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EPISODE · May 28, 2026 · 25 MIN

El laberinto de las palabras

from Relatia Podcast · host Relatia.es

Hugo odiaba los libros. No porque fuera tonto, aunque a veces la mirada condescendiente de algunos profesores le hacía sentir que lo pensaban, sino porque cada vez que abría uno, las letras empezaban a bailar. La p se convertía en q, la b en d, las palabras se retorcían y cambiaban de forma como serpientes tipográficas que se burlaban de sus esfuerzos. Tenía catorce años, sacaba buenas notas en matemáticas y ciencias, podía desarmar y montar un motor de bicicleta con los ojos cerrados, pero leer un párrafo le costaba más esfuerzo que a la mayoría de sus compañeros leer un capítulo entero. Dislexia, lo llamaban los especialistas. Hugo lo llamaba su maldición personal. Aquella tarde de noviembre, Hugo estaba en la biblioteca de su abuelo Martín, un lugar que normalmente evitaba como la peste. La biblioteca ocupaba toda la planta baja de la vieja casa del abuelo en Toledo, con estanterías de roble que llegaban hasta el techo, escaleras corredizas para acceder a los estantes más altos y un olor a papel viejo y cuero que impregnaba hasta las paredes. El abuelo Martín había sido profesor de literatura en la universidad y poseía una colección de más de diez mil libros, incluidos algunos volúmenes tan antiguos que sus páginas parecían a punto de desintegrarse al tocarlas. Hugo estaba allí porque su madre le había pedido que buscara un libro específico que el abuelo quería: un viejo diccionario enciclopédico del siglo XIX que supuestamente estaba en la estantería del fondo. El abuelo, que a sus ochenta y dos años ya no podía subir escaleras, lo esperaba en el piso de arriba. Hugo recorría los pasillos de libros con desgana, leyendo a duras penas los lomos, cuando algo llamó su atención en el estante más bajo de la última estantería. Era un libro pequeño, encuadernado en un cuero rojo oscuro tan gastado que parecía piel humana, sin título visible en el lomo. Lo sacó del estante y lo abrió. Las páginas estaban escritas en una caligrafía antigua, con una tinta que cambiaba de color según el ángulo desde el que la miraras: negra de frente, dorada de lado, azul desde arriba. Hugo no podía leer el texto, por supuesto; las letras bailaban con más intensidad que nunca, girando y saltando sobre el papel como si estuvieran vivas. Pero entonces ocurrió algo que no le había pasado jamás: las letras se salieron de la página. Literalmente. Una A mayúscula, roja y con patas como las de una araña, trepó por el borde de la página y se posó en su dedo índice. Hugo gritó y soltó el libro, pero fue demasiado tarde. El suelo de la biblioteca desapareció bajo sus pies. O quizás fue Hugo quien desapareció de la biblioteca; nunca estuvo seguro. Lo que sintió fue una caída vertiginosa, como si alguien hubiera abierto una trampilla debajo de él, y un remolino de letras, sílabas y frases completas lo envolvió como un tornado tipográfico. Las palabras le golpeaban la cara, le agarraban la ropa, le susurraban al oído en un idioma que no era exactamente español pero que, de alguna forma, entendía: «Bienvenido al Laberinto. Bienvenido, Hugo. Te estábamos esperando.» Cuando el remolino se detuvo, Hugo se encontró de pie en un lugar imposible. Estaba en un corredor largo y estrecho cuyos muros estaban hechos enteramente de letras: millones de letras apiladas como ladrillos, algunas grandes como su cabeza, otras diminutas como hormigas, todas de colores diferentes y todas ligeramente vibrantes, como si respiraran. El suelo era una alfombra de signos de puntuación: comas, puntos, punto y coma, guiones, todos blandos y mullidos bajo sus pies como arena de playa.

