EPISODE · Mar 19, 2026 · 17 MIN
Valentina y sus zapatos al revés
from Relatia Podcast · host Relatia.es
Llegó el último viernes de mes y la señorita Lucía propuso algo diferente. —Hoy es el Día de los Talentos Escondidos. Cada uno va a compartir algo que le guste hacer y que nunca haya contado a los demás. Algunos niños se pusieron nerviosos. Otros, emocionados. Valentina miró a Marina y le guiñó un ojo. Pablo fue el primero. Se levantó muy colorado y confesó que le encantaba cocinar galletas con su padre los domingos. —Hago unas de chocolate que están buenísimas —dijo en voz bajita. —¡Tráelas el lunes! —gritó alguien desde el fondo de la clase, y todos se rieron con cariño. Óscar contó que escribía poesías en una libreta que guardaba debajo de la almohada. Leyó una sobre el mar que dejó a toda la clase en silencio. Cuando terminó, la señorita Lucía tenía los ojos brillantes. Marcos confesó algo que sorprendió a todos. Le gustaba cuidar plantas. Tenía un pequeño huerto en la terraza de su casa con tomates, albahaca y fresas. —Mi abuela me enseñó —dijo—. Al principio me daba vergüenza contarlo porque pensaba que era de abuelos. Pero me encanta ver cómo crece algo que tú has plantado. Marina se levantó y enseñó su diccionario de idiomas inventados. Explicó cada palabra con tanto entusiasmo que los niños empezaron a pedir que inventara palabras para ellos. —Inventaré una para cada uno —prometió Marina—. Así tendremos un idioma de la clase. Por fin le tocó a Valentina. Se quedó de pie un momento, pensando. Y entonces hizo algo que nadie esperaba: se quitó los zapatos, se los puso al revés, el derecho en el pie izquierdo y el izquierdo en el pie derecho, y caminó por la clase con pasos torpes y graciosos. Todos se rieron, incluida Valentina. —Mi talento escondido es ver las cosas al revés —dijo—. Cuando algo parece feo, yo busco lo bonito. Cuando algo parece aburrido, yo busco lo divertido. Y cuando alguien parece raro, yo busco lo que lo hace especial. Es como llevar los zapatos al revés: incómodo al principio, pero te hace ver el camino de otra manera. La clase se quedó en silencio un segundo. Después, Marina empezó a aplaudir. Luego Marcos. Luego Pablo y Óscar. Pronto toda la clase aplaudía y Valentina se puso tan roja como los tomates del huerto de Marcos. La señorita Lucía se acercó a ella y le dijo al oído: —Valentina, has enseñado algo importantísimo hoy. Has enseñado que ser diferente no es un problema. Es un superpoder. A la salida del colegio, Marcos se acercó a Valentina con las manos en los bolsillos. —Oye, Valentina. Siento haberme reído de ti aquellos días. No sabía que ver las cosas como tú las ves era tan genial. —No pasa nada, Marcos —dijo Valentina—. Tú también tienes tu forma especial de ver las cosas. A lo mejor no te habías dado cuenta. Marcos sonrió y se fue a casa. Marina esperaba a Valentina en la puerta. —¿Vamos al descampado a buscar piedras? —preguntó. —¡Vamos! —respondió Valentina. Mientras caminaban, Valentina miró al cielo. Había una nube enorme con una forma que nunca había visto: parecía un grupo de niños cogidos de la mano, todos diferentes, todos juntos. —Marina, mira esa nube —señaló Valentina. —Parece nuestra clase —dijo Marina. Valentina abrió su cuaderno y la dibujó con mucho cuidado. Debajo escribió: «La nube de los diferentes. La más bonita de toda mi colección.» Y siguieron caminando juntas, con los zapatos bien puestos pero con los ojos, como siempre, mirando el mundo un poquito al revés.
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Llegó el último viernes de mes y la señorita Lucía propuso algo diferente. —Hoy es el Día de los Talentos Escondidos. Cada uno va a compartir algo que le guste hacer y que nunca haya contado a los demás. Algunos niños se pusieron nerviosos. Otros, emocionados. Valentina miró a Marina y le guiñó un ojo. Pablo fue el primero. Se levantó muy colorado y confesó que le encantaba cocinar galletas con su padre los domingos. —Hago unas de chocolate que están buenísimas —dijo en voz bajita. —¡Tráelas el lunes! —gritó alguien desde el fondo de la clase, y todos se rieron con cariño. Óscar contó que escribía poesías en una libreta que guardaba debajo de la almohada. Leyó una sobre el mar que dejó a toda la clase en silencio. Cuando terminó, la señorita Lucía tenía los ojos brillantes. Marcos confesó algo que sorprendió a todos. Le gustaba cuidar plantas. Tenía un pequeño huerto en la terraza de su casa con tomates, albahaca y fresas. —Mi abuela me enseñó —dijo—. Al principio me daba vergüenza contarlo porque pensaba que era de abuelos. Pero me encanta ver cómo crece algo que tú has plantado. Marina se levantó y enseñó su diccionario de idiomas inventados. Explicó cada palabra con tanto entusiasmo que los niños empezaron a pedir que inventara palabras para ellos. —Inventaré una para cada uno —prometió Marina—. Así tendremos un idioma de la clase. Por fin le tocó a Valentina. Se quedó de pie un momento, pensando. Y entonces hizo algo que nadie esperaba: se quitó los zapatos, se los puso al revés, el derecho en el pie izquierdo y el izquierdo en el pie derecho, y caminó por la clase con pasos torpes y graciosos. Todos se rieron, incluida Valentina. —Mi talento escondido es ver las cosas al revés —dijo—. Cuando algo parece feo, yo busco lo bonito. Cuando algo parece aburrido, yo busco lo divertido. Y cuando alguien parece raro, yo busco lo que lo hace especial. Es como llevar los zapatos al revés: incómodo al principio, pero te hace ver el camino de otra manera. La clase se quedó en silencio un segundo. Después, Marina empezó a aplaudir. Luego Marcos. Luego Pablo y Óscar. Pronto toda la clase aplaudía y Valentina se puso tan roja como los tomates del huerto de Marcos. La señorita Lucía se acercó a ella y le dijo al oído: —Valentina, has enseñado algo importantísimo hoy. Has enseñado que ser diferente no es un problema. Es un superpoder. A la salida del colegio, Marcos se acercó a Valentina con las manos en los bolsillos. —Oye, Valentina. Siento haberme reído de ti aquellos días. No sabía que ver las cosas como tú las ves era tan genial. —No pasa nada, Marcos —dijo Valentina—. Tú también tienes tu forma especial de ver las cosas. A lo mejor no te habías dado cuenta. Marcos sonrió y se fue a casa. Marina esperaba a Valentina en la puerta. —¿Vamos al descampado a buscar piedras? —preguntó. —¡Vamos! —respondió Valentina. Mientras caminaban, Valentina miró al cielo. Había una nube enorme con una forma que nunca había visto: parecía un grupo de niños cogidos de la mano, todos diferentes, todos juntos. —Marina, mira esa nube —señaló Valentina. —Parece nuestra clase —dijo Marina. Valentina abrió su cuaderno y la dibujó con mucho cuidado. Debajo escribió: «La nube de los diferentes. La más bonita de toda mi colección.» Y siguieron caminando juntas, con los zapatos bien puestos pero con los ojos, como siempre, mirando el mundo un poquito al revés.
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Valentina y sus zapatos al revés
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