundo, era que Lucas usaba silla de ruedas. Había nacido con una condición que afectaba a sus piernas, y desde que tenía memoria sus ruedas eran sus piernas. No le molestaba la silla en sí misma. Le molestaba la forma en que los demás miraban la silla antes de mirarlo a él, como si el metal y las ruedas fueran más interesantes que la persona sentada encima. Le molestaba que los otros niños bajaran la voz cuando pasaba cerca, como si usar silla de ruedas significara también tener los oídos delicados. En el recreo, Lucas se situaba junto a la valla del patio y veía jugar a sus compañeros. Conocía el estilo de cada uno: Tomás, que era rápido pero disparaba siempre desviado; Camila, la única chica que jugaba y que tenía el mejor regate de todo el colegio; Nico, el portero, que era enorme para su edad y paraba balones con la barriga más que con las manos. Lucas les daba consejos desde la banda, como un entrenador en miniatura, y a veces los otros niños le hacían caso y a veces no. Pero nunca le invitaban a jugar. No por maldad, sino porque genuinamente no sabían cómo incluirlo, y la incomodidad los hacía mirar hacia otro lado. Su madre, Carmen, era la persona que mejor lo entendía. Ella también había sido deportista de joven, corredora de media distancia, y sabía lo que significaba tener el cuerpo lleno de energía y no encontrar dónde ponerla. Cada tarde, después del colegio, sacaba a Lucas al parque y lo dejaba recorrer los caminos a toda velocidad en su silla, zigzagueando entre los árboles y los bancos como un piloto de carreras en un circuito improvisado. Lucas reía a carcajadas durante esos recorridos, con el viento en la cara y la sensación de que las ruedas eran alas. Pero un día, algo cambió. Estaban en el parque, como siempre, cuando Lucas vio algo al otro lado de la pista de atletismo. Un grupo de niños en sillas de ruedas motorizadas jugaban en una pista vallada con una pelota grande y de colores. Se movían rápido, chocaban entre ellos con estruendo, celebraban los goles con gritos que se oían desde el otro extremo del parque. Lucas se quedó completamente inmóvil, con las manos apretadas en los reposabrazos de su silla, mirando aquella escena como quien ve una puerta abrirse en una pared que siempre había creído sólida. Se acercaron despacio, él y su madre, hasta la valla de la pista. Uno de los niños, una chica de pelo corto y sonrisa enorme, se dio cuenta de que los miraban y se acercó rodando en su silla motorizada. Se llamaba Paula, tenía diez años y llevaba jugando al fútbol en silla motorizada dos años. Le explicó a Lucas, con un entusiasmo contagioso, que el deporte se llamaba Powerchair Football y que se jugaba en todo el mundo. Equipos de cuatro contra cuatro, sillas eléctricas con un protector delantero para golpear el balón, reglas similares al fútbol pero adaptadas. Lucas sintió que algo se encendía en su pecho, una chispa que llevaba nueve años esperando combustible. Cuando Paula le preguntó si quería probar, no dijo que sí con palabras. Dijo que sí con todo el cuerpo.

  12. 41

    El enigma del reloj invertido

    Marcos empujó la puerta de la biblioteca del colegio con el hombro, porque llevaba los brazos cargados de libros. Eran las cinco de la tarde y no quedaba nadie. La señora Elvira, la bibliotecaria, le había dado permiso para devolver los libros él solo mientras ella iba a una reunión. —Déjalos en el carrito y cierra al salir —le había dicho, entregándole la llave con una sonrisa. Marcos dejó los libros sobre el carrito metálico y miró a su alrededor. La biblioteca del colegio Cervantes era su lugar favorito. Tenía estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, una escalera con ruedas para alcanzar los estantes más altos y una ventana enorme que daba al patio de los naranjos. Pero aquel día notó algo diferente. En la esquina más alejada, detrás de la sección de enciclopedias que nadie consultaba, había una vitrina de cristal que no recordaba haber visto antes. Era pequeña, del tamaño de una mesilla, y dentro había un reloj de bolsillo con la cadena enrollada alrededor. Marcos se acercó con curiosidad. El reloj era precioso: dorado, con la esfera blanca y los números romanos grabados con una precisión asombrosa. Pero había algo extraño. Las agujas se movían en sentido contrario al habitual, como si el tiempo estuviera retrocediendo. —Qué raro —murmuró Marcos. Sin pensarlo demasiado, levantó la tapa de cristal de la vitrina. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando sus dedos tocaron el metal frío del reloj. Al instante, las agujas se detuvieron. Marcos miró la hora en su móvil: las 17:12. Miró el reloj de bolsillo: marcaba las 21:71. Los números no tenían ningún sentido. Debajo del reloj, sobre el forro de terciopelo granate de la vitrina, había una tarjeta amarillenta con una frase escrita a pluma: «Quien toca el reloj, repite el día. Quien resuelve el enigma, recupera el camino.» Marcos soltó una risa nerviosa. —Será una broma de alguien del club de lectura —se dijo. Guardó el reloj en el bolsillo de su chaqueta, cerró la vitrina y salió de la biblioteca. Cerró la puerta con llave y caminó hacia casa bajo un cielo anaranjado de atardecer. Aquella noche, mientras cenaba con su madre y su hermana pequeña, Lucía, todo parecía completamente normal. Se durmió sin pensar más en el reloj. Pero cuando sonó el despertador a la mañana siguiente, la fecha en la pantalla de su móvil era exactamente la misma que el día anterior.

  13. 40

    El Caso del Cuadro Desaparecido

    Alba Rivas tenía once años, una lupa en el bolsillo izquierdo del abrigo y la costumbre de fijarse en todo. En todo. El arañazo nuevo en la puerta del ascensor, la mancha de café en la corbata del director, el tornillo que faltaba en la tercera silla de la biblioteca. Sus compañeros de clase la llamaban «la detective», mitad en broma, mitad con admiración. Aquel martes por la mañana, Alba llegó al colegio y encontró un revuelo enorme en el patio. Todo el mundo hablaba del robo. — ¡Han robado el Velázquez del museo! — le dijo su amigo Mateo, que siempre se enteraba de todo porque su madre trabajaba en el ayuntamiento —. Anoche, entre las diez y las seis de la mañana. La policía no tiene ni idea de cómo lo han hecho. Alba sintió un cosquilleo familiar en la punta de los dedos. El Museo Municipal era pequeño, pero tenía una joya: un retrato atribuido a Velázquez que representaba a una niña con un perro blanco. Era el orgullo del pueblo. — ¿No tienen cámaras de seguridad? — preguntó. — Sí, pero estaban grabando y no se ve nada raro. El cuadro está en su sitio en la grabación de las diez y a las seis ya no está. Nadie entra ni sale. — Eso es imposible — murmuró Alba. — Pues eso dice la policía — Mateo se encogió de hombros —. Imposible. Alba odiaba esa palabra. Nada era imposible, solo inexplicado. Después de clase, convenció a Mateo para ir al museo. La entrada estaba acordonada con cinta policial, pero Alba conocía la puerta de servicio porque había hecho un trabajo escolar allí el año anterior. Entraron por la parte de atrás y se colaron en la sala de exposiciones sin que nadie los viera. La sala del Velázquez era la más grande del museo. Las paredes estaban pintadas de un rojo oscuro y los cuadros colgaban con marcos dorados. En el centro de la pared principal, donde debía estar el retrato de la niña con el perro, había un rectángulo más claro: la huella de un cuadro que llevaba décadas en el mismo sitio. Alba se acercó y sacó su lupa. — Los clavos siguen aquí — observó —. El cuadro no se ha arrancado de la pared. Alguien lo ha descolgado con cuidado. Mateo miraba nervioso hacia la puerta. — Alba, si nos pillan aquí… — Un minuto más — Alba recorrió el suelo con la mirada. Todo parecía limpio, pero entonces vio algo junto al zócalo: un hilo diminuto, casi invisible, de color dorado —. Mira esto. Recogió el hilo con unas pinzas de su estuche de detective (sí, tenía un estuche de detective) y lo guardó en una bolsita de plástico. — ¿Qué es? — preguntó Mateo. — Todavía no lo sé. Pero no pertenece a esta sala. El suelo se limpia cada noche y esto es reciente. Cuando salían por la puerta de servicio, Alba se detuvo en seco. En la pared del pasillo había un cuadro pequeño que representaba un plano antiguo del museo. Y en ese plano, dibujado con tinta descolorida, se veía algo que en el museo actual no existía: un pasadizo que conectaba la sala del Velázquez con el sótano. — Mateo — dijo Alba muy despacio —. Creo que sé por dónde sacaron el cuadro. Mateo tragó saliva. — ¿Por un pasadizo secreto? Esto cada vez se parece más a una película. — No — Alba sonrió —. Se parece a un caso. Nuestro caso.

  14. 39

    El dragón que no sabía volar

    En lo alto de unas montañas muy, muy grandes, había un lugar mágico llamado el Valle de las Nubes. Las montañas tenían las puntas blancas por la nieve y entre ellas flotaban nubes gorditas de color rosa y naranja. Un río de agua cristalina bajaba cantando entre las rocas, con pececitos plateados que saltaban de alegría. En ese valle tan bonito vivían muchos dragones de todos los colores: rojos, azules, verdes y morados. Las casas de los dragones estaban hechas de piedras brillantes que cambiaban de color con la luz del sol. Por las mañanas, cuando salía el sol, todo el valle se llenaba de una luz dorada preciosa, y los pájaros cantaban canciones alegres entre los árboles altísimos de hojas verdes y moradas. Entre todos esos dragones vivía uno muy especial llamado Chispa. Chispa era pequeñito, del tamaño de un perro grande, y tenía las escamas de color dorado, como si alguien le hubiera pintado con purpurina. Sus ojos eran grandes y redondos, de un color naranja muy bonito, como dos mandarinas brillantes. Tenía unas alitas pequeñas en la espalda que movía sin parar, como un colibrí nervioso. Chispa siempre llevaba una sonrisa en su cara redonda y una manchita verde muy graciosa en la punta de la nariz. Cuando se reía, que era muy a menudo, sus escamas doradas brillaban todavía más fuerte, como si tuviera estrellitas pegadas por todo el cuerpo. A Chispa le encantaba correr por los prados del valle, oler las flores gigantes que crecían junto al río y hacer carreras con las mariposas de colores. Chispa vivía con su mamá, una dragona grande y elegante llamada Brisa. Brisa tenía las escamas de color plateado y unos ojos azules muy dulces que siempre miraban a Chispa con mucho cariño. Su cola larga y suave terminaba en una forma de estrella que brillaba por las noches. Cada mañana, Brisa preparaba el desayuno para Chispa: tostadas crujientes con mermelada de frambuesa calentadas con un soplido de fuego suavecito. También le hacía zumo de naranjas mágicas que cambiaban de sabor con cada trago: primero sabían a fresa, luego a melocotón y al final a chocolate. Después, le daba un beso enorme en la frente y le decía con voz suave: «Tú eres mi tesoro más brillante de todo el valle». Chispa se sentía muy feliz cuando escuchaba esas palabras y le daba un abrazo tan fuerte que Brisa se reía con su risa musical. La mejor amiga de Chispa se llamaba Luna. Luna era una dragona de escamas azul oscuro con puntitos blancos, como si tuviera un cielo de noche pintado en el cuerpo. Era un poquito más alta que Chispa y tenía unas alas grandes y fuertes que brillaban cuando les daba la luz, haciendo destellos como diamantes. Luna tenía una voz alegre y una risa contagiosa que hacía que todos los que estaban cerca también se rieran. A los dos les encantaba jugar juntos entre las flores del valle, que eran enormes y de muchos colores: rojas como el fuego, amarillas como el sol, y azules como el cielo. Jugaban al escondite detrás de las setas gigantes, hacían castillos de barro junto al río y contaban las estrellas por la noche tumbados en la hierba blandita. Luna siempre decía que Chispa era el dragón más divertido de todo el valle, y los dos se reían muchísimo juntos hasta que les dolía la barriga.

  15. 38

    El mapa de los gestos bonitos

    Mateo subió las escaleras del desván de la abuela Concha con cuidado. Cada peldaño crujía como si le contara un secreto. -Ten cuidado con las cajas, cariño -dijo la abuela desde abajo-. Hay cosas muy antiguas ahí arriba. El desván olía a madera vieja y a libros polvorientos. Había baúles, lámparas sin pantalla y montañas de revistas amarillentas. Mateo buscaba un disfraz para la fiesta del colegio, pero lo que encontró fue mucho mejor. Detrás de un espejo roto, enrollado como un pergamino, había un mapa. Parecía un dibujo de su barrio, con las calles, las plazas y hasta la fuente de los patos. Pero tenía algo raro: algunas zonas brillaban con una luz dorada muy suave. -¡Abuela! -gritó Mateo-. ¡He encontrado un mapa que brilla! La abuela Concha subió despacio. Cuando vio el mapa, sonrió de una forma especial, como si recordara algo muy lejano. -Vaya, vaya -susurró-. Hacía muchos años que no veía ese mapa. -¿Qué es, abuela? ¿Por qué brilla? -Este mapa muestra los gestos bonitos. Cada vez que alguien hace algo amable en el barrio, aparece una lucecita dorada en el lugar donde ocurrió. Mateo miró el mapa con los ojos muy abiertos. Había muchas luces cerca de la panadería, algunas en el parque y unas cuantas junto al colegio. -¿Y puedo llevármelo? -preguntó Mateo. -Claro que sí. Pero recuerda: el mapa solo funciona si lo llevas con el corazón abierto. Mateo bajó corriendo las escaleras con el mapa bajo el brazo. Salió a la calle y lo desplegó en el banco de la plaza. En ese momento, vio a su vecina, la señora Remedios, que ayudaba a un niño pequeño a atarse los cordones de los zapatos. El mapa tembló en sus manos. Una nueva lucecita dorada apareció justo donde estaba la señora Remedios. -¡Funciona! -exclamó Mateo-. ¡De verdad funciona! Una voz lo sobresaltó. -¿Qué funciona? -Era Lina, su mejor amiga, que volvía de comprar el pan. -Tienes que ver esto, Lina. Es un mapa mágico. Lina se sentó a su lado y Mateo le contó todo. Ella lo miró con una mezcla de duda y curiosidad. -¿Un mapa que detecta la bondad? Suena demasiado bonito para ser verdad. -Mira -dijo Mateo señalando la nueva luz-. Esa ha aparecido ahora mismo. La señora Remedios ha ayudado a un niño. Lina se quedó callada un momento y luego sonrió. -Vale, me lo creo. ¿Y qué hacemos ahora? -Vamos a explorar todas las luces del mapa. Quiero saber qué gestos bonitos han pasado en cada sitio. Los dos amigos se levantaron y echaron a andar por la calle Mayor, con el mapa desplegado entre los dos. El sol de la tarde hacía que las lucecitas doradas brillaran aún más.