Hugo odiaba los libros. No porque fuera tonto, aunque a veces la mirada condescendiente de algunos profesores le hacía sentir que lo pensaban, sino porque cada vez que abría uno, las letras empezaban a bailar. La p se convertía en q, la b en d, las palabras se retorcían y cambiaban de forma como serpientes tipográficas que se burlaban de sus esfuerzos. Tenía catorce años, sacaba buenas notas en matemáticas y ciencias, podía desarmar y montar un motor de bicicleta con los ojos cerrados, pero leer un párrafo le costaba más esfuerzo que a la mayoría de sus compañeros leer un capítulo entero. Dislexia, lo llamaban los especialistas. Hugo lo llamaba su maldición personal. Aquella tarde de noviembre, Hugo estaba en la biblioteca de su abuelo Martín, un lugar que normalmente evitaba como la peste. La biblioteca ocupaba toda la planta baja de la vieja casa del abuelo en Toledo, con estanterías de roble que llegaban hasta el techo, escaleras corredizas para acceder a los estantes más altos y un olor a papel viejo y cuero que impregnaba hasta las paredes. El abuelo Martín había sido profesor de literatura en la universidad y poseía una colección de más de diez mil libros, incluidos algunos volúmenes tan antiguos que sus páginas parecían a punto de desintegrarse al tocarlas. Hugo estaba allí porque su madre le había pedido que buscara un libro específico que el abuelo quería: un viejo diccionario enciclopédico del siglo XIX que supuestamente estaba en la estantería del fondo. El abuelo, que a sus ochenta y dos años ya no podía subir escaleras, lo esperaba en el piso de arriba. Hugo recorría los pasillos de libros con desgana, leyendo a duras penas los lomos, cuando algo llamó su atención en el estante más bajo de la última estantería. Era un libro pequeño, encuadernado en un cuero rojo oscuro tan gastado que parecía piel humana, sin título visible en el lomo. Lo sacó del estante y lo abrió. Las páginas estaban escritas en una caligrafía antigua, con una tinta que cambiaba de color según el ángulo desde el que la miraras: negra de frente, dorada de lado, azul desde arriba. Hugo no podía leer el texto, por supuesto; las letras bailaban con más intensidad que nunca, girando y saltando sobre el papel como si estuvieran vivas. Pero entonces ocurrió algo que no le había pasado jamás: las letras se salieron de la página. Literalmente. Una A mayúscula, roja y con patas como las de una araña, trepó por el borde de la página y se posó en su dedo índice. Hugo gritó y soltó el libro, pero fue demasiado tarde. El suelo de la biblioteca desapareció bajo sus pies. O quizás fue Hugo quien desapareció de la biblioteca; nunca estuvo seguro. Lo que sintió fue una caída vertiginosa, como si alguien hubiera abierto una trampilla debajo de él, y un remolino de letras, sílabas y frases completas lo envolvió como un tornado tipográfico. Las palabras le golpeaban la cara, le agarraban la ropa, le susurraban al oído en un idioma que no era exactamente español pero que, de alguna forma, entendía: «Bienvenido al Laberinto. Bienvenido, Hugo. Te estábamos esperando.» Cuando el remolino se detuvo, Hugo se encontró de pie en un lugar imposible. Estaba en un corredor largo y estrecho cuyos muros estaban hechos enteramente de letras: millones de letras apiladas como ladrillos, algunas grandes como su cabeza, otras diminutas como hormigas, todas de colores diferentes y todas ligeramente vibrantes, como si respiraran. El suelo era una alfombra de signos de puntuación: comas, puntos, punto y coma, guiones, todos blandos y mullidos bajo sus pies como arena de playa.

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El laberinto de las palabras

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That Hoarder: Overcome Compulsive Hoarding That Hoarder Hoarding disorder is stigmatised and people who hoard feel vast amounts of shame. This podcast began life as an audio diary, an anonymous outlet for somebody with this weird condition. That Hoarder speaks about her experiences living with compulsive hoarding, she interviews therapists, academics, researchers, children of hoarders, professional organisers and influencers, and she shares insight and tips for others with the problem. Listened to by people who hoard as well as those who love them and those who work with them, Overcome Compulsive Hoarding with That Hoarder aims to shatter the stigma, share the truth and speak openly and honestly to improve lives. The Small Business Startup School – Business Notes | Financial Literacy | Retail Psychology – For Professionals & Entrepreneurs The Small Business Startup School Inc. Starting or buying a small business? While personal circumstances may vary, business patterns remain timeless. On The Small Business Startup School, we explore strategies, insights, and practical solutions to help entrepreneurs confidently navigate their journey.Hosted by Ola Williams—a retail entrepreneur, fintech founder, and financial coach with over two decades of experience—this podcast marries financial awareness and retail psychology with optimism to deliver actionable takeaways.Join us to learn, grow, and connect as we uncover the keys to business success.Let’s continue to learn together and be encouraged to keep on connecting! DIOSA. Carolina Sanper This podcast is a sacred space created by Carolina Sanper where you connect with your inner wisdom and embody your magnetic feminine power.It is the realization that the mystical realm is where you plant the seeds of your desired reality.It is a portal to your true essence: awareness, presence, and receiving with ease. Welcome home, DIOSA. 🖤 XXX Tech by SOVRYN Dr. Brian Sovryn The crossroads between technology, sensuality, and metaphysics - and the longest running anarchist podcast in the world! Brought to you by Dr. Brian Sovryn.

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How long is this episode of Relatia Podcast?

This episode is 25 minutes long.

When was this Relatia Podcast episode published?

This episode was published on May 28, 2026.

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Hugo odiaba los libros. No porque fuera tonto, aunque a veces la mirada condescendiente de algunos profesores le hacía sentir que lo pensaban, sino porque cada vez que abría uno, las letras empezaban a bailar. La p se convertía en q, la b en d, las...

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