EPISODE · Jun 7, 2026 · 9 MIN
Evangelio Diario 7 de Junio X Domingo Ordinario Mons Enrique Diaz Diaz
from El podcast de #DeDosEnDos · host DeDosEnDos Comunidad Digital De Evangelizacion
X Domingo Ordinario Oseas 6, 3-6: “Yo quiero amor y no sacrificios” Salmo 49: “Dios salva al que cumple su voluntad” Romanos 4, 18-25: “Su fe se robusteció y dio con ello gloria a Dios” San Mateo 9, 9-13: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” “Esforcémonos por conocer al Señor…” con esta invitación de Oseas la liturgia de este día nos lanza en la búsqueda de Dios. ¿Pero de verdad nos acercamos a conocer a Dios? El conocimiento en el sentido bíblico implica una relación estrecha, íntima y profunda de la persona. Quizás el pecado de la actualidad será que conocemos muy poco a Dios y que no hemos tenido una experiencia directa de Él más que unas cuantas ideas. Es una tarea más del corazón que de la mente que requiere más amar que comprender. Ya lo dice el mismo Dios: “Yo quiero amor y no sacrificios”. Y nosotros muchas veces quedamos sólo en superficialidades y ritos externos. Sin embargo es el Señor quien más se interesa en buscarnos y en encontrarnos como nos lo asegura San Mateo cuando nos narra como el Señor lo mira con misericordia y lo llama. El llamado de Mateo podría parecernos igual que el de los otros discípulos, pero éste tiene unos rasgos especiales: es el mismo Mateo quien lo narra y es él mismo quien se califica como un pecador y publicano. Un cobrador de impuestos era mal visto por el pueblo judío, como un traidor a la patria. Los impuestos iban a parar a las arcas del imperio romano; los frutos de la tierra prometida lejos de alimentar al pueblo escogido, sostenían a un imperio pagano y opresor. Mateo estaba al servicio de este imperio y daba la espalda al sufrido pueblo judío. No es difícil imaginar entonces, el desprecio y repudio que manifiestan los fariseos cuando Jesús lo llama y propicia una comida con Mateo y sus amigos. Jesús rechaza esta discriminación y marginación de los pecadores. Él, que es verdaderamente el Santo, se sienta a la mesa con ellos, convive con ellos, ciertamente no para participar de sus injusticias o sus pecados, sino para invitarlos a seguirlo y construir su Reino. Esto no lo entienden los fariseos quienes se daban baños de santidad y pretendían cuidar la pureza de la ley y las costumbres. No entienden la misión de Jesús que va más allá de legalismos, de fronteras y divisiones. Tiene la tarea de proclamar la Buena Nueva de un evangelio universal y de construir un Reino donde caben todos los hermanos. A esto invita a Mateo, no porque sea muy bueno o muy sabio, sino porque Jesús, que sí es todo bondad y santidad, ha venido a llamar y a buscar a todos, empezando por los pecadores. En casa de Mateo, “muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos”. Se ha creado una sola mesa donde no hay distinciones, donde no hay divisiones, sino una mesa que es signo del Reino anunciado por Jesús, fundado en la misericordia y en la fraternidad. Para los fariseos es motivo de escándalo. Ellos evitan todo contacto con quien pueda contaminarlos, con los impuros, con los pecadores y los publicanos. Quien se siente perfecto y santificado, rechaza y se aísla de sus hermanos, despreciándolos e ignorándolos. Por desgracia entre nosotros encontramos con frecuencia estas actitudes. Es muy fácil creer que se tiene la razón, cerrarse al
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X Domingo Ordinario Oseas 6, 3-6: “Yo quiero amor y no sacrificios” Salmo 49: “Dios salva al que cumple su voluntad” Romanos 4, 18-25: “Su fe se robusteció y dio con ello gloria a Dios” San Mateo 9, 9-13: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” “Esforcémonos por conocer al Señor…” con esta invitación de Oseas la liturgia de este día nos lanza en la búsqueda de Dios. ¿Pero de verdad nos acercamos a conocer a Dios? El conocimiento en el sentido bíblico implica una relación estrecha, íntima y profunda de la persona. Quizás el pecado de la actualidad será que conocemos muy poco a Dios y que no hemos tenido una experiencia directa de Él más que unas cuantas ideas. Es una tarea más del corazón que de la mente que requiere más amar que comprender. Ya lo dice el mismo Dios: “Yo quiero amor y no sacrificios”. Y nosotros muchas veces quedamos sólo en superficialidades y ritos externos. Sin embargo es el Señor quien más se interesa en buscarnos y en encontrarnos como nos lo asegura San Mateo cuando nos narra como el Señor lo mira con misericordia y lo llama. El llamado de Mateo podría parecernos igual que el de los otros discípulos, pero éste tiene unos rasgos especiales: es el mismo Mateo quien lo narra y es él mismo quien se califica como un pecador y publicano. Un cobrador de impuestos era mal visto por el pueblo judío, como un traidor a la patria. Los impuestos iban a parar a las arcas del imperio romano; los frutos de la tierra prometida lejos de alimentar al pueblo escogido, sostenían a un imperio pagano y opresor. Mateo estaba al servicio de este imperio y daba la espalda al sufrido pueblo judío. No es difícil imaginar entonces, el desprecio y repudio que manifiestan los fariseos cuando Jesús lo llama y propicia una comida con Mateo y sus amigos. Jesús rechaza esta discriminación y marginación de los pecadores. Él, que es verdaderamente el Santo, se sienta a la mesa con ellos, convive con ellos, ciertamente no para participar de sus injusticias o sus pecados, sino para invitarlos a seguirlo y construir su Reino. Esto no lo entienden los fariseos quienes se daban baños de santidad y pretendían cuidar la pureza de la ley y las costumbres. No entienden la misión de Jesús que va más allá de legalismos, de fronteras y divisiones. Tiene la tarea de proclamar la Buena Nueva de un evangelio universal y de construir un Reino donde caben todos los hermanos. A esto invita a Mateo, no porque sea muy bueno o muy sabio, sino porque Jesús, que sí es todo bondad y santidad, ha venido a llamar y a buscar a todos, empezando por los pecadores. En casa de Mateo, “muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos”. Se ha creado una sola mesa donde no hay distinciones, donde no hay divisiones, sino una mesa que es signo del Reino anunciado por Jesús, fundado en la misericordia y en la fraternidad. Para los fariseos es motivo de escándalo. Ellos evitan todo contacto con quien pueda contaminarlos, con los impuros, con los pecadores y los publicanos. Quien se siente perfecto y santificado, rechaza y se aísla de sus hermanos, despreciándolos e ignorándolos. Por desgracia entre nosotros encontramos con frecuencia estas actitudes. Es muy fácil creer que se tiene la razón, cerrarse al
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