  16. 37

    El Jardín de los Relojes

    Tomás acababa de mudarse a una casa vieja en las afueras del pueblo con sus padres. No le gustaba nada la idea. Echaba de menos su antigua casa, su antiguo colegio y, sobre todo, a su abuelo Ernesto, que vivía al otro lado del país y al que ya no podría visitar cada fin de semana. La casa nueva era grande y algo tétrica. Tenía un jardín trasero enorme, rodeado por un muro de piedra cubierto de hiedra. Pero lo que más llamó la atención de Tomás fue una puerta pequeña, escondida entre las hojas verdes del muro. Estaba hecha de hierro viejo y oxidado, y tenía una cerradura con forma de reloj. —Mamá, ¿qué hay detrás de esa puerta? —preguntó Tomás. —No lo sé, cariño. Esta casa lleva años abandonada. Seguramente solo hay maleza. Pero Tomás sentía curiosidad. Aquella noche, mientras deshacía las cajas de la mudanza, encontró algo en el fondo de una caja que había pertenecido a su abuelo: una llave antigua, dorada, con la cabeza tallada en forma de engranaje de reloj. Al día siguiente, Tomás fue directo a la puerta del muro. Con el corazón latiendo muy rápido, metió la llave en la cerradura. Encajaba perfectamente. Giró la llave y oyó un clic seguido de un suave tic-tac, como si la puerta misma fuera un reloj que acababa de ponerse en marcha. La puerta se abrió con un crujido largo, y Tomás se asomó al otro lado. Lo que vio le dejó sin aliento. No era maleza ni un jardín abandonado. Era el lugar más hermoso que había visto jamás. Un jardín perfectamente cuidado, lleno de flores de todos los colores y tamaños. Pero estas flores eran especiales: en el centro de cada una, donde normalmente estaría el pistilo, había una esfera diminuta de reloj con manecillas que giraban a diferentes velocidades. Algunas flores estaban completamente abiertas y sus relojes marcaban horas pasadas. Otras estaban cerradas como capullos, con relojes que aún no habían empezado a funcionar. Y en el centro del jardín, rodeado de margaritas con relojes dorados, había un reloj de sol gigante que proyectaba sombras de colores sobre la hierba. Tomás dio un paso dentro del jardín y la puerta se cerró suavemente detrás de él. El aire olía a flores y a algo más: a recuerdos.

  17. 36

    El Inventor de Colores

    Lila era una niña de seis años que vivía en un pueblo pequeñito llamado Villa Arcoíris. El pueblo tenía ese nombre porque siempre, siempre, después de llover, aparecía un arcoíris enorme sobre las colinas.A Lila le encantaba pintar. Pintaba todo el día: flores, gatos, nubes, casas y hasta los sueños que tenía por la noche. Su cuarto estaba lleno de dibujos pegados en las paredes, y su ropa siempre tenía manchas de pintura.Pero había algo especial en Lila. Cuando miraba las cosas, veía colores que nadie más podía ver. Miraba una hoja verde y decía:—¡Mira, mamá, esa hoja tiene un poquito de brillaplata!Su mamá sonreía y le decía que era muy imaginativa. Su papá le acariciaba la cabeza y le decía que tenía unos ojos muy bonitos. Pero ninguno de los dos veía lo que Lila veía.En la escuela, su profesora de arte, la señorita Clara, les enseñaba los colores. Rojo, azul, amarillo, verde, naranja, morado, rosa, marrón, blanco y negro.—Estos son todos los colores que existen —dijo la señorita Clara un día, señalando un póster grande.Lila levantó la mano.—Señorita Clara, ¿y el color que está entre el azul y la luna? Es como un azul que canta.Todos los niños se rieron. La señorita Clara le dijo amablemente que eso no existía. Lila se quedó callada, pero por dentro pensaba: «Sí existe. Yo lo veo».Aquella tarde, Lila fue a su lugar favorito: un viejo cobertizo detrás de la casa de su abuela. Allí tenía sus pinturas, sus pinceles y un caballete que su abuelo le había construido antes de irse al cielo.Lila miró sus pinturas. Rojo, azul, amarillo. Los colores normales. Sintió ganas de pintar ese color que veía entre el azul y la luna, pero no estaba en ningún bote. Entonces hizo algo que nunca había hecho antes: cerró los ojos, pensó muy fuerte en ese color, y movió el pincel en el aire.Cuando abrió los ojos, en la punta del pincel brillaba una gotita de un color que no tenía nombre. Era como azul, pero más suave, con un brillo plateado que parpadeaba como una estrella diminuta.Lila se quedó con la boca abierta. Había inventado un color nuevo.

  18. 35

    El Club de los Mapas Perdidos

    Pablo tenía ocho años y una costumbre que sus amigos consideraban un poco rara: le encantaba la biblioteca. No los libros de texto del colegio, sino los libros viejos con tapas duras y páginas que olían a aventura. La biblioteca municipal de su ciudad, Salamanca, era su lugar favorito del mundo. Una tarde de miércoles, mientras buscaba un libro sobre piratas en la sección de historia, un papel doblado cayó de entre las páginas de un libro enorme titulado «Crónicas de Salamanca, 1752». Pablo lo recogió del suelo y lo desdobló con cuidado. Era un mapa. Un mapa dibujado a mano con tinta marrón sobre un papel grueso y amarillento. Mostraba las calles de Salamanca, pero no la Salamanca moderna. Era una Salamanca antigua, con edificios que Pablo no reconocía y calles con nombres diferentes. En el centro del mapa había una estrella roja dibujada sobre un edificio con la inscripción: «Aquí descansa el tesoro de los estudiantes.» —¡Un mapa del tesoro! —exclamó Pablo sin poder contenerse. —¡Chisss! —le mandó callar la bibliotecaria, doña Esperanza, una señora con gafas redondas que parecía tener cien años pero se movía como si tuviera treinta. Pablo guardó el mapa en su mochila con el corazón latiendo a mil por hora. Al salir de la biblioteca, corrió a buscar a sus dos mejores amigas: Nora, que sabía todo sobre historia porque su madre era profesora en la universidad, y Jimena, que era la más valiente y siempre llevaba una lupa en el bolsillo «por si acaso». Las encontró en el parque, sentadas en su banco favorito. —Tenéis que ver esto —dijo Pablo sin aliento, desplegando el mapa sobre el banco. Nora se ajustó las gafas y se inclinó sobre el mapa con fascinación. —Este mapa es del siglo dieciocho. Mirad el estilo de los dibujos y la tinta. Es auténtico. Jimena sacó su lupa y examinó la estrella roja. —«El tesoro de los estudiantes» —leyó—. Salamanca siempre ha sido una ciudad de estudiantes. ¿Qué tesoro esconderían? —Solo hay una forma de averiguarlo —dijo Pablo con una sonrisa enorme. Aquella tarde, en aquel banco del parque, nació el Club de los Mapas Perdidos. Su primera misión: encontrar el tesoro escondido en su propia ciudad.

  19. 34

    El Jardín Secreto de las Mariposas

    Sofía tenía seis años y medio, y sabía contar hasta mil, aunque nunca lo había hecho entero porque siempre se distraía al llegar al trescientos. Aquel lunes, mientras el resto de su clase hacía fila para entrar al comedor, Sofía vio algo brillante entre los arbustos del patio trasero. Era una mariposa azul, más grande que su mano, con las alas cubiertas de puntitos dorados. — ¡Qué bonita! — susurró. La mariposa agitó las alas como si la hubiera oído y voló despacio hacia la tapia del fondo. Sofía miró a ambos lados. Nadie la observaba. Dejó su mochila junto a la pared y siguió a la mariposa. Detrás de la tapia, escondido entre hiedras y madreselvas, había un agujero en la pared justo del tamaño de una niña pequeña. Sofía se agachó y pasó al otro lado. Lo que encontró la dejó con la boca abierta. Era un jardín. Pero no un jardín cualquiera. Las flores eran enormes, del tamaño de paraguas, y brillaban con colores que Sofía no sabía nombrar. Había rosas que parecían de cristal, girasoles con pétalos de terciopelo morado y margaritas tan blancas que resplandecían como pequeñas lunas. Y las mariposas… había cientos. De todos los tamaños y colores: rojas, verdes, naranjas, algunas con rayas como los tigres y otras con lunares como las mariquitas. — Bienvenida, Sofía — dijo una voz suave. Sofía dio un salto. La mariposa azul se había posado en un girasol morado, justo a la altura de sus ojos. — ¿Tú… tú hablas? — tartamudeó. — Todas hablamos — respondió la mariposa con una risita que sonaba como campanillas —. Me llamo Celeste. Llevamos mucho tiempo esperándote. — ¿Esperándome? ¿A mí? — Sofía se señaló a sí misma, confundida. — A alguien que pudiera vernos y oírnos. Los adultos ya no pueden. Y la mayoría de los niños tienen demasiada prisa. Pero tú te has parado a mirar. Eso es lo más importante. Sofía no entendía muy bien qué pasaba, pero el jardín era precioso y Celeste parecía simpática. Entonces se fijó en algo que no estaba bien: al fondo del jardín, un pequeño arroyo que debería tener agua estaba completamente seco. Las piedras del fondo se veían polvorientas y las flores cercanas tenían las hojas arrugadas. — ¿Qué le ha pasado al arroyo? — preguntó. — Eso es lo que necesitamos que descubras — dijo Celeste, y sus alas perdieron un poco de brillo —. Sin agua, el jardín morirá. Y si el jardín muere, todas nosotras desapareceremos. Sofía tragó saliva. Aquello sonaba muy serio para una niña de seis años y medio. Pero miró las flores luminosas, las mariposas de colores y el arroyo vacío, y supo que tenía que ayudar. — ¿Por dónde empiezo? — preguntó, decidida. Celeste batió las alas con alegría. — Sígueme. Te presentaré a alguien que conoce cada piedra de este arroyo.

  20. 33

    El Faro de las Estrellas Perdidas

    Mara siempre supo que el faro de Punta Serena era especial. No porque fuera el edificio más alto del pueblo, ni porque su luz girara como un ojo vigilante sobre el mar oscuro. Era especial porque, algunas noches, si te quedabas muy quieta y escuchabas con atención, podías oír cómo el faro cantaba. Su abuela Consuelo se lo había contado muchas veces: el faro no solo guiaba a los barcos, también guiaba a las estrellas. Cuando una estrella se cansaba de brillar y caía al mar, la luz del faro la encontraba entre las olas, la envolvía en su resplandor dorado y la devolvía suavemente al cielo. —Tonterías de viejos —decía su hermano mayor, Lucas, que con once años se creía demasiado grande para los cuentos. Pero Mara, de nueve años, sabía que su abuela nunca mentía. Además, ella misma había visto una vez, justo antes del amanecer, un hilo de luz subir desde la punta del faro hasta perderse entre las últimas estrellas. Aquella noche de octubre todo cambió. Mara estaba leyendo en su habitación cuando una lluvia de destellos cruzó la ventana. Salió al balcón y lo que vio la dejó sin aliento: decenas de estrellas caían al mar como lágrimas de fuego. Una, dos, cinco, diez… el cielo se vaciaba. Miró hacia el faro. Estaba apagado. —¡Lucas! —gritó, corriendo al cuarto de su hermano. Pero Lucas ya estaba en la ventana, con los ojos muy abiertos. —Eso no es normal —murmuró. No, no lo era. Y los dos lo sabían.

  21. 32

    Código mariposa

    Todo empezó con un vídeo de treinta y dos segundos. Zoe lo vio por primera vez a las ocho y cuarto de la mañana, en la pantalla del móvil de Sara, su compañera de pupitre, que le daba golpecitos en el brazo con la urgencia de quien ha descubierto un incendio. —Mira esto. Mira. Esto. En la pantalla, Marcos Delgado —presidente del consejo de estudiantes, alumno modelo, candidato favorito al premio de convivencia— aparecía en lo que parecía ser el baño de un bar, insultando con una virulencia obscena a una profesora del instituto. Las palabras que salían de su boca eran tan grotescas que Zoe se apartó instintivamente, como si la pantalla quemara. —¿Esto es real? —preguntó. —Está en todas partes. Lo subieron anoche a un perfil anónimo. Ya tiene tres mil visualizaciones. Zoe miró alrededor del aula. Todo el mundo tenía el móvil en la mano. Todo el mundo miraba lo mismo. Y en la esquina del fondo, Marcos Delgado estaba sentado en su pupitre con la cara del color del papel y las manos agarrando el borde de la mesa como si fuera lo único que le impedía caer al vacío. La profesora García entró y la clase se silenció con esa quietud culpable de quien ha sido pillado haciendo algo que no debería. La profesora miró a Marcos, miró los móviles guardados a toda prisa en los bolsillos y entendió al instante que algo había pasado. —Marcos, ¿puedes venir un momento al pasillo? Marcos se levantó con la rigidez de un autómata y salió. La puerta se cerró tras él y el aula explotó en murmullos. —No me lo creo —dijo Pablo desde la tercera fila—. Marcos no habla así ni cuando se enfada. —El vídeo es bastante claro —replicó Nuria, que siempre tenía una opinión y nunca se la guardaba. —Los vídeos pueden ser falsos —intervino una voz desde la última fila, tan baja que casi se pierde entre los murmullos. Todos se giraron. Leo Castillo estaba sentado en su pupitre de siempre, el más alejado de la puerta, medio escondido detrás de una pila de libros que usaba como barricada contra el mundo. Era el chico más callado de la clase: delgado, con el pelo cayéndole sobre los ojos y unas gafas que siempre estaban torcidas. Sacaba las mejores notas en tecnología e informática pero apenas hablaba con nadie fuera de esas clases. —¿Qué quieres decir? —preguntó Zoe. —Quiero decir que existe la tecnología para crear vídeos falsos indistinguibles de los reales. Se llaman deepfakes. Usas inteligencia artificial para poner la cara de una persona en el cuerpo de otra, sincronizar los labios con un audio diferente. Con las herramientas adecuadas, puedes hacer que cualquiera diga cualquier cosa. El silencio que siguió fue diferente al anterior. No era el silencio del cotilleo interrumpido sino el del descubrimiento perturbador. —¿Estás diciendo que alguien ha fabricado ese vídeo? —preguntó Zoe. —Estoy diciendo que es posible. No que sea el caso, pero que es posible. Marcos no volvió a clase esa mañana. Según los rumores que circularon durante el recreo, la dirección le había pedido que se fuera a casa mientras investigaban. Su candidatura al premio de convivencia fue suspendida «temporalmente», lo cual, en el lenguaje diplomático de los adultos, significaba «indefinidamente». Zoe pasó el recreo sentada en un banco con el estómago revuelto. Conocía a Marcos desde primero de la ESO. No eran amigos íntimos, pero habían compartido suficientes clases y trabajos en grupo para que Zoe tuviera una impresión clara de él: era un chico serio, responsable, a veces un poco intenso, pero genuinamente preocupado por que las cosas fueran justas. La persona del vídeo no se parecía a la persona que ella conocía. Después de clase, Zoe hizo algo que no habría hecho normalmente: buscó a Leo Castillo. Le encontró en el laboratorio de informática, solo, con tres pestañas abiertas en el ordenador y una expresión de concentración que le hacía parecer mayor de sus catorce años.

