EPISODE · Sep 14, 2024 · 6 MIN
Homo supersticius. El origen de algunas supersticiones
from PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM
Homo supersticius. El origen de algunas supersticiones Elsa Pataky llevó calcetines de diferentes colores en una de sus primeras audiciones en Hollywood. Con los nervios y las prisas, se puso los primeros que encontró. La audición le fue genial. En el siguiente casting decidió lucir calcetines emparejados y la prueba le salió fatal. A partir de ese momento, ella llevaría calcetines de distinto color a las audiciones porque le dan buena suerte. Una de las principales motivaciones de la mente humana es la necesidad de encontrar asociaciones entre distintos eventos o patrones. Para anticiparnos a la realidad. La selección natural ha favorecido la búsqueda de relaciones causa-efecto. Para promover la supervivencia y la reproducción. Somos buscadores compulsivos de conexiones, de patrones que se repitan…futurólogos intuitivos. Nuestro sistema cognitivo sufre con la ambigüedad o la incertidumbre. Las supersticiones son el lado oscuro de esta tendencia predictiva. Nos hace asociar eventos que no guardan relación alguna. Hemos visto que el aprendizaje de asociaciones es una piedra angular para movernos por el mundo. Pero con las supersticiones, se pasan de largo, pecan por exceso. Skinner hizo un acercamiento científico a la conducta supersticiosa en 1948. Realizó su famoso estudio con las palomas. Programó que la dispensación de comida ocurriera, de manera automática, cada quince segundos. Hicieran lo que hicieran, las palomas recibirían alimento en ese intervalo. Transcurrido un tiempo, el científico comprobó que la mayoría de las aves habían desarrollado rituales supersticiosos para conseguir la comida. Una paloma daba vueltas sobre sí misma. Otras movían la cabeza de un lado a otro y otra picoteaba el suelo. Este fenómeno se llamó: condicionamiento adventicio. Es decir, que los animales aprendieron en función de las consecuencias positivas o negativas. Con los humanos se han dado resultados similares en aquellas tareas donde establecemos conexiones ficticias entre acontecimientos. Hay todo un campo de estudio en psicología dedicado a las ilusiones de causalidad. Incluso, se ha relacionado con la proliferación de terapias alternativas. Cuando creamos una conexión causal entre dos eventos, el sesgo de confirmación nos ayuda a mantener esa ilusión. Tendemos a prestar más atención a los sucesos que confirman nuestras creencias. Siempre que lavo el coche, llueve. El repartidor siempre llama cuando no estoy en casa. Olvidamos con facilidad las numerosas veces en las que no se cumplieron esos pensamientos. Otro mecanismo es el de la profecía autocumplida. La propia creencia en una predicción puede hacer que se convierta en realidad por nuestras acciones. Si obligásemos a Elsa Pataky a llevar calcetines del mismo color a su próxima audición, lo pasaría fatal. Incluso, podría afectar a su rendimiento. Muchos deportistas, cantantes o intérpretes acumulan sus manías, rituales y supersticiones. Bastantes tienen la característica común de que son fáciles de cumplir. Tocar madera, pasar por debajo de una escalera, no brindar con agua, cruzar los dedos, son actos sencillos. Y funcionan gracias al pensamiento de: por si acaso. La conducta supersticiosa lo tendría más difícil si tuvieran que hacer quinientas flexiones antes de mirarse al espejo. Bastantes supersticiones forman parte del acervo cultural, de las costumbres de una sociedad. Tienen raíces milenarias. Por ejemplo: Tocar madera proviene de las antiguas creencias celtas sobre las almas que habitaban en los árboles. Los gatos negros se asociaron a las brujas durante la Edad Media, aunque en Escocia son un símbolo de buena suerte. Como vemos en ese ejemplo, las supersticiones son algo cultural. Buenas para algunos y malas para otros. El número trece ha tenido muy mala prensa. Muchos edificios omiten el botón con el número trece en sus ascensores. Su origen podría estar relacionado con Judas Iscariote. El comensal número trece en la Última Cena. En resumen, la evolución nos ha dotado de un arsenal de atajos cognitivos para procesar grandes cantidades de información y tomar decisiones rápidas. Muchas veces, partiendo de datos parciales y ambiguos. En cambio, el ejercicio del pensamiento lógico y razonado requiere de un mayor esfuerzo. Disciplinar a nuestra mente para prevenir las falacias y los sesgos del pensamiento humano. Ambos sistemas de pensamiento viven en nosotros. Por un lado, ese sistema intuitivo y automático que deriva en sesgos y falacias de pensamiento. Y, en el otro, el sistema analítico y reflexivo, más lento y costoso. Sabemos que en las mentes de las personas más brillantes han residido creencias irracionales o supersticiones absurdas. La superchería sigue ahí, cuando nos quitamos la bata de científico, el traje de la oficina, el vestido o el chándal del gimnasio. Crucemos los dedos y toquemos madera para que la razón no nos abandone nunca.
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