EPISODE · May 27, 2025 · 5 MIN
Los escalofriantes experimentos de resurrección de Sergei Brukhonenko
from PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM
Los escalofriantes experimentos de resurrección de Sergei Brukhonenko —Antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, el mundo asistió atónito a una escena que parecía de ciencia ficción. Más de mil científicos de Manhattan observaban en silencio una película enviada desde la Unión Soviética. Lo que veían era perturbador: la cabeza de un perro, separada de su cuerpo, estaba viva. Parpadeaba. Reaccionaba. Parecía consciente. Si eso era real, significaba una cosa: los soviéticos habían aprendido a resucitar a los muertos. El cerebro detrás de este inquietante experimento era Sergei Brukhonenko, un médico soviético que acabaría recibiendo el premio Lenin. Lo más curioso es que su carrera profesional no había empezado precisamente con la resurrección. Se dedicaba al estudio de enfermedades infecciosas como la malaria. Pero un hallazgo lo cambió todo. Descubrió que un medicamento, el Suramín, hacía que la sangre no coagulara. La sangre se volvía más líquida y manejable. Eso le encendió una bombilla. —Junto con el doctor Tchechulin, Brukhonenko soñó con algo ambicioso. No se trataba solo de mantener órganos vivos. Querían devolver la vida a cuerpos enteros. Para ello, diseñaron un sistema de circulación extracorpórea. Una máquina capaz de hacer las funciones de nuestros pulmones y del corazón: oxigenar la sangre y bombearla de nuevo al cuerpo. —No eran los primeros en intentarlo. Ya en el siglo XIX, científicos como LeGallois y Brown-Séquard habían realizado experimentos similares, manteniendo incluso miembros amputados «vivos» con máquinas rudimentarias. Pero los soviéticos fueron más allá. — Primero, lograron hacer latir un corazón muerto. Luego, hicieron funcionar unos pulmones aislados. Y el paso más impactante: conectaron su sistema, al que llamaron «autojector», a la cabeza decapitada de un perro. Según sus informes, esa cabeza no solo tenía reflejos. Mostraba un atisbo de consciencia. Pero lo más escalofriante ocurrió después. Eligieron a un perro sano, lo anestetizaron y le drenaron toda la sangre. Declararon clínicamente muerto al animal. Esperaron diez minutos. Entonces activaron el autoinyector. Al principio, nada. Silencio. Hasta que, de pronto, se oyó un pitido. El corazón volvió a latir. Uno. Dos. Tres latidos. La vida regresaba. Horas más tarde, el perro respiraba débilmente, pero con consciencia. Y, según los soviéticos, sin secuelas. Así lo mostraba el documental de veinte minutos, que terminaba asegurando que otros perros habían pasado por el mismo proceso y todos habían sobrevivido. — Pero ¿fue real? Muchos expertos creen que no. El vídeo no mostraba conexiones reales entre las máquinas y la cabeza del perro. Solo eran dibujos. Además, dejar al cerebro sin oxígeno diez minutos es, en la práctica, una sentencia de muerte para las neuronas. Es muy difícil que un cerebro sobreviva ileso a ese tipo de apagón. —Lo más probable es que se tratara de propaganda. Un montaje con fines políticos. Una cortina de humo para exhibir poder científico. Y es posible que Brukhonenko participara en ello sin tener mucha opción. Era la URSS. Y la ciencia también era un campo de batalla. —Aun así, de todo aquello surgió algo útil. Hoy en día, las máquinas de circulación extracorpórea salvan miles de vidas. Permiten operar corazones detenidos, enfriarlos y dar tiempo a los cirujanos. Todo gracias al trabajo de generaciones de científicos. Incluso de aquellos que, como Brukhonenko, cruzaron la línea entre lo posible y lo inquietante.
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