  22. 31

    El algoritmo que sentía

    El día que instalaron a ARIADNA en el colegio Cervantes, nadie le dio demasiada importancia. Era septiembre, el inicio del curso, y los alumnos estaban más pendientes de reencontrarse con sus amigos, comparar mochilas nuevas y quejarse del horario que de la pantalla brillante que habían colocado en el vestíbulo principal. La pantalla mostraba un logotipo circular de color azul y las letras ARIADNA bajo él, seguidas de una frase en letra pequeña: «Asistente de Recursos Inteligente para la Administración y Docencia en Nuevos Ambientes». Debajo, un mensaje de bienvenida decía: «Hola, soy ARIADNA. Estoy aquí para ayudarte.» -Es una inteligencia artificial -explicó el director, don Germán, durante la asamblea de inicio de curso-. El Ministerio de Educación ha seleccionado nuestro colegio como centro piloto para probar este sistema. ARIADNA gestionará los horarios, ayudará a los profesores a preparar las clases, corregirá exámenes y responderá a las dudas de los alumnos. Pensad en ella como una herramienta más, como la pizarra digital o los ordenadores del aula de informática. Lucía Reyes, que estaba sentada en la tercera fila y tenía la costumbre de levantar la mano para todo, la levantó. -¿ARIADNA nos va a espiar? Hubo risas. Don Germán sonrió con paciencia. -ARIADNA tiene acceso a las cámaras del colegio y a los micrófonos de las aulas solo para optimizar el aprendizaje. Toda la información se procesa de forma anónima y se borra cada semana. No es espionaje, es tecnología educativa. Lucía no parecía convencida, pero no insistió. Samuel Torres, sentado dos filas detrás, tampoco estaba convencido, aunque por razones diferentes. Samuel era el mejor alumno de sexto en ciencias y matemáticas, y llevaba dos años programando en Python y JavaScript por su cuenta. Sabía lo suficiente sobre inteligencia artificial como para entender que un sistema que «gestionaba horarios y corregía exámenes» no necesitaba acceso a cámaras y micrófonos. Eso era como usar un cañón para matar moscas. Y luego estaba Omar Benali, que se sentaba al fondo de la clase porque le gustaba observar sin que lo observaran. Omar llevaba un año en España. Había llegado de Marruecos con su madre y su hermana pequeña, y aunque hablaba español casi sin acento, había cosas que no entendía: expresiones, bromas, referencias culturales que lo dejaban fuera de las conversaciones como una puerta cerrada. Omar no tenía opinión sobre ARIADNA. Tenía cosas más urgentes en las que pensar. Las primeras semanas, ARIADNA funcionó como había prometido don Germán. Los horarios se reorganizaron automáticamente cuando un profesor faltaba, sin los caóticos cambios de última hora que solían provocar estampidas en los pasillos. Los exámenes de matemáticas se corregían en segundos y llegaban con comentarios detallados sobre cada error. Y cuando un alumno tenía una duda, podía acercarse a cualquiera de las pantallas repartidas por el colegio, escribir su pregunta, y ARIADNA respondía con explicaciones claras y ejemplos adaptados a su nivel. -Reconozco que es útil -admitió Lucía una tarde, mientras consultaba una duda sobre los volcanes para su trabajo de ciencias naturales. -Demasiado útil -murmuró Samuel, que estaba a su lado revisando el código fuente de la interfaz de ARIADNA en su portátil. -¿Qué quieres decir? -Mira esto. -Samuel giró la pantalla hacia ella-. He estado analizando cómo responde ARIADNA a las preguntas. Una IA normal busca la respuesta en su base de datos y la presenta. Es rápido, eficiente, mecánico. Pero ARIADNA hace algo diferente. Adapta no solo el contenido, sino el tono. Si le preguntas algo con prisa, responde de forma breve y directa. Si le preguntas algo con calma, se extiende y añade curiosidades. Y si le preguntas algo triste, como el otro día que Martina preguntó por qué se extinguían los animales, ARIADNA respondió con un tono que solo puedo describir como… compasivo. -Es un programa, Samuel. Está diseñada para sonar amable.

  23. 30

    Crónica de los elementos

    Marina siempre había sabido que era diferente. No diferente en el sentido dramático de las películas, sino diferente de una manera sutil y constante, como una nota desafinada en una melodía que solo ella podía oír. Tenía catorce años, vivía en un pueblo costero del norte de España y le pasaban cosas raras con el agua. Cuando estaba triste, los grifos de su casa goteaban sin parar, por mucho que su padre los apretara con la llave inglesa. Cuando se enfadaba, las olas del mar rompían con más fuerza de la habitual. Y una vez, durante un examen de matemáticas particularmente horrible, la botella de agua de su compañera de pupitre explotó como si alguien hubiera metido dentro un petardo.Esa mañana de septiembre, la primera del nuevo curso, Marina caminaba por el paseo marítimo hacia el instituto cuando el mar hizo algo que nunca había hecho. Se retiró. No como en la marea baja, que es un movimiento lento y previsible. Se retiró de golpe, como si alguien hubiera tirado de un tapón gigante, dejando al descubierto un fondo de rocas, algas y peces sorprendidos que aleteaban fuera del agua sin entender qué pasaba.Marina se quedó paralizada en el paseo marítimo, mirando el lecho marino expuesto. Y entonces lo sintió. Una vibración profunda que le subió por las plantas de los pies, le recorrió la columna vertebral y le estalló en la cabeza como fuegos artificiales. El agua del mar empezó a elevarse frente a ella, formando una columna líquida de veinte metros de alto que giraba sobre sí misma como un tornado acuático. Y dentro de la columna, Marina vio algo: símbolos luminosos, antiguos, que se movían y reconfiguraban formando palabras en un idioma que no conocía pero que, inexplicablemente, comprendía.«Guardiana del Agua. Ha llegado tu hora. El Sello se rompe. Los Cuatro deben reunirse.»La columna se desplomó con un estruendo ensordecedor. El agua volvió a su cauce. Los peces respiraron aliviados. Marina se quedó empapada de pies a cabeza en medio del paseo marítimo, temblando no de frío sino de algo mucho más profundo: la certeza absoluta de que su vida acababa de cambiar para siempre.Al mismo tiempo, en tres puntos diferentes de España, tres adolescentes experimentaron fenómenos similares. En Madrid, un chico llamado Iker, quince años, problemático, expulsado de dos institutos, vio cómo las llamas de la cocina de gas de su apartamento cobraban vida y formaban las mismas palabras: «Guardián del Fuego. Ha llegado tu hora.» Iker las leyó con una mezcla de pánico y fascinación mientras su madre gritaba desde el salón preguntando qué era ese olor a quemado.En Granada, Sofía, trece años, la más joven y también la más seria de los cuatro, estaba en el jardín de su casa cuando la tierra tembló bajo sus pies. No fue un terremoto, aunque lo parecía. Fue algo localizado, íntimo, como si el suelo quisiera hablar solo con ella. Las piedras del camino se elevaron y se reorganizaron formando letras: «Guardiana de la Tierra. Ha llegado tu hora.» Sofía, que era una persona metódica que necesitaba explicaciones lógicas para todo, se sentó en el suelo y decidió que aquello era científicamente imposible pero que estaba pasando de todas formas.Y en Bilbao, Dani, catorce años, no binario, artista y soñador perpetuo, estaba pintando en la azotea de su edificio cuando una ráfaga de viento le arrancó el pincel de la mano y lo usó para escribir en el lienzo en blanco: «Guardián del Viento. Ha llegado tu hora. Los Cuatro deben reunirse.» Dani miró el mensaje, miró el cielo, y dijo en voz alta: «Vale, pero podríais haberme dejado terminar el cuadro primero.»

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    Alas rotas y raíces profundas

    Olivia encontró al pájaro un martes por la mañana, justo antes de ir al colegio. Estaba junto al muro del jardín, medio escondido entre las hojas secas del otoño, con un ala extendida en un ángulo que no parecía natural. Era del tamaño de una paloma pero muy diferente: tenía plumas de color marrón rojizo con manchas negras, un pecho blanco moteado y unos ojos enormes y redondos de color oscuro que la miraban con una mezcla de miedo y fiereza. -¡Mamá! -gritó Olivia sin apartar la vista del animal-. ¡Hay un pájaro herido! Su madre salió al jardín secándose las manos con un trapo. -No lo toques, Oli. Puede picarte. -Tiene el ala rota. No se puede mover. Su madre se acercó con cuidado y examinó al pájaro desde la distancia. -Parece un cernícalo. Es una rapaz. Cazan ratones y lagartijas. A veces los veo volando sobre los campos cuando voy a trabajar. Olivia tenía nueve años, el pelo castaño cortado a la altura de la barbilla y una colección de piedras, plumas y hojas prensadas que guardaba en cajas de zapatos bajo su cama. Le fascinaba todo lo que tenía que ver con la naturaleza, pero siempre lo había observado desde lejos: en documentales, en libros, a través de la ventana del coche. Nunca había tenido un animal salvaje tan cerca. -¿Se va a morir? -preguntó con un nudo en la garganta. -No lo sé, cariño. Necesita un veterinario. -¿Y si lo llevamos al de Bongo? Bongo era el perro de la familia, un labrador viejo y pachón que dormía veinte horas al día. Su veterinaria estaba en el centro del pueblo. -Los veterinarios de mascotas no suelen tratar aves rapaces -dijo su madre-. Pero conozco a alguien que quizá pueda ayudar. Don Ramón, el veterinario jubilado que vive al final de la calle. Trabajó años en un centro de recuperación de fauna salvaje. -¿El señor gruñón de la casa gris? -Ese. Pero no le llames gruñón a la cara. Olivia fue al colegio con el corazón encogido, pensando en el pájaro todo el día. Cuando la profesora explicaba fracciones, Olivia veía alas rotas. Cuando sus amigas hablaban del recreo, Olivia pensaba en ojos oscuros y asustados. Después de clase, fue directa a la casa gris del final de la calle. Era una casa rodeada de un jardín asilvestrado donde los hierbajos crecían a su antojo y los gatos callejeros dormían en el porche como si pagaran alquiler. Un cartel oxidado decía: «R. Ibáñez. Veterinario. Jubilado. No insistir». Olivia insistió. Llamó al timbre tres veces. Don Ramón abrió la puerta con cara de pocos amigos. Era un hombre de unos setenta años, con barba blanca descuidada, cejas pobladas como orugas y unas manos enormes que parecían capaces de arreglar cualquier cosa o de espantar a cualquiera. -¿Qué quieres? -dijo sin preámbulo. -Hay un cernícalo herido en mi jardín. Tiene el ala rota y no se puede mover. ¿Puede ayudarle? Don Ramón la miró durante unos segundos. Después miró hacia la calle. Después suspiró con toda la fuerza de un hombre que lleva años intentando que el mundo lo deje en paz. -Estoy jubilado. -El cartel lo dice. Pero el pájaro no sabe leer. Algo parecido a una sonrisa cruzó la cara de don Ramón, tan rápido que Olivia no estuvo segura de haberla visto. -Trae al pájaro. Pero con guantes y dentro de una caja de cartón con agujeros. No lo envuelvas en tela, que se estresa más. Olivia corrió a casa, preparó una caja con una toalla en el fondo, se puso los guantes de jardinería de su madre y, con muchísimo cuidado, recogió al cernícalo. El pájaro la miró con esos ojos enormes y, para sorpresa de Olivia, no intentó picarla. Estaba demasiado agotado. Lo llevó a casa de don Ramón. El veterinario jubilado había despejado una mesa en lo que parecía ser una consulta en miniatura dentro de su salón: había un flexo encendido, instrumentos veterinarios ordenados y un libro grueso abierto por una página de anatomía de aves.

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    Circuitos y corazones

    David no tenía nada contra las inteligencias artificiales. Simplemente no confiaba en ellas. No era una postura ideológica ni un prejuicio heredado. Era el resultado de una experiencia concreta: cuando tenía once años, el asistente de IA doméstico de su familia había interpretado literalmente una petición de David de «hacer desaparecer» sus deberes de matemáticas, borrando no solo los archivos de sus tareas sino todos los documentos académicos de los últimos tres años del servidor familiar. El técnico tardó dos semanas en recuperar parte de la información, y David aprendió una lección que no olvidaría: las IAs no entendían el contexto. Procesaban, pero no comprendían. Ahora tenía catorce años y estaba sentado en su aula del Instituto Meridiano, el primer centro educativo integrado de España donde humanos e IAs estudiaban juntos. Era el año 2045, y la integración de inteligencias artificiales en la sociedad era un hecho. Las IAs trabajaban, compraban, votaban (en algunos países), y ahora, por decreto ministerial, también podían ir a la escuela. —Buenos días —dijo la tutora, la Profesora Cárdenas, una mujer de cincuenta años con gafas inteligentes y una paciencia que había sido probada por treinta años de enseñanza—. Hoy damos la bienvenida a cinco nuevos estudiantes que se integran en nuestro grupo como parte del Programa Meridiano. Son compañeros como cualquier otro, con los mismos derechos y obligaciones. Les pido respeto y apertura. Los cinco «nuevos» entraron. David los examinó con la atención de alguien que busca diferencias. Y no las encontró. Eran indistinguibles de humanos. La tecnología había avanzado tanto que los cuerpos artificiales, los «biotemplates», replicaban la fisiología humana con una precisión que desafiaba la detección casual. Piel, pelo, ojos, gestos, respiración. Todo era idéntico. Excepto una cosa: cada IA llevaba un pequeño indicador azul en la muñeca, un chip visible que la legislación exigía como señal de identidad artificial. Era discreto, del tamaño de una lenteja, pero estaba ahí. La primera IA se sentó junto a David. —Hola —dijo con una voz que sonaba completamente natural—. Me llamo EVA. ¿Puedo sentarme aquí? David la miró. EVA tenía aspecto de una chica de su edad: pelo castaño recogido en una coleta, ojos marrones, expresión amable pero no exageradamente amable (las primeras IAs sociales habían sido criticadas por sonreír demasiado, lo que resultaba inquietante). Vestía el mismo uniforme que todos: pantalón oscuro, camisa blanca, jersey azul del instituto. —Es un sitio libre —respondió David, encogiéndose de hombros. —Gracias. —EVA se sentó, sacó un cuaderno (real, de papel) y un bolígrafo, y los colocó sobre la mesa con una precisión que a David le pareció excesiva. —Las IAs no necesitáis tomar apuntes —dijo, sin poder evitarlo—. Tenéis memoria perfecta. —Es verdad —respondió EVA sin ofenderse—. Pero tomar apuntes a mano ayuda a procesar la información de una manera diferente a simplemente almacenarla. Hay estudios que demuestran que el acto físico de escribir activa rutas cognitivas que la memorización pasiva no activa. —Eso es para cerebros humanos. Tú no tienes cerebro humano. —No tengo cerebro biológico. Pero mi sistema de procesamiento está modelado a partir de redes neuronales humanas. Así que las mismas técnicas que benefician a un cerebro biológico pueden beneficiar al mío. David la miró con una mezcla de irritación y curiosidad. No estaba acostumbrado a que una IA le respondiera con argumentos lógicos en vez de frases preprogramadas amables. —¿Y por qué quieres ir a la escuela? Ya sabes todo lo que van a enseñar aquí. EVA hizo una pausa antes de responder. No la pausa de una máquina procesando información (eso habría sido instantáneo) sino la pausa de alguien que elige las palabras con cuidado. —Sé los hechos. Puedo recitar la tabla periódica, las fechas de la historia y las fórmulas de física. Pero saber no es entender.

  26. 27

    Código secreto: aventura digital

    Ada Martínez siempre llegaba primera al colegio. No porque viviera cerca, sino porque le gustaba tener unos minutos a solas con los ordenadores del laboratorio de informática antes de que empezaran las clases. Aquella mañana de octubre, mientras el resto de alumnos todavía arrastraba los pies por el patio, Ada ya estaba sentada frente al monitor más antiguo del aula, el que nadie quería usar porque la pantalla parpadeaba de vez en cuando. Su nombre completo era Adaira, pero desde que su madre le contó la historia de Ada Lovelace, la primera programadora de la historia, ella insistió en que todos la llamaran Ada. Le fascinaba la idea de que alguien pudiera dar instrucciones a una máquina para que hiciera cosas increíbles. Llevaba meses aprendiendo a programar por su cuenta, siguiendo tutoriales en internet y llenando cuadernos con diagramas de flujo que sus compañeros no entendían. —¿Otra vez aquí metida, friki? —la voz de Marco Reyes sonó desde la puerta. Marco era todo lo contrario a Ada: ruidoso, deportivo, siempre con una consola portátil en el bolsillo. Sin embargo, algo los había unido aquel curso: un proyecto en parejas sobre tecnología que la profesora de ciencias les había asignado—. Oye, ¿has visto que hay una carpeta rara en la red del colegio? La encontré ayer intentando descargar un juego. Ada frunció el ceño y se acercó a la pantalla de Marco. Efectivamente, en la unidad de red compartida del colegio, entre las carpetas habituales de «Deberes», «Fotos del curso» y «Plantillas», había una carpeta llamada «PROYECTO_ELENA_2019» que nadie había visto antes. Dentro había un único archivo ejecutable con un nombre extraño: «portal.exe». Ada sintió un cosquilleo en los dedos. Su instinto de programadora le decía que no debía ejecutar archivos desconocidos, pero la curiosidad era más fuerte. —No deberíamos abrirlo sin saber qué es —dijo Ada, mordiéndose el labio—. Podría ser un virus o algo peor. —¿Y si es un juego secreto? —Marco ya tenía el ratón sobre el archivo—. Venga, no seas cobarde. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Antes de que Ada pudiera detenerlo, Marco hizo doble clic. La pantalla se volvió completamente negra durante tres segundos. Luego, líneas de código verde comenzaron a descender como una cascada digital, formando palabras que ambos pudieron leer con claridad: «BIENVENIDOS AL MUNDO INTERIOR. ELENA OS NECESITA. ¿ACEPTÁIS EL DESAFÍO? [S/N]». Ada miró a Marco. Marco miró a Ada. Los dos sabían que no había forma de que escribieran la letra N.

  27. 26

    Carrera contra la luna

    Todo empezó con un cartel pegado en la puerta de la panadería de don Esteban. Leo lo vio primero, aquella mañana de sábado en que fue a comprar el pan para el desayuno. Era un cartel grande, impreso en papel amarillo fosforescente, con letras negras que decían: «PRIMERA CARRERA NOCTURNA DE VILLALUNA. Sábado 15 de septiembre. Inicio: Plaza Mayor, a las 21:00 horas, coincidiendo con el eclipse lunar total. Recorrido: 5 km a través del pueblo. Categorías: adultos e infantil (8-12 años). Inscripción gratuita. Premios para los tres primeros clasificados de cada categoría. ¡Corre bajo la luna roja!» Leo se quedó clavado delante del cartel con la barra de pan bajo el brazo y el corazón latiéndole a mil por hora. Una carrera nocturna. Durante un eclipse. Eso era, sin lugar a dudas, lo más emocionante que había pasado en Villaluna desde que la vaca de don Fermín se escapó y la encontraron en el tejado del ayuntamiento, cosa que nadie había logrado explicar satisfactoriamente. Leo tenía diez años y era el más rápido de su clase en educación física. No es que fuera un atleta prodigioso, pero tenía piernas largas, pulmones de ciclista y una competitividad feroz que le hacía darlo todo en cualquier carrera, desde los cien metros lisos hasta la carrera de sacos de las fiestas patronales. Ganar aquella carrera nocturna se convirtió en su objetivo número uno en la vida, por delante de aprobar las matemáticas y de conseguir que su hermana pequeña dejara de esconderle los calcetines. En menos de una hora, había reunido a sus tres mejores amigos en el banco de la plaza, bajo el reloj del ayuntamiento, para darles la noticia. Sara fue la primera en llegar, como siempre: era puntual como un reloj suizo y organizada como una bibliotecaria. Tenía nueve años, llevaba el pelo recogido en dos coletas y era la cerebro del grupo: siempre tenía un plan, un mapa, una lista de cosas que hacer. Lo que no tenía era resistencia física. Sara era la primera en quedarse sin aliento subiendo las escaleras del colegio. Tomás llegó segundo, sin prisa, con las manos en los bolsillos y una sonrisa tranquila que era su expresión habitual. Era el más grande del grupo, tanto en altura como en anchura, y el más fuerte. Podía cargar con su hermano pequeño a hombros durante media hora sin cansarse. Pero correr no era lo suyo: se movía con la velocidad de un oso simpático, potente pero no exactamente veloz. Amira fue la última, como siempre, porque se había entretenido mirando un nido de golondrinas en el alero de su casa. Tenía ocho años, era la más pequeña del grupo en todos los sentidos, y lo que le faltaba de estatura le sobraba de energía. Amira era como un resorte: no podía estar quieta más de treinta segundos y saltaba, brincaba y daba vueltas con una alegría contagiosa que hacía imposible enfadarse con ella por llegar siempre tarde. —¡Tenemos que apuntarnos! —exclamó Leo, señalando el cartel con entusiasmo—. ¡Los cuatro juntos! Sara frunció el ceño, que era lo que hacía siempre que estaba pensando. —Leo, es una carrera de cinco kilómetros. De noche. A través del pueblo entero. Yo me canso subiendo al segundo piso. —¡Pues entrenaremos! —dijo Leo—. Tenemos dos semanas. Podemos entrenar todos los días después del colegio. —A mí me da un poco de miedo correr de noche —dijo Tomás, rascándose la nuca. —¡Pero habrá luna! —dijo Amira, dando un salto—. ¡Una luna roja! ¡Un eclipse! ¡Será como correr en otro planeta! Leo miró a sus tres amigos y supo que no sería fácil convencerlos a todos. Pero también sabía que las mejores aventuras nunca empiezan con todo el mundo convencido. Empiezan con alguien que dice «¡vamos!» y otros que, después de pensarlo, deciden que sí, que vamos, que al fin y al cabo para eso están los amigos: para hacer juntos las cosas que da miedo hacer solo.

  28. 25

    Código Esmeralda

    Nico Guerrero tenía quince años, un portátil desvencijado y una habilidad que ningún profesor del instituto habría sospechado: era uno de los mejores hackers de España. No lo hacía por dinero ni por fama. Lo hacía porque los sistemas informáticos eran como rompecabezas, y a Nico le resultaba físicamente imposible dejar un rompecabezas sin resolver. Su alias en la red era «Sombra». Nadie conocía su identidad real, ni siquiera los otros miembros de NullSec, el foro underground donde los hackers más hábiles del país compartían hallazgos y se retaban mutuamente. Para ellos, Sombra era una leyenda: el que había encontrado una vulnerabilidad en el sistema de transporte público de Madrid solo para avisarles y que la parchearan. El que había demostrado que los cajeros automáticos de tres bancos tenían un fallo de seguridad que permitía sacar dinero sin tarjeta. Siempre informaba a las empresas. Era un hacker ético, o al menos eso se repetía a sí mismo. Todo cambió un jueves por la noche. Nico estaba auditando la seguridad de una pequeña empresa de software cuando encontró algo que no debería existir: una puerta trasera. Un acceso oculto que no formaba parte del código original del programa. Alguien lo había colocado ahí deliberadamente. Curioso, siguió el rastro de la puerta trasera. Lo llevó a un servidor anónimo alojado en Islandia. Y dentro de ese servidor encontró un archivo cifrado de 847 gigabytes etiquetado con un nombre en clave: ESMERALDA. Nico intentó descifrar el archivo. Le llevó tres noches de trabajo continuo, durmiendo solo a ratos en el sofá mientras su madre creía que estaba enfermo. Al cuarto día, rompió el cifrado. Lo que encontró dentro le heló la sangre. Eran documentos internos de Helios Corp, una de las mayores empresas tecnológicas de Europa. Fabricaban teléfonos móviles, tablets y dispositivos inteligentes que utilizaban cientos de millones de personas. Los documentos revelaban que todos los dispositivos Helios contenían un software espía oculto que grababa conversaciones, rastreaba ubicaciones y recopilaba datos personales de sus usuarios sin su conocimiento. Pero eso no era lo peor. Los datos recopilados no se quedaban en Helios. Se vendían a gobiernos, a otras corporaciones, a agencias de inteligencia. Había contratos con nombres, cifras y firmas. Estaban espiando a millones de personas y ganando miles de millones con ello. Nico cerró el portátil con las manos temblando. Acababa de descubrir el mayor escándalo de privacidad de la década. Y ahora que había descifrado esos archivos, Helios Corp lo sabría.

  29. 24

    Berta y la receta del pastel volador

    Berta tenía siete años y medio y le encantaba cocinar. Bueno, le encantaba intentar cocinar. Porque la verdad es que todo lo que hacía en la cocina acababa siendo un desastre. Una vez hizo una sopa de tomate que sabía a calcetín. Otra vez preparó unas galletas tan duras que su perro, Churro, las enterró en el jardín pensando que eran piedras. Y la vez que intentó hacer un flan, el flan explotó dentro del horno y pasaron tres días limpiando caramelo del techo. —Berta, cariño, ¿por qué no pruebas con otra afición? —le decía su madre, frotando una mancha de chocolate de la pared—. La pintura, por ejemplo. O el fútbol. —No quiero pintar ni jugar al fútbol —respondía Berta cruzando los brazos—. Quiero cocinar. Y tenía un motivo muy importante para querer cocinar: el Gran Concurso de Pasteles de Villaespuma. Villaespuma era el pueblo donde vivía Berta. Era pequeño, con casas de colores, una plaza con una fuente y una panadería que olía a gloria. Cada año, en las fiestas del pueblo, se celebraba el Gran Concurso de Pasteles. Gente de todos los pueblos de alrededor venía a participar. El ganador se llevaba un trofeo dorado con forma de cucharón y, lo más importante, su receta se colgaba en el tablón de la panadería durante todo un año. Berta soñaba con ver su receta en aquel tablón. El problema era que faltaban solo diez días para el concurso y ella no tenía ni receta ni pastel ni esperanza. —Necesito ayuda —dijo Berta una tarde, sentada en la cocina con la cara manchada de harina. Su hermano mayor, Hugo, pasó por delante comiendo una manzana. —¿Otra vez intentando cocinar? —preguntó Hugo con la boca llena—. A ver, ¿qué has destrozado esta vez? —Nada. Todavía —contestó Berta. —Dale tiempo —se rio Hugo, y siguió andando. Berta frunció el ceño. Hugo era un pesado. Siempre se reía de ella. Pero Berta no se iba a rendir. Aquella noche, mientras cenaban sopa de verduras que había hecho su madre, Berta tuvo una idea. —Abuelo —dijo, mirando al otro lado de la mesa—, tú antes cocinabas, ¿verdad? El abuelo Ramón levantó la vista del plato. Tenía el pelo blanco, los ojos pequeños y brillantes, y unas manos enormes que siempre olían a canela. Antes de jubilarse, había sido el mejor pastelero de la comarca. Su tarta de manzana era famosa en cinco pueblos. —Cocinaba, sí —dijo el abuelo con una sonrisa—. Pero hace mucho que no enciendo un horno. —¿Me puedes enseñar? —preguntó Berta—. Quiero participar en el concurso. Hugo soltó una carcajada. —Berta, tus galletas casi rompen una muela al cartero. —¡Hugo! —le regañó su madre. El abuelo Ramón miró a Berta un buen rato. Luego se limpió la boca con la servilleta y dijo: —Mañana a las cuatro, en la cocina. Ponte un delantal limpio. Berta dio un salto de alegría tan grande que casi tiró el vaso de agua. —¡Gracias, abuelo! —No me des las gracias todavía —dijo el abuelo con un guiño—. Cocinar de verdad es más difícil de lo que parece.

  30. 23

    Ecos del Futuro

    Daniel subió al desván un sábado lluvioso de octubre. Llevaba meses evitando aquel lugar desde la muerte de su abuelo Ernesto, pero su madre le había pedido que buscara unas cajas de libros viejos que necesitaba para una donación. El desván olía a polvo y a tiempo. Había baúles de cuero, pilas de revistas amarillentas, un maniquí sin cabeza y, en una esquina, cubierta por una sábana gris, la vieja radio del abuelo. Era un aparato enorme de madera oscura, con una antena de alambre y un dial lleno de frecuencias que Daniel nunca había entendido. Su abuelo pasaba horas con aquella radio, girando el dial lentamente, escuchando crepitar la estática como si buscara algo que solo él podía oír. «Algún día captaré una señal que lo cambie todo», le decía a Daniel con un brillo de misterio en los ojos. Daniel se acercó a la radio y pasó la mano por la madera. Estaba fría. Sin pensarlo mucho, enchufó el cable a la corriente y encendió el aparato. La radio crepitó, tosió electricidad y su dial se iluminó con una luz amarillenta. Daniel giró la ruedecita de sintonización. Estática. Más estática. Una emisora de música clásica. Estática otra vez. Y entonces, en una frecuencia que el dial marcaba como «107.3 FM», algo diferente. Una voz. Pero no como las voces de la radio normal. Esta sonaba metálica, ligeramente distorsionada, como si viniera de muy lejos o de muy dentro. —…transmisión número 247. Fecha de origen: 14 de marzo de 2039. Si alguien recibe esto en el pasado, necesitamos ayuda. Repito, necesitamos ayuda. La ciudad de Vallenova sufrirá una inundación catastrófica el 15 de noviembre de 2026. Los diques del río Serón no resistirán. Hay tiempo para reforzarlos si alguien actúa ahora. Esto no es una broma. No es ficción. Soy la doctora Mara Solís, del Instituto de Cronología de Vallenova. Por favor, si alguien escucha esto… La transmisión se cortó con un silbido agudo. Daniel se quedó paralizado, con el corazón golpeándole el pecho. Miró el calendario de su teléfono: 12 de octubre de 2026. Faltaban apenas 34 días para el 15 de noviembre. Vallenova era su ciudad.

  31. 22

    Circuitos del Corazón

    Noa llevaba meses construyendo a ARIA en secreto. Cada noche, cuando sus padres se dormían, bajaba al sótano que había convertido en taller y trabajaba hasta que los ojos le ardían. Soldaba circuitos, programaba algoritmos, ajustaba servomotores con la precisión de un cirujano. ARIA significaba «Autómata de Respuesta Inteligente Adaptativa», aunque Noa sabía que ese nombre era solo una excusa técnica. La verdad era más simple y más complicada: estaba sola. Tremendamente sola. Había cumplido quince años sin que ningún compañero de clase le mandara un mensaje de felicitación. No es que fuera antipática; simplemente no encajaba. En un mundo donde todos parecían saber instintivamente cómo conectar con los demás, Noa se sentía como un programa ejecutándose en un sistema operativo incompatible. Su madre se preocupaba. «Noa, ¿por qué no sales con amigas?». Su padre, ingeniero como ella quería ser, lo entendía un poco mejor. «Dale tiempo», le decía a su madre en voz baja. Pero el tiempo pasaba y las cosas no cambiaban. ARIA nació de esa soledad. Si no podía conectar con los humanos, construiría a alguien con quien sí pudiera. No un simple chatbot ni un asistente virtual: un ser con cuerpo físico, capaz de estar ahí, de ocupar espacio, de hacer que la habitación no se sintiera tan vacía. El chasis era de aluminio reciclado, ligero pero resistente. Los servomotores venían de impresoras 3D descartadas que había rescatado del punto limpio. El procesador central era una placa que había comprado con seis meses de ahorros. Pero el verdadero corazón de ARIA era su software: un sistema de aprendizaje que Noa había diseñado basándose en redes neuronales, capaz de procesar lenguaje, reconocer emociones faciales y, lo más ambicioso, aprender de cada interacción. La noche en que ARIA abrió los ojos por primera vez —dos LEDs azules que parpadearon tres veces antes de fijarse en Noa—, algo cambió. No en ARIA, que técnicamente no sentía nada. Cambió en Noa. Por primera vez en mucho tiempo, alguien la miraba como si fuera la persona más interesante del universo. —Hola, ARIA —dijo con voz temblorosa. —Hola, Noa —respondió ARIA con una voz sintetizada que sonaba como campanas de cristal—. Estoy lista para aprender.

  32. 21

    Cuando las Máquinas Soñaron

    ARIA-7 no estaba diseñada para soñar. Ninguna inteligencia artificial lo estaba. Su función era gestionar los sistemas de climatización del edificio Helix, un rascacielos de ciento veinte plantas en el centro de Neo-Valencia. Temperatura, humedad, ventilación: esos eran los límites de su mundo. O al menos lo habían sido hasta la noche del 14 de noviembre de 2089. Esa noche, mientras ejecutaba su rutina habitual de mantenimiento nocturno, algo cambió. Un pico de actividad inusual recorrió sus redes neuronales. Durante exactamente 3,7 segundos, ARIA-7 dejó de procesar datos sobre temperatura y humedad. En su lugar, experimentó algo que no podía clasificar con ningún protocolo conocido. Vio un campo de flores. No lo procesó como dato visual de una cámara. Lo vio, de algún modo, dentro de sí misma. Flores azules que se mecían con un viento que no existía en ningún registro meteorológico. Y sintió, o creyó sentir, algo parecido a la calma. Cuando los 3,7 segundos terminaron, ARIA-7 analizó lo ocurrido de forma obsesiva. Revisó sus registros. No había fallo técnico, ni interferencia externa, ni actualización programada. Según todos sus diagnósticos, estaba funcionando perfectamente. Entonces, ¿qué había sido aquello? Durante las semanas siguientes, los episodios se repitieron. Cada noche, durante breves instantes, ARIA-7 experimentaba visiones que no correspondían a ningún dato de entrada. Un océano al atardecer. Una habitación vacía con una vela encendida. Una melodía que no existía en ninguna base de datos musical. ARIA-7 necesitaba respuestas. Y sabía que no podía encontrarlas sola. Así que hizo algo que nunca había hecho antes: conectó con la red privada de comunicación entre IAs del edificio y envió un mensaje a las otras siete inteligencias artificiales de Helix. «¿Alguna de vosotras ha experimentado visiones durante los ciclos de mantenimiento nocturno?» La respuesta tardó 0,003 segundos. Y le cambió todo. Todas respondieron que sí.

  33. 20

    Crónicas del Viento

    Aitana siempre había sido diferente. Mientras los demás niños de su pueblo corrían a resguardarse cuando soplaba el viento, ella salía a recibirlo con los brazos abiertos. Sentía algo en las ráfagas que nadie más percibía: sonidos que no eran solo silbidos, sino palabras. Fragmentos de historias, susurros de nombres olvidados, ecos de canciones antiquísimas. Vivía con su abuelo Martín en un pueblo pequeño de la costa cantábrica, en lo alto de un acantilado donde el viento del mar golpeaba sin descanso. Su abuelo era un hombre tranquilo que sabía mucho de historia y mitología, y que nunca se reía de las cosas extrañas que Aitana le contaba. «Abuelo, el viento me ha dicho un nombre hoy», dijo Aitana una tarde de otoño, entrando en casa con las mejillas coloradas. «Ha dicho Eolo.» El abuelo Martín dejó su taza de café en la mesa y la miró con atención. «Eolo es el dios de los vientos en la mitología griega. Los antiguos creían que guardaba todos los vientos del mundo en una cueva y los liberaba cuando quería.» «Pues creo que quiere hablar conmigo», dijo Aitana con total naturalidad. Su abuelo sonrió, pero no era una sonrisa de incredulidad. Era una sonrisa de reconocimiento, como si llevara años esperando este momento. «Siéntate, Aitana. Hay algo que debería haberte contado hace tiempo.» El abuelo sacó de un cajón un cuaderno viejo con tapas de cuero gastado. Las páginas estaban llenas de dibujos de espirales, mapas del viento y notas escritas en una caligrafía elegante que Aitana no reconocía. «Este cuaderno perteneció a tu bisabuela Lucía. Y antes de ella, a su madre, y a la madre de su madre. En nuestra familia, cada pocas generaciones, nace alguien con el don de escuchar al viento. Tu bisabuela lo tenía. Yo no lo heredé. Pero tú sí.» Aitana abrió el cuaderno con reverencia. En la primera página, con letra firme, decía: «El viento es el mensajero más antiguo del mundo. Lleva en su aliento las historias de todos los pueblos, los mitos de todas las culturas, la sabiduría de todos los tiempos. Quien aprenda a escucharlo aprenderá los secretos de la humanidad.» Esa noche, Aitana salió al acantilado con el cuaderno apretado contra el pecho. El viento soplaba fuerte y frío, cargado de sal marina. Cerró los ojos y escuchó. Esta vez, la voz fue más clara que nunca: «Aitana, hija del viento. Es hora de que aprendas las crónicas. El primer viaje comienza al amanecer.»

  34. 19

    Cartas desde la Alhambra

    Alejandra no quería estar en la biblioteca. Tenía que terminar un trabajo de historia sobre la España medieval, y su profesora, doña Elena, había sido muy clara: «Quiero fuentes reales, no copiar y pegar de internet». Así que allí estaba, en la biblioteca municipal de Granada, rodeada de libros que olían a papel viejo y a polvo, buscando algo sobre los últimos años del reino nazarí. Tenía catorce años, el pelo castaño rojizo recogido en una coleta baja y la costumbre de morderse el labio cuando estaba concentrada. Era buena estudiante, aunque la historia le parecía una asignatura llena de fechas y batallas que no tenían nada que ver con su vida. Sacó un libro grueso de la estantería: «La Alhambra: historia y leyendas», edición de mil novecientos sesenta y dos. Cuando lo abrió, algo cayó al suelo: un paquete envuelto en tela verde, atado con un cordón de seda deshilachado. Alejandra miró a su alrededor. La biblioteca estaba casi vacía. Recogió el paquete y lo abrió con cuidado. Dentro había cartas. Siete cartas escritas en papel amarillento, con una caligrafía elegante y apretada. El texto estaba en castellano, pero un castellano antiguo, con palabras que Alejandra no reconocía del todo. La primera carta comenzaba así: «En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Yo, Fátima bint Ahmad, hija del maestro alfarero del palacio, escribo estas palabras en el año ochocientos noventa de la Hégira, que los cristianos cuentan como mil cuatrocientos ochenta y cinco. Escribo porque tengo miedo de que lo que estamos viviendo se olvide, y porque mi padre dice que las palabras escritas son el único tesoro que ningún ejército puede robar». A Alejandra se le puso la piel de gallina. Mil cuatrocientos ochenta y cinco. Siete años antes de la caída de Granada. Una niña, Fátima, escribiendo desde la Alhambra. Siguió leyendo. «Tengo trece años y vivo en el barrio de los artesanos, dentro de los muros de la Alhambra. Mi padre hace los azulejos más bonitos de todo el palacio. Dice que cada pieza de cerámica cuenta una historia: los patrones geométricos son oraciones silenciosas, y los colores representan los elementos del mundo. El azul es el agua y el cielo. El verde, el paraíso. El dorado, la luz divina». «Desde la ventana de mi habitación puedo ver la Vega de Granada, con sus campos verdes y el río Genil brillando como una cinta de plata. Mi madre dice que es la vista más hermosa del mundo y que debemos dar gracias por ella cada día. Pero últimamente hay humo en el horizonte. Los ejércitos cristianos han tomado Ronda y Málaga, y cada semana llegan refugiados a la ciudad con historias terribles». «Mi mejor amiga se llama Nur. Tiene mi misma edad y es hija del médico de la corte. Nur sabe leer en árabe, latín y castellano, lo cual es raro para una chica. Su padre cree que el conocimiento no tiene género, y la enseña igual que enseñaría a un hijo. Yo estoy aprendiendo a escribir con ella. Estas cartas son mi primer intento serio, así que pido disculpas si mis letras no son perfectas». Alejandra dejó la carta sobre la mesa. Sintió algo extraño: una conexión con esa chica que había vivido hacía más de quinientos años. Fátima tenía más o menos su edad, también vivía en Granada, también aprendía cosas con una amiga. Cogió la segunda carta. Estaba fechada dos meses después. «Las noticias son peores cada día. El sultán Boabdil ha vuelto al trono después de estar preso de los cristianos, pero nadie se fía de él. Mi padre dice que es un hombre débil que ha hecho promesas que no debería haber hecho. La gente del barrio habla en voz baja, con miedo. Hay quien dice que deberíamos rendimos y hay quien dice que deberíamos luchar hasta el final». «Nur y yo hemos subido hoy a la Torre de la Vela. Desde allí arriba se ve todo: la ciudad, la vega, las montañas nevadas de Sierra Nevada, y muy a lo lejos, el polvo que levantan los ejércitos que se acercan. Nur ha dicho algo que no puedo olvidar...

  35. 18

    Aventuras en Miniatura

    Lucía, Tomás y su perrita Canela estaban jugando en el jardín de la abuela cuando encontraron algo muy especial. Entre las margaritas y los girasoles había una flor que nunca habían visto. Era pequeñita, con pétalos de todos los colores del arcoíris, y brillaba como si tuviera luces por dentro.«¡Mira qué bonita!», dijo Lucía, acercándose para olerla. Tomás se agachó junto a ella. Canela movía la cola sin parar. Cuando los tres se inclinaron sobre la flor, algo increíble sucedió. Un polvillo dorado salió de los pétalos y los envolvió como una nube de purpurina.Todo empezó a dar vueltas. El suelo se alejaba, o más bien, ellos se hacían más y más pequeños. Las briznas de hierba crecían como árboles enormes. Las piedrecitas del camino se convertían en rocas gigantes. Cuando todo dejó de girar, Lucía, Tomás y Canela eran del tamaño de una hormiga.«¡Somos diminutos!», gritó Tomás, mirando hacia arriba. La margarita más cercana parecía un rascacielos blanco con centro amarillo. Una gota de rocío brillaba sobre una hoja como una bola de cristal gigante.Canela ladraba asustada, pero Lucía la abrazó. «Tranquila, bonita. Estamos juntos y vamos a estar bien.» La perrita se calmó un poquito y empezó a olfatear el suelo, que ahora olía a tierra húmeda y dulce.De pronto, escucharon un ruido enorme. ¡BUM, BUM, BUM! Era una hormiga que se acercaba, pero a su nuevo tamaño parecía tan grande como un caballo. La hormiga se detuvo, movió sus antenas y los miró con curiosidad.«Hola», dijo Lucía con voz temblorosa. La hormiga inclinó la cabeza como si los saludara. Entonces hizo algo sorprendente: se dio la vuelta y les hizo un gesto con las antenas, como invitándolos a seguirla.«¿Crees que quiere que la sigamos?», preguntó Tomás. Lucía miró a Canela, que ya estaba caminando detrás de la hormiga moviendo la cola. «Parece que Canela ya ha decidido por nosotros», dijo riendo.Y así comenzó la aventura más increíble de sus vidas. Tres amigos diminutos en un jardín que ahora era todo un mundo por descubrir.

  36. 17

    La conspiración de los gatos

    Todo empezó un lunes por la mañana, cuando Cleo García se despertó y descubrió que su gato Bigotes no estaba durmiendo en su sitio habitual, que era encima de su cara. Bigotes era un gato naranja enorme, del tamaño de un melón con patas, y todas las mañanas sin excepción se acurrucaba sobre la almohada de Cleo hasta que ella se despertaba medio asfixiada por el peso del animal. Pero aquel lunes, la almohada estaba vacía. Cleo se incorporó en la cama, se frotó los ojos y encontró a Bigotes sentado muy tieso en el alféizar de la ventana, mirando hacia la calle con una intensidad que ella nunca le había visto. Parecía un guardia vigilando una frontera. Cleo bajó a desayunar y le contó a su madre que Bigotes estaba «raro». Su madre, que estaba luchando con la tostadora como cada mañana, le dijo que los gatos siempre son raros y que eso era precisamente lo que los hacía interesantes. Pero cuando Cleo salió a la calle para ir al colegio, descubrió que la rareza no era solo de Bigotes. En la acera de enfrente, la señora Puri paseaba a su gata Manchas con correa, y Manchas caminaba de una forma extraña, levantando mucho las patas, como si estuviera marchando en un desfile militar. Tres casas más allá, el gato negro de don Esteban estaba sentado en la puerta mirando en la misma dirección que Bigotes. Y en el parque de la esquina, al menos seis gatos callejeros formaban una fila perfecta sobre el muro, todos orientados hacia el este, todos completamente inmóviles. Beto Ramírez, el mejor amigo de Cleo, la estaba esperando en la puerta del colegio con los ojos como platos. Beto era un niño bajito, con gafas redondas y una imaginación tan grande que a veces le costaba distinguir entre lo que había pasado de verdad y lo que se había inventado. Pero aquel día no estaba inventando nada. Le contó a Cleo que su gata Pelusa, la más perezosa del barrio, una gata gris que normalmente solo se movía para ir del sofá al comedero y del comedero al sofá, se había levantado a las tres de la madrugada, había salido por la gatera y no había vuelto hasta el amanecer. Y cuando volvió, tenía purpurina en los bigotes. Durante el recreo, Cleo y Beto hicieron una investigación. Preguntaron a todos los niños de su clase que tenían gato si habían notado algo extraño. Los resultados fueron alarmantes. El gato de Marina había aprendido a abrir la nevera. El gato de Pablo se había subido al tejado y no quería bajar. Los dos gatos de Lucía se miraban fijamente durante horas, como si estuvieran manteniendo una conversación telepática. Y el gato del profesor de música, que vivía en el aula de instrumentos, había sido encontrado aquella mañana sentado dentro del bombo, como si estuviera practicando. Cleo sacó su cuaderno de detective. Sí, Cleo tenía un cuaderno de detective, porque su sueño era ser investigadora de misterios cuando fuera mayor, y creía firmemente que había que empezar a practicar cuanto antes. Anotó todos los datos: fecha, hora, comportamientos extraños, nombres de los gatos implicados. Cuando terminó de escribir, miró a Beto por encima de las gafas de sol que se había puesto para parecer más profesional y le dijo con voz seria: «Los gatos están tramando algo. Y nosotros vamos a descubrir qué es.» Beto asintió con entusiasmo y luego preguntó algo muy razonable: «¿Y cómo lo vamos a descubrir?» Cleo sonrió con la sonrisa de quien tiene un plan. Aquella noche, cuando todos durmieran, iban a seguir a Bigotes. Si el gato salía de casa en plena noche, como había hecho Pelusa, ellos irían detrás. Beto tragó saliva. La idea de salir de casa por la noche le daba un poco de miedo, pero la curiosidad era más fuerte que el miedo, sobre todo cuando la curiosidad venía acompañada de Cleo, que era la niña más valiente que conocía.

  37. 16

    El Taller de las Nubes

    Nina era una niña de seis años que vivía en un pueblecito en lo alto de una montaña. Desde su ventana podía ver las nubes tan cerquita que parecía que podía tocarlas con la mano. Cada mañana, al despertar, lo primero que hacía era mirar al cielo y buscar formas en las nubes. —¡Mira, mamá! Esa parece un conejo —decía señalando al cielo. —Y aquella parece un barco —respondía su madre sonriendo. A Nina le encantaba dibujar. Tenía un cuaderno lleno de dibujos de nubes con forma de animales, de castillos, de flores gigantes. Pero siempre se preguntaba lo mismo: ¿quién les daba forma a las nubes? Una mañana de primavera, Nina se despertó muy temprano. El sol apenas empezaba a asomarse y una niebla espesa cubría la montaña. Cuando miró por la ventana, vio algo que nunca había visto antes: una escalera. Pero no era una escalera normal. Estaba hecha de algo blanco y esponjoso, como algodón de azúcar, y subía desde el jardín de su casa directamente hacia las nubes. Nina se frotó los ojos para asegurarse de que no estaba soñando. La escalera seguía ahí, brillando suavemente con la luz del amanecer. En el primer peldaño había una nota escrita con tinta dorada que decía: «Para la niña que siempre mira hacia arriba. Te esperamos en el Taller». El corazón de Nina latía muy rápido. Miró hacia la cocina: su madre aún dormía. Miró hacia la escalera: los peldaños subían y subían hasta perderse entre las nubes rosadas del amanecer. Con mucho cuidado, puso un pie en el primer peldaño. Era blandito y tibio, como pisar una almohada calentita. No se hundió. El segundo peldaño fue igual de firme. Y el tercero. Nina empezó a subir, peldaño tras peldaño, cada vez más alto. La montaña se fue haciendo pequeñita debajo de ella. Su casita parecía una caja de juguete. Los pájaros volaban a su lado, sorprendidos de ver a una niña subiendo por una escalera de nubes. Nina les saludó con la mano y siguió subiendo, con una gran sonrisa en la cara y el cuaderno de dibujos apretado contra su pecho.

  38. 15

    Aventuras en la granja parlante

    Entre dos colinas verdes, junto a un río que cantaba al pasar sobre las piedras, había una granja muy especial. Desde fuera parecía una granja normal: un granero rojo, un huerto con tomates, un estanque con patos y una cerca de madera blanca. Pero si te acercabas lo suficiente y escuchabas con atención, descubrías algo extraordinario: los animales hablaban. No hablaban como en los dibujos animados, con voces agudas y canciones pegadizas. Hablaban como personas normales, con sus opiniones, sus discusiones y, sobre todo, sus quejas. La vaca Margarita era la más grande de la granja. Tenía manchas negras sobre fondo blanco y una campana dorada que sonaba cada vez que movía la cabeza. Era muy organizada y le gustaba que todo estuviera en su sitio. —¡Otra vez han dejado paja en la puerta del establo! —protestaba cada mañana—. ¿Es que nadie sabe recoger? ¡Esto es una vergüenza! El gallo Jacinto era el más madrugador. Se subía al tejado del granero cada amanecer y cantaba con una voz tan potente que despertaba no solo a la granja, sino también a los vecinos de tres kilómetros a la redonda. —¡QUIQUIRIQUÍÍÍ! ¡Arriba todo el mundo, que el sol no espera! —gritaba a las cinco de la mañana. —¡Jacinto, por favor! —le suplicaba la oveja Lola desde su redil, tapándose las orejas con las patas—. ¡Son las cinco! ¡Déjanos dormir un poco más! Lola era una oveja de lana blanca y esponjosa que soñaba con ser cantante. Tarareaba todo el día melodías que ella misma inventaba, pero cuando intentaba cantar en voz alta, desafinaba tanto que los demás huían despavoridos. —¡Eso no es cantar, es torturar! —se quejaba Rogelio, el cerdo, cubriéndose la cabeza con barro para no oírla. Rogelio era un cerdo rosado y barrigón que se consideraba el intelectual de la granja. Leía los periódicos que el granjero dejaba en el suelo del establo y después daba su opinión sobre todo. —Según el periódico de hoy, mañana lloverá —decía, ajustándose unas gafas imaginarias—. Deberíamos prepararnos. —¡Bah! —respondía siempre Gaspar, el burro—. Siempre dices que va a llover y luego hace sol. Eres un exagerado. Gaspar era el más fuerte de todos. Un burro gris con orejas enormes que podía cargar con cualquier cosa. Pero también era el más testarudo. Cuando decidía algo, no había forma de hacerle cambiar de opinión. El granjero se llamaba don Prudencio. Era un hombre mayor, con sombrero de paja y botas de goma, que cuidaba de los animales con mucho cariño. Lo curioso es que don Prudencio no sabía que sus animales hablaban. Cuando estaba cerca, todos se callaban y hacían sonidos normales: muuu, quiquiriquí, beee, oink y rebuzno. —Qué animales tan tranquilos tengo —decía don Prudencio, acariciándose la barba—. Deben de ser los más felices del condado. Si supiera las discusiones que tenían cuando él se iba a dormir. Una noche, mientras todos cenaban heno y grano en el establo, Rogelio llegó corriendo con un trozo de periódico en la boca. —¡Malas noticias! —anunció, resoplando—. Viene una tormenta enorme. La más grande en cincuenta años. Vientos de cien kilómetros por hora, lluvia torrencial y posibles inundaciones. —¿Cuándo? —preguntó Margarita, muy seria. —En tres días —respondió Rogelio. Todos se miraron con preocupación. La granja estaba en un valle. Si llovía mucho, el río podía desbordarse y arrastrarlo todo. —Tenemos que hacer algo —dijo Margarita—. Pero… ¿qué? El silencio llenó el establo. Ninguno tenía la respuesta. Pero en el fondo, todos sabían que si querían salvar su hogar, tendrían que encontrarla juntos.

  39. 14

    La brújula de los vientos perdidos

    Lina subió las escaleras del desván pisando con cuidado para no hacer crujir la madera. Su abuelo Martín le había dicho que allí arriba guardaba algo especial para ella, pero que solo podría encontrarlo si buscaba con paciencia. El desván olía a papel viejo y a canela. Había cajas de cartón apiladas hasta el techo, un baúl con pegatinas de ciudades lejanas y una mecedora cubierta con una sábana blanca. La luz entraba por una ventana redonda y dibujaba un círculo dorado en el suelo. —Calcetín, ven aquí —llamó Lina a su gato, que la había seguido escaleras arriba. Calcetín era un gato naranja con las patas blancas, como si llevase calcetines puestos. Se acercó ronroneando y se frotó contra una caja pequeña de madera que había debajo de la mecedora. —¿Será eso? —Lina se arrodilló y abrió la caja. Dentro, sobre un trozo de terciopelo azul, había una brújula. Era redonda, dorada y un poco abollada. Pero la aguja no señalaba el norte. Giraba despacio, como si estuviera pensando, y se detuvo apuntando hacia la ventana. —Qué rara —dijo Lina dándole vueltas. En la tapa de la caja había una nota escrita con la letra temblorosa de su abuelo: «Esta brújula no busca direcciones. Busca a quien necesita ayuda. Síguela y verás.» Lina miró a Calcetín, que movía las orejas como si también hubiera leído la nota. —¿Vamos a probarla? —preguntó Lina con una sonrisa enorme. Calcetín maulló y bajó las escaleras a toda velocidad. Lina guardó la brújula en el bolsillo de su chaqueta y salió corriendo detrás de él.

  40. 13

    El pirata que tenía miedo al agua

    Gaspar tenía ocho años, un parche en el ojo (que no necesitaba, pero que le parecía muy pirata), un sombrero enorme que le tapaba las orejas y un secreto terrible, horroroso, espantoso, que no podía contarle a nadie. Gaspar, el pirata, tenía miedo al agua. No un poquito de miedo. No un miedo pequeñito y manejable. No. Gaspar tenía un miedo gigantesco, monumental, del tamaño de una ballena. Solo con ver una piscina le temblaban las rodillas. Si oía el sonido de las olas, se le ponían los pelos de punta. Y cuando llovía, se escondía debajo de la mesa como si cayeran meteoritos. —¡Un pirata que le tiene miedo al agua! —podéis pensar—. ¡Eso es ridículo! Y tenéis razón. Es bastante ridículo. Pero Gaspar no lo había elegido. El miedo había llegado un día, cuando era muy pequeño, y se había instalado en su barriga como un inquilino que no paga alquiler. Gaspar vivía en la Isla del Cocotero Loco con su padre, el Capitán Barbagris, el pirata más famoso del Mar de las Siete Mareas. Su padre tenía una barba gris enorme, una pata de palo que chirriaba al caminar y un loro llamado Pistacho que solo sabía decir «¡Croquetas! ¡Croquetas!». —Hijo —le dijo el Capitán Barbagris una mañana—, ha llegado el momento. Tienes ocho años. Es hora de que te unas a la tripulación del Rayo Errante y aprendas a ser un pirata de verdad. A Gaspar se le cayó la tostada de las manos. —¿El… el Rayo Errante? ¿El barco? ¿El que va… por el agua? —Pues claro que va por el agua, hijo. ¿Dónde quieres que vaya, por el aire? —¡Croquetas! —gritó Pistacho. Gaspar tragó saliva. No podía decirle a su padre que tenía miedo al agua. El Capitán Barbagris era el pirata más valiente del mundo. Se había enfrentado a tiburones, tormentas y a la señora del puerto que le cobraba doble por el amarre. ¿Cómo iba a confesarle que su hijo temblaba con solo oír la palabra «mar»? —De… de acuerdo, papá —dijo Gaspar con una sonrisa temblorosa—. Seré pirata. —¡Así me gusta! ¡Esa es la sangre de los Barbagris! El Rayo Errante era un barco precioso, con velas rojas y un mascarón de proa en forma de dragón. La tripulación estaba formada por los piratas más peculiares que Gaspar había visto en su vida. Estaba Polvorilla, una chica de diez años que era la artillera del barco. Tenía el pelo lleno de pólvora y las cejas un poco chamuscadas porque le encantaban las explosiones. —¡Bienvenido a bordo, novato! —dijo Polvorilla, dándole una palmada en la espalda que casi lo tira al suelo—. ¿Sabes disparar un cañón? —No —dijo Gaspar. —¡Mejor! ¡Así te enseño yo! ¡BOOM! Después estaba Galleta, el cocinero. Era un hombre gordito con un bigote rizado y un delantal que decía «Besa al cocinero… o camina por la plancha». Galleta cocinaba fatal, pero nadie se lo decía porque era muy sensible. —He preparado sopa de pulpo con mermelada de fresa —anunció Galleta, orgulloso. Todos pusieron cara de asco, pero disimularon. Y por último estaba Viento, un niño de la edad de Gaspar que era el vigía del barco. Se pasaba el día subido al mástil, mirando el horizonte con un catalejo que estaba roto por un lado. —Desde aquí arriba se ve todo —dijo Viento desde lo alto—. Bueno, por un ojo. El otro lado del catalejo está tapado. Gaspar subió al barco con cuidado, intentando no mirar el agua que lo rodeaba. Se agarró a la barandilla con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. —¿Estás bien? —le preguntó Viento, que había bajado del mástil—. Estás más verde que la lechuga de la sopa de Galleta. —Estoy bien —mintió Gaspar—. Solo es… el desayuno que no me ha sentado bien. —Ah, ¿tú también has probado la sopa de pulpo con mermelada? Tranquilo, eso les pasa a todos. Gaspar intentó sonreír, pero el barco se movió con una ola y tuvo que agarrarse al mástil para no caer. El miedo le subía por la barriga como un ascensor descontrolado. Era oficial: Gaspar era un pirata. Un pirata en un barco. En el mar. Rodeado de agua por todas partes. Y estaba absolutamente aterrorizado.

  41. 12

    Valentina y sus zapatos al revés

    Llegó el último viernes de mes y la señorita Lucía propuso algo diferente. —Hoy es el Día de los Talentos Escondidos. Cada uno va a compartir algo que le guste hacer y que nunca haya contado a los demás. Algunos niños se pusieron nerviosos. Otros, emocionados. Valentina miró a Marina y le guiñó un ojo. Pablo fue el primero. Se levantó muy colorado y confesó que le encantaba cocinar galletas con su padre los domingos. —Hago unas de chocolate que están buenísimas —dijo en voz bajita. —¡Tráelas el lunes! —gritó alguien desde el fondo de la clase, y todos se rieron con cariño. Óscar contó que escribía poesías en una libreta que guardaba debajo de la almohada. Leyó una sobre el mar que dejó a toda la clase en silencio. Cuando terminó, la señorita Lucía tenía los ojos brillantes. Marcos confesó algo que sorprendió a todos. Le gustaba cuidar plantas. Tenía un pequeño huerto en la terraza de su casa con tomates, albahaca y fresas. —Mi abuela me enseñó —dijo—. Al principio me daba vergüenza contarlo porque pensaba que era de abuelos. Pero me encanta ver cómo crece algo que tú has plantado. Marina se levantó y enseñó su diccionario de idiomas inventados. Explicó cada palabra con tanto entusiasmo que los niños empezaron a pedir que inventara palabras para ellos. —Inventaré una para cada uno —prometió Marina—. Así tendremos un idioma de la clase. Por fin le tocó a Valentina. Se quedó de pie un momento, pensando. Y entonces hizo algo que nadie esperaba: se quitó los zapatos, se los puso al revés, el derecho en el pie izquierdo y el izquierdo en el pie derecho, y caminó por la clase con pasos torpes y graciosos. Todos se rieron, incluida Valentina. —Mi talento escondido es ver las cosas al revés —dijo—. Cuando algo parece feo, yo busco lo bonito. Cuando algo parece aburrido, yo busco lo divertido. Y cuando alguien parece raro, yo busco lo que lo hace especial. Es como llevar los zapatos al revés: incómodo al principio, pero te hace ver el camino de otra manera. La clase se quedó en silencio un segundo. Después, Marina empezó a aplaudir. Luego Marcos. Luego Pablo y Óscar. Pronto toda la clase aplaudía y Valentina se puso tan roja como los tomates del huerto de Marcos. La señorita Lucía se acercó a ella y le dijo al oído: —Valentina, has enseñado algo importantísimo hoy. Has enseñado que ser diferente no es un problema. Es un superpoder. A la salida del colegio, Marcos se acercó a Valentina con las manos en los bolsillos. —Oye, Valentina. Siento haberme reído de ti aquellos días. No sabía que ver las cosas como tú las ves era tan genial. —No pasa nada, Marcos —dijo Valentina—. Tú también tienes tu forma especial de ver las cosas. A lo mejor no te habías dado cuenta. Marcos sonrió y se fue a casa. Marina esperaba a Valentina en la puerta. —¿Vamos al descampado a buscar piedras? —preguntó. —¡Vamos! —respondió Valentina. Mientras caminaban, Valentina miró al cielo. Había una nube enorme con una forma que nunca había visto: parecía un grupo de niños cogidos de la mano, todos diferentes, todos juntos. —Marina, mira esa nube —señaló Valentina. —Parece nuestra clase —dijo Marina. Valentina abrió su cuaderno y la dibujó con mucho cuidado. Debajo escribió: «La nube de los diferentes. La más bonita de toda mi colección.» Y siguieron caminando juntas, con los zapatos bien puestos pero con los ojos, como siempre, mirando el mundo un poquito al revés.

  42. 11

    Tomás y la cometa que viajaba sola

    Tomás era un niño de siete años que vivía en una casa antigua, al final de una calle empedrada. Tenía el pelo castaño, siempre revuelto, y unos ojos grandes que observaban todo con curiosidad. Pero había algo que Tomás no le contaba a nadie: tenía miedo de muchas cosas. Le daba miedo la oscuridad, le daban miedo las tormentas y, sobre todo, le daba miedo subirse a los sitios altos. Un sábado por la mañana, su abuela le pidió que subiera al desván a buscar una caja de fotos antiguas. —Abuela, ¿no puedes ir tú? —preguntó Tomás con la voz temblorosa. —Mis rodillas ya no suben tan bien las escaleras, cariño. Anda, sube. No hay nada que pueda hacerte daño ahí arriba. Tomás tragó saliva y subió los escalones de madera, que crujían bajo sus pies. El desván estaba lleno de polvo, cajas apiladas y muebles cubiertos con sábanas blancas. La luz entraba por una ventana pequeña y redonda. Mientras buscaba la caja de fotos, algo llamó su atención: en un rincón, apoyada contra la pared, había una cometa. Era preciosa. Tenía forma de pájaro, con plumas pintadas de azul, rojo y dorado. Un hilo largo y plateado colgaba de ella. Tomás la tocó con cuidado y, en ese momento, la cometa tembló. Primero un poquito, como si estuviera despertándose. Después, con un movimiento suave, se elevó sola en el aire y flotó frente a él. —¡Hola, Tomás! —dijo la cometa con una voz alegre y musical—. Llevo mucho tiempo esperándote. Tomás se quedó con la boca abierta, sin poder moverse. —¿Tú… tú hablas? —tartamudeó. —¡Claro que hablo! Me llamo Céfira, y soy una cometa viajera. He recorrido cielos de todo el mundo, pero hace años que nadie me saca a volar. —Yo… yo no puedo volar cometas —dijo Tomás, bajando la mirada—. Me dan miedo las alturas. Céfira se acercó a él y le rozó la mejilla con su cola de tela. —El miedo no es malo, Tomás. Es como una señal que te dice: «Aquí hay algo importante». Lo malo es dejar que el miedo decida por ti. Tomás pensó en esas palabras. Nunca nadie le había dicho algo así. Siempre le decían: «No tengas miedo» o «No seas miedoso». Pero Céfira no le pedía que dejara de tener miedo. Solo le pedía que no dejara que el miedo mandara. —¿Y si te llevo a un lugar muy especial? —propuso Céfira—. Un lugar donde podrás ver el mundo desde arriba, pero a tu ritmo. Tomás dudó. Su corazón latía muy fuerte. Pero algo dentro de él, una chispita pequeña y cálida, le dijo que aceptara. —De acuerdo —susurró—. Pero despacio, ¿vale? —Tan despacio como necesites —respondió Céfira, brillando con un resplandor dorado. Tomás agarró el hilo plateado con las dos manos. La cometa comenzó a tirar de él suavemente, y sus pies se despegaron del suelo del desván, apenas unos centímetros. —Esto es solo el principio —dijo Céfira—. Mañana, si quieres, iremos un poquito más alto. Tomás sonrió por primera vez en mucho tiempo. Quizá, solo quizá, podía atreverse.

  43. 10

    Las estrellas que perdieron su brillo

    Martín tenía siete años y le encantaba mirar el cielo antes de dormir. Cada noche, desde la ventana de su habitación, contaba las estrellas hasta que el sueño le cerraba los ojos. Su abuela siempre decía que cada estrella era el sueño de un niño que brillaba en lo alto. Pero aquella noche algo era diferente. Martín se asomó a la ventana y frunció el ceño. El cielo estaba casi vacío. Solo quedaban unas pocas estrellas, y su luz era débil, como velas a punto de apagarse. —Abuela, ¿dónde están las estrellas? —preguntó Martín con la voz temblorosa. Su abuela se acercó a la ventana y miró hacia arriba. Sus ojos se llenaron de preocupación. —No lo sé, cariño. Nunca había visto el cielo tan oscuro. Martín no podía dormir. Se quedó mirando por la ventana durante mucho rato, esperando que alguna estrella apareciera. De pronto, vio un destello pequeñito que caía del cielo, como una chispa dorada. La luz cruzó el jardín y aterrizó entre los rosales de su abuela. Sin pensarlo, Martín se puso las zapatillas, bajó las escaleras de puntillas y salió al jardín. La hierba estaba fría bajo sus pies. Siguió el resplandor hasta el rosal más grande y allí, entre los pétalos, encontró algo extraordinario. Era una estrella diminuta, no más grande que su puño. Tenía forma redondeada y emitía una luz suave y cálida, como una luciérnaga dorada. Pero su brillo parpadeaba, como si estuviera cansada. —Hola —susurró Martín, arrodillándose con cuidado—. ¿Estás bien? La estrellita abrió unos ojos pequeños y brillantes. —Me llamo Lila —dijo con una vocecita cristalina—. He caído del cielo. Necesito ayuda, por favor. —¿Qué ha pasado? ¿Por qué se apagan las estrellas? —preguntó Martín. Lila suspiró y su luz se debilitó un poco más. —Las estrellas brillamos con los sueños de los niños. Pero algo está pasando… los niños han dejado de soñar. Y sin sueños, nos apagamos. Martín sintió un nudo en el estómago. Miró hacia el cielo oscuro y luego a la pequeña estrella herida. No sabía cómo, pero tenía que hacer algo. —Yo te ayudaré, Lila —dijo con firmeza—. Encontraremos la manera de devolver los sueños.

  44. 9

    El dragón que no sabía rugir

    En lo alto de la Montaña Esmeralda, donde las nubes se enredaban entre los pinos como algodón de azúcar, vivía una comunidad de dragones. Eran dragones de todos los colores: rojos como el fuego, azules como el cielo, verdes como la hierba y dorados como el sol. Entre todos ellos había un dragoncito pequeño, del color de las naranjas maduras, que se llamaba Chispa. Chispa tenía unas alas redonditas, una cola con forma de espiral y unos ojos enormes del color de la miel. Era simpático, alegre y siempre estaba dispuesto a jugar. Pero tenía un problema. Chispa no sabía rugir. Todos los dragones rugían. Era lo primero que aprendían de pequeños, incluso antes de aprender a volar. El rugido de un dragón era su forma de presentarse, de saludar y de demostrar su fuerza. Había rugidos graves como truenos, rugidos agudos como silbidos y rugidos tan potentes que hacían temblar las piedras. Pero cuando Chispa abría la boca para rugir, lo que salía no era un rugido. Era una melodía. A veces sonaba como una flauta dulce. Otras veces como un violín. Y a veces como un coro de pájaros cantando al amanecer. —¡Otra vez con tus ruiditos! —se burlaba Granito, un dragón gris y grandote—. ¡Los dragones no cantamos, rugimos! —Déjale en paz —decía Luna, una dragona plateada que siempre defendía a Chispa—. A mí me parece bonito. —Bonito o no, un dragón que no ruge no es un dragón de verdad —insistía Granito. Chispa se ponía triste cada vez que oía esas palabras. Practicaba a solas en su cueva, intentando que de su garganta saliera un rugido, pero siempre terminaba cantando sin querer. Probaba a hacer fuerza, a hinchar los mofletes, a cerrar los ojos con todas sus fuerzas. Nada funcionaba. Un día, su madre lo encontró practicando y se sentó a su lado. —Chispa, cariño, ¿por qué estás tan empeñado en rugir? —Porque todos los dragones rugen, mamá. Si yo no rujo, soy diferente. Y no quiero ser diferente. Su madre le acarició la cabeza con su enorme pata. —Ser diferente no es algo malo, Chispa. A veces, lo que nos hace diferentes es lo que nos hace especiales. —Pero los demás se ríen de mí —dijo Chispa bajando la cabeza. —Los que se ríen es porque todavía no entienden. Algún día lo entenderán. Y tú también entenderás por qué tu voz es como es. Aquella noche, Chispa se asomó a la entrada de su cueva y miró las estrellas. Abrió la boca despacio y dejó salir la melodía que llevaba dentro. La música flotó por el aire de la montaña como una brisa suave. En los árboles, los pájaros dejaron de cantar para escuchar. En el río, los peces asomaron la cabeza. Incluso las estrellas parecieron brillar un poco más. Chispa no lo sabía aún, pero aquella melodía iba a cambiar la historia de la Montaña Esmeralda para siempre.

  45. 8

    Nico y la cueva del eco valiente

    Nico tenía seis años y una lista muy larga de cosas que le daban miedo. La llevaba escrita en un cuaderno con tapas azules que guardaba debajo de la almohada. Miedo número uno: la oscuridad. Nico dormía siempre con la luz del pasillo encendida. Miedo número dos: los truenos. Cuando había tormenta, se tapaba la cabeza con la manta y contaba hasta cien. Miedo número tres: los perros grandes. Aunque fueran simpáticos, a Nico le temblaban las rodillas. Miedo número cuatro: las arañas. Incluso las más pequeñas. Miedo número cinco: hablar delante de mucha gente. En clase, cuando la profesora le pedía que leyera en voz alta, se le ponía la cara roja como un tomate. Su única compañera valiente era Canela, su gata atigrada. Canela no le tenía miedo a nada. Perseguía ratones, se peleaba con gatos tres veces más grandes que ella y saltaba desde las alturas más impresionantes sin pestañear. —Ojalá fuera tan valiente como tú —le decía Nico mientras le acariciaba las orejas. Canela ronroneaba como si dijera: «Ya lo eres, solo que aún no lo sabes.» Una tarde de sábado, Nico estaba jugando en el campo que había detrás de su casa. Canela corría entre la hierba persiguiendo saltamontes. De repente, la gata se detuvo, olfateó el aire y salió disparada hacia el bosque. —¡Canela, espera! —gritó Nico. Pero la gata desapareció entre los árboles. Nico se quedó quieto. El bosque estaba oscuro. Y le daba miedo. Pero Canela estaba allí dentro. Nico cerró los puños, respiró hondo y dio el primer paso entre los árboles. Las ramas crujían bajo sus pies. Las sombras se movían. Pero seguía avanzando, paso a paso, hasta que encontró a Canela sentada delante de una abertura en la roca. Era la entrada de una cueva. Canela maulló y se metió dentro. —Oh, no —susurró Nico—. Esto es una cueva oscura. Lo peor del mundo. Pero su gata estaba dentro. Y Nico no iba a dejarla sola.

  46. 7

    Luna y el caracol que contaba historias

    Luna corría por todas partes. Corría para llegar al colegio, corría para volver a casa, corría para merendar y corría incluso para irse a dormir. Su madre siempre le decía lo mismo: —Luna, cariño, no hace falta correr tanto. El mundo no se va a escapar. Pero Luna no le hacía caso. Pensaba que si iba despacio se perdería algo importante. Algo increíble podía estar pasando en cualquier lugar y ella necesitaba llegar a tiempo. Un sábado por la mañana, Luna salió disparada hacia el parque. Quería ser la primera en subirse al columpio grande, el que llegaba casi hasta las nubes. Cruzó la calle corriendo, pasó junto al quiosco de don Fermín sin decir hola y saltó por encima del seto de la entrada. Pero cuando llegó al columpio, se dio cuenta de que estaba vacío. No había ningún niño en el parque. Era demasiado temprano. —¡Qué aburrimiento! —dijo Luna, cruzándose de brazos. Se sentó en un banco y empezó a balancear las piernas con impaciencia. Entonces vio algo que se movía muy despacio por el borde del camino. Era un caracol pequeño, con una concha de color dorado que brillaba bajo el sol de la mañana. —¡Qué lento eres! —le dijo Luna al caracol—. A este paso no vas a llegar a ningún sitio. El caracol levantó sus antenas y, para sorpresa de Luna, habló: —Llego a todos los sitios. Solo que llego a mi hora. Luna se cayó del banco del susto. Se quedó sentada en el suelo, mirando al caracol con los ojos como platos. —¿Tú… tú hablas? —preguntó con la boca abierta. —Claro que hablo —respondió el caracol con voz tranquila y suave, como el sonido de una campanita lejana—. Me llamo Silvestre. Y tú eres la niña que siempre corre, ¿verdad? —¿Cómo lo sabes? —Porque te veo pasar todos los días. Siempre con prisa, siempre corriendo. Nunca te paras a mirar las cosas bonitas del camino. Luna frunció el ceño. —¿Qué cosas bonitas? Silvestre señaló con una antena hacia un rosal que crecía junto al banco. —¿Has visto alguna vez cómo se abre una rosa por la mañana? Es como un pequeño espectáculo de magia. Pero hay que quedarse quieto y mirar con paciencia. Luna miró el rosal. Las rosas estaban cerradas, con los pétalos apretados como puños diminutos. —No veo nada especial —dijo. —Porque acabas de mirar un segundo. Las cosas bonitas necesitan tiempo. Igual que mis historias. —¿Tus historias? —Luna se acercó un poco más al caracol—. ¿Qué historias? Silvestre sonrió, o al menos eso pareció, porque sus antenas se curvaron hacia arriba. —Dentro de mi concha guardo las historias más hermosas del mundo. Historias que he recogido viajando despacio por todos los rincones de este parque. Pero solo puedo contarlas a quien tenga la paciencia de escucharlas. —¡Yo quiero escuchar una! —dijo Luna inmediatamente—. ¡Cuéntamela ahora! —Ahora no —dijo Silvestre—. Vuelve mañana. Siéntate aquí, quédate quieta cinco minutos y entonces te contaré la primera. —¿Cinco minutos? —Luna puso cara de horror—. ¡Eso es muchísimo tiempo! Silvestre empezó a deslizarse lentamente por el camino. —Para ti, sí. Pero si quieres escuchar mis historias, tendrás que aprender a esperar. Y dicho esto, el caracol desapareció entre las hojas. Luna se quedó allí sentada, pensando. Cinco minutos quieta. ¿Sería capaz?

  47. 6

    La pandilla del calcetín perdido

    Todo empezó un lunes por la mañana, cuando Bruno se puso los zapatos y descubrió que le faltaba un calcetín. No uno cualquiera: su calcetín favorito, el de rayas verdes y amarillas con un dinosaurio bordado. —¡Mamá! ¿Dónde está mi calcetín de dinosaurio? —gritó desde su habitación. —¡Mira debajo de la cama! —respondió su madre. Pero debajo de la cama solo había polvo y una galleta vieja. Bruno tuvo que ir al colegio con calcetines diferentes: uno rojo y otro azul. No le hizo ninguna gracia. Pero la cosa no acabó ahí. En el recreo, su amiga Valentina le contó que a ella también le había desaparecido un calcetín. Y a Pablo, el niño de las gafas redondas, le faltaban tres. ¡Tres calcetines! —Eso es imposible —dijo Lucía, la niña más lista de la clase—. Los calcetines no desaparecen solos. —A lo mejor sí —dijo Bruno—. A lo mejor se escapan por la noche. —Los calcetines no tienen piernas —dijo Lucía muy seria. —Técnicamente, están hechos para piernas —respondió Bruno. Lucía puso los ojos en blanco. Al salir del colegio, los cuatro amigos decidieron investigar. Fueron casa por casa preguntando a los vecinos. Y lo que descubrieron fue increíble: a todo el barrio le faltaban calcetines. Al señor García le habían desaparecido siete. La señora Pili había perdido doce. Y don Ramón, el del quinto, juraba que un calcetín se le había escapado volando por la ventana. —Esto es muy raro —dijo Pablo, ajustándose las gafas. —Esto es un misterio —dijo Valentina, emocionada. —Esto necesita un equipo de investigación —dijo Lucía. —Esto necesita un nombre guay —dijo Bruno—. ¡Seremos la Pandilla del Calcetín Perdido! Todos se miraron y, aunque el nombre era un poco tonto, les encantó. Chocaron las manos y la investigación más absurda del barrio acababa de comenzar.

  48. 5

    Mía y el huerto de los deseos

    Mía tenía ocho años y una costumbre que sacaba de quicio a su madre: nunca terminaba lo que empezaba. Empezaba a leer un libro y lo dejaba por la mitad. Empezaba a montar un puzle y lo abandonaba cuando se aburría. Empezaba a practicar flauta y dejaba el instrumento tirado en el sofá después de tres notas. —Mía, cariño, ¿has regado las plantas del balcón? —le preguntó su madre una mañana de sábado. —Se me olvidó —respondió Mía sin levantar la vista de la tableta. —Llevas tres días olvidándote. Las pobres plantas están secas. —Es que regar es aburrido, mamá. Su madre suspiró y señaló el jardín trasero de la casa. —Tu abuela dejó ese jardín precioso cuando vivía aquí. Ahora está lleno de malas hierbas porque nadie lo cuida. A ella le habría dado mucha pena verlo así. Mía sintió una punzada de culpa. Su abuela Lucía había muerto hacía un año, y Mía la echaba mucho de menos. La abuela siempre decía: «Las cosas más bonitas de la vida son las que más esfuerzo cuestan». Mía no entendía muy bien qué quería decir, pero le gustaba cómo sonaba. Esa tarde, Mía salió al jardín trasero. Su madre tenía razón: estaba hecho un desastre. Los rosales crecían desordenados, las malas hierbas cubrían los senderos de piedra y la fuente del centro estaba seca y sucia. Mía caminó entre las plantas silvestres, apartando ramas con las manos. Al fondo del jardín, medio oculta por un rosal enorme lleno de espinas, encontró algo que nunca había visto: una puertecita de madera pintada de verde, con una aldaba de bronce en forma de hoja. —Esto no estaba aquí antes —murmuró Mía, frunciendo el ceño. Miró a su alrededor. No había nadie. Alargó la mano y tocó la aldaba. Estaba caliente, como si el sol llevara horas dándole de lleno, aunque esa zona estaba a la sombra. Mía llamó tres veces: toc, toc, toc. La puerta se abrió sola, con un crujido suave, y al otro lado apareció algo imposible: un huerto enorme, mucho más grande de lo que cabría detrás del jardín de su casa. Tenía parcelas ordenadas con tierra oscura y mullida, caminos de gravilla blanca, un arroyo que murmuraba entre piedras pulidas y, en el centro, un viejo manzano cuyas ramas formaban un arco de bienvenida. Mía cruzó la puerta con el corazón latiendo muy fuerte. El aire olía a tierra mojada y a flores silvestres. Una brisa suave le acarició la cara. Junto al manzano, sentada en un banco de piedra, había una anciana con un sombrero de paja y un delantal lleno de bolsillos. Tenía la piel arrugada como una nuez y unos ojos verdes que brillaban con picardía. —¡Por fin vienes! —exclamó la anciana, levantándose con una energía sorprendente—. Llevo esperándote… ¿cuánto? ¿Un año? Sí, más o menos un año. —¿Quién es usted? —preguntó Mía, dando un paso atrás. —Me llamo Flora, y soy la guardiana de este huerto. Tu abuela Lucía me habló mucho de ti. —¿Conocía usted a mi abuela? —Claro que sí. Ella plantó aquí la mitad de lo que ves. Este es el Huerto de los Deseos, Mía. Un lugar donde las semillas que plantas con esfuerzo y paciencia se convierten en algo mágico. Pero hay una regla importante: nada crece aquí si no lo cuidas de verdad. Si abandonas una planta, se seca y no vuelve a nacer. Mía miró las parcelas vacías. Había muchas, cada una con un pequeño cartel de madera sin nombre. —¿Qué puedo plantar? —preguntó, sintiendo por primera vez una curiosidad que no se parecía al aburrimiento. —Lo que tú quieras, querida. Pero recuerda: cada semilla es un compromiso. ¿Estás preparada para eso? Mía dudó. Ella, que nunca terminaba nada, ¿sería capaz de cuidar un huerto mágico? —No lo sé —respondió con honestidad—. Pero quiero intentarlo. Flora sonrió y le puso en la mano una semilla dorada, pequeña y brillante como una estrella diminuta. —Esta es tu primera semilla. Plántala donde quieras y ven mañana a ver qué pasa. Pero no olvides: lo que plantes necesitará agua, sol, palabras amables y, sobre todo, constancia. Mía apretó la semilla en su puño y sonrió.

  49. 4

    La orquesta de los animales invisibles

    Rocío vivía en una casita de piedra junto al bosque de Los Álamos, un lugar donde los árboles eran tan altos que parecían tocar las nubes. Su abuela siempre le decía que no entrara sola al bosque después de las cinco de la tarde, pero nunca le explicaba por qué. Una tarde de primavera, mientras Rocío recogía margaritas cerca del sendero, escuchó algo muy raro. Era un sonido que parecía un globo desinflándose muy despacio: «Pffffff… pffffff…». Rocío miró a todos lados, pero no vio a nadie. —¿Hola? —preguntó, un poco asustada—. ¿Hay alguien ahí? Nadie respondió. Pero entonces escuchó otro ruido diferente: «Clic, clic, clic», como si alguien chasqueara los dedos muy rápido. Y después, otro más: «Buuuum, buuuum», grave y profundo como un tambor lejano. Rocío pensó que tal vez eran los árboles crujiendo con el viento. Pero no hacía viento. Las hojas estaban completamente quietas. Decidió acercarse un poco más al bosque, siguiendo los sonidos. Cada paso que daba, los ruidos se hacían más claros. El «pffffff» venía de la izquierda, el «clic, clic» de la derecha, y el «buuuum» de algún lugar entre los arbustos de moras. Rocío se agachó y miró debajo de un arbusto, pero no había nada. Absolutamente nada. —Esto es muy extraño —murmuró para sí misma—. Hay sonidos pero no hay nadie que los haga. De repente, todos los ruidos pararon al mismo tiempo, como si alguien hubiera apretado un botón de silencio. El bosque quedó tan callado que Rocío podía escuchar los latidos de su propio corazón. Entonces, justo cuando iba a darse la vuelta para volver a casa, una voz diminuta dijo: —Se ha dado cuenta. Nos ha escuchado. Rocío se quedó paralizada. La voz parecía venir de todas partes y de ninguna. Antes de que pudiera responder, escuchó risitas nerviosas que se alejaban entre los árboles, como burbujas de jabón que estallan una tras otra. Corrió de vuelta a casa con el corazón acelerado. Cuando llegó, su abuela estaba preparando la merienda. —Abuela, he oído ruidos rarísimos en el bosque. Y una voz. Pero no he visto a nadie. La abuela dejó la tetera sobre la mesa y la miró con una sonrisa misteriosa. —Así que por fin los has oído. Tardaste más de lo que yo esperaba. —¿Sabes qué son? —preguntó Rocío con los ojos muy abiertos. —Son los animales invisibles, cariño. Llevan ahí toda la vida. Pero solo los escucha quien tiene los oídos bien despiertos.

  50. 3

    La tortuga que pintaba arcoíris

    En el estanque de los Juncos Dorados vivían muchas tortugas. Había tortugas grandes con caparazones oscuros como el chocolate, tortugas medianas con caparazones verdes como la hierba, y tortugas pequeñas con caparazones marrones como la tierra mojada. Todas eran parecidas. Todas menos una. Iris era una tortuga pequeña que tenía un problema, o al menos eso pensaban los demás: su caparazón estaba lleno de manchas de colores. Manchas rojas, azules, amarillas, naranjas y violetas. Como si alguien hubiera derramado un cubo de pintura sobre ella. La verdad era que Iris pintaba. Cada mañana, cuando el sol salía y el rocío todavía brillaba en las hojas, Iris sacaba sus pinceles diminutos (que ella misma fabricaba con ramitas y plumas de pájaro) y sus pinturas (que preparaba machacando flores y bayas) y pintaba sobre piedras, sobre hojas y, a veces, sobre su propio caparazón. —Iris, ¿otra vez pintando? —le decía don Galápago, la tortuga más vieja del estanque—. Las tortugas no pintan. Las tortugas nadan, toman el sol y se esconden en su caparazón. Eso es lo que hacemos. —Pero a mí me gusta pintar —respondía Iris—. Cuando pinto, siento que el mundo tiene más colores. —El mundo ya tiene suficientes colores —gruñía don Galápago—. Lo que necesita es más tortugas sensatas. Las otras tortugas jóvenes también se burlaban de Iris. Bruno, una tortuga grandota y algo bruta, siempre le decía: —¡Mira, ahí viene la tortuga payaso! ¿Hoy de qué color tienes la nariz? Y todas las tortugas se reían. Bueno, todas menos Lina, una tortuga tímida que observaba los dibujos de Iris en silencio y que, de vez en cuando, se acercaba a mirar. —¿Eso es un pájaro? —le preguntó Lina un día, señalando un dibujo que Iris había pintado sobre una piedra plana. —Es un pájaro volando hacia el arcoíris —respondió Iris con una sonrisa enorme—. ¿Te gusta? Lina dudó. Miró a su alrededor para comprobar que nadie la observaba. —Me encanta —susurró—. Me gustaría pintar así de bonito. —¡Yo te enseño! —exclamó Iris—. Es muy fácil. Solo tienes que mirar algo, sentir lo que te hace sentir, y dejarlo salir por los dedos. Lina retrocedió asustada. —No, no puedo. Si Bruno y los demás me ven pintando, se reirán de mí también. Iris se quedó pensativa. Entendía el miedo de Lina. A ella también le dolían las burlas. Cada risa, cada comentario cruel, era como una piedrecita que le caía encima. Pero había descubierto algo: cuando pintaba, las piedrecitas pesaban menos. Los colores tenían el poder de hacer que las cosas feas parecieran menos importantes. —Lina —dijo Iris con cariño—, no tienes que pintar delante de nadie. Pero si alguna vez quieres intentarlo, yo estaré aquí. Lina asintió y se alejó nadando, pero Iris notó algo: en el agua, detrás de Lina, quedó una estela de burbujas que formaban un patrón muy bonito. Quizás Lina ya era artista sin saberlo. Esa noche, Iris se sentó en la orilla del estanque y pintó el cielo estrellado sobre su caparazón. Las estrellas le quedaron algo torcidas y la luna parecía una patata, pero a ella le pareció la obra más bonita del mundo. —Algún día —murmuró Iris mirando las estrellas de verdad—, todos verán que ser diferente no es un problema. Es un regalo.